CAPITULO 4

1552 Words
**SANTIAGO** Luciana me miró con esos ojos grandes y castaños, todavía inundados por esa mezcla de valentía fingida y miedo genuino que la hacía resaltar como un diamante en un campo de carbón. Ella no era como las mujeres que solían orbitar mi círculo; ellas saben exactamente cuándo sonreír para obtener un favor y cómo sostener una copa para ocultar un veneno. Luciana era transparente. Y por eso, en este nido de víboras, era una presa demasiado fácil. El hombre que la había empujado ya se estaba escabullendo entre la multitud, sin mirar atrás. Un error de principiante; la culpa siempre huye antes de ser señalada. Le entregué la copa al bartender, cuya expresión cambió al ver la intensidad de mis ojos. —Guárdala —ordené, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido—. No la laves. No la tires. Y llama al jefe de seguridad ahora mismo. Que revisen las cámaras del cuadrante cuatro. El bartender asintió sin dudar. En este hotel, mi apellido era ley. Luciana frunció el ceño, intentando recomponer su postura mientras se secaba la mano con una servilleta de lino. —¿Qué está pasando, Santiago? —su tono intentaba ser firme, pero el temblor en sus dedos la traicionaba. Yo lo noté. Lo noté todo. Me incliné hacia ella, reduciendo la distancia hasta que pude sentir el calor de su piel. —¿Bebiste algo más esta noche? —pregunté, escaneando su rostro en busca de pupilas dilatadas o cualquier signo de sedación. —Agua. Solo agua. Me la diste tú, señor controlador —respondió, y a pesar del pánico que empezaba a asomar en sus ojos, no pudo evitar ese destello de ironía que tanto me estaba descolocando. “Incluso en medio del caos, tiene garras”, pensé, sintiendo una punzada de algo que no quise nombrar. —Bien —murmuré. Eché un vistazo rápido al salón. Valentina nos observaba desde la distancia, sosteniendo su copa de vino como si fuera un cetro, con una sonrisa que no era más que un tajo de satisfacción en su rostro perfecto. No me gustó. Nada en esta escena era casual. —Vamos a salir de aquí. Ahora —sentencié. —¿Salir? ¿Ya? —Luciana parpadeó, desconcertada—. Pensé que mi trabajo era actuar como si perteneciera a este lugar. —Y lo estás haciendo de maravilla: estás sobreviviendo a un intento de sabotaje. Ahora, camina. Tomé su brazo. No con la brusquedad de quien arrastra a alguien, sino con la firmeza de quien asegura un activo valioso. Mientras atravesábamos el salón, mi mente trabajaba a una velocidad que me resultaba familiar. Daniel, mi hermano, era muchas cosas: un irresponsable, un hedonista y un adicto al riesgo. Pero esto… drogar a una chica en un evento público bajo nuestro apellido era un nivel de estupidez que ni siquiera él alcanzaría. A menos que Luciana no fuera una simple acompañante para él. A menos que ella fuera el mensaje. Llegamos al ascensor privado. Las puertas de acero inoxidable se cerraron, devolviéndonos nuestra imagen: yo, impecable pero con la mandíbula apretada; ella, hermosa y aterrada, con el vestido n***o de Mariana brillando bajo las luces LED. —¿A dónde vamos? —preguntó ella cuando el ascensor empezó a subir, no a bajar hacia la salida. —A mi suite. Es el único lugar en este edificio donde no hay ojos que no me pertenezcan. Ella se separó un paso de mí, la desconfianza brillando en su mirada. —Santiago, no sé qué crees que compraste con esos ocho millones, pero si piensas que… —No te confundas, Luciana —la interrumpí, mirándola fijamente mientras las puertas se abrían en el piso 42—. Esos ocho millones acaban de convertirse en el pago por tu seguridad. Alguien intentó ponerte algo en la bebida, y si no hubiera estado yo aquí, ahora mismo estarías en un auto que no es el mío, yendo a un lugar que no te gustaría conocer. Ella se quedó helada, el color abandonando sus mejillas por completo. —¿Por qué? —susurró—. Yo no soy nadie. Solo soy una estudiante que necesitaba dinero. Entramos en la suite. El silencio del lujo era abrumador. Me quité la chaqueta del traje y la arrojé sobre un sofá de cuero, mientras me giraba hacia ella. —En este mundo, Luciana, “nadie” es exactamente la persona que usan para golpear a los que somos “alguien”. Caminé hacia el bar privado y serví dos vasos de agua mineral sellada. Se la extendí. Ella la tomó con manos temblorosas. —Mañana mismo te vas a tu casa, le devuelves el dinero a Daniel y te olvidas de este apellido —dije, aunque algo dentro de mí sabía que ya era demasiado tarde para eso. Luciana bebió un sorbo largo, me miró y luego soltó una frase que me dejó sin palabras: —No puedo devolverlo. Ya pagué la matrícula de mi hermano y la deuda del banco. Sin embargo, me gasté el precio de mi seguridad, Santiago. Me quedé en silencio. El juego había cambiado. Ya no era una cuestión de protocolo. Ahora, ella estaba en deuda con la familia, y la familia estaba en deuda con el peligro que ella representaba. Subimos al ascensor privado que conectaba con las suites ejecutivas. En cuanto las puertas de acero se deslizaron y se cerraron, el estruendo del evento, las risas fingidas y el tintineo de las copas se extinguieron, dejando paso a un silencio presurizado. Luciana soltó el aire que parecía haber estado reteniendo desde que bajó del coche n***o. —¿Siempre eres así de dramático o es un talento natural que viene con el apellido? —preguntó, rompiendo la calma con esa voz que no pedía permiso. La miré de reojo. Estaba apoyada contra la pared del ascensor, tratando de que los hombros no se le cayeran por el peso de la situación. —Prefiero el drama a la morgue, Luciana. O a una irresponsabilidad que termine en una tragedia de la que no podrías regresar —respondí sin suavizar el tono. —No soy irresponsable —replicó ella, aunque el temblor en sus manos decía lo contrario. —Eres nueva en esto. Y en este mundo, “nuevo” es sinónimo de “víctima”. Eso la hizo callar. La vi tensarse, apretando la mandíbula mientras clavaba la vista en el panel de botones. La palabra “nueva” pareció golpearla más fuerte de lo que pretendía; la dejaba expuesta, recordándole que su vestido era prestado y que su valentía tenía un precio que apenas acababa de descubrir. El ascensor avanzaba con una suavidad insultante. En el cubículo cerrado, el espacio se volvió peligrosamente pequeño. Podía sentir su perfume. No era una fragancia de trescientos dólares diseñada para seducir a distancia; era algo más íntimo. Jabón neutro, un rastro de vainilla y el aroma fresco del aire de Bogotá. Era un olor real. Humano. “Maldita sea”, pensé, apretando el paso cuando las puertas se abrieron en el piso ejecutivo. “No debería estar memorizando cómo huele una extraña”. Salimos al pasillo de alfombra densa que amortiguaba nuestros pasos. —Santiago… —dijo ella, deteniéndose a medio camino—. ¿De verdad crees que alguien intentó…? No terminó la frase. El peso de lo que implicaba esa sospecha era demasiado oscuro para ponerlo en palabras bajo las luces cálidas del corredor. Abrí la puerta de mi suite con un toque de la tarjeta. —Entra —ordené. Ella dudó apenas un segundo, escaneando el interior antes de cruzar el umbral. La habitación era el epítome del lujo sobrio: ventanales del techo al suelo que ofrecían una vista panorámica de una ciudad que parecía una joya eléctrica, muebles en tonos grises y madera oscura, y una cama de sábanas impecables que gritaba exclusividad. Luciana se quedó de pie cerca de la puerta, como si temiera ensuciar el lugar con su presencia. —Esto se está volviendo demasiado intenso para mi primer día —murmuró, abrazándose a sí misma. Cerré la puerta y me quité el reloj, poniéndolo sobre la mesa de cristal con un golpe seco. —Si alguien intentó drogarte, no fue una casualidad ni un error de cálculo, Luciana. —¿Por qué yo? —preguntó, cruzándose de brazos con ese gesto defensivo que ya le conocía—. Ni siquiera me conocen. Soy un fantasma en esta fiesta. “Porque eres joven. Porque eres hermosa en una forma que no entiendes. Porque no tienes el cinismo necesario para detectar una trampa antes de caer en ella”. Pero no dije nada de eso. No quería que se sintiera más pequeña de lo que ya se sentía. —Porque eras el punto más fácil de atacar para enviar un mensaje —respondí con una frialdad calculada. Ella apretó la mandíbula y soltó una risa amarga. —Gracias. Me siento muy halagada de ser el “punto débil” de tu tablero. La observé unos segundos. No estaba llorando. No había rastro de histeria, solo esa furia digna de quien se niega a ser una víctima. Eso me impresionó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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