ACEPTANDO EL CONTRATO

1606 Words
**LUCIANA**  Me quedé sin aire. Mi cerebro intentaba procesar la información, buscando la mentira en sus ojos, pero solo encontré esa determinación gélida y una posesividad que me quemaba. —Mientes… —dije, aunque mi voz ya no tenía la misma fuerza—. Solo estás tratando de manipularme para que no hable con la prensa. Para que no me vaya con Daniel. Al mencionar a Daniel, la expresión de Santiago cambió. Su mandíbula se tensó tanto que temí que se fracturara y sus ojos se volvieron dos láminas de metal al rojo vivo. —Daniel —repitió su nombre como si fuera un insulto—. ¿Crees que ese niño puede protegerte? ¿Crees que ese patético intento de rescate frente a las cámaras es amor? Él solo quiere el protagonismo que yo le quité. —Él me conoce. Él sabe quién soy de verdad, no la “propiedad” en la que tú quieres convertirme —le desafié, aunque mi cuerpo lo traicionaba, respondiendo a su cercanía con una electricidad que me avergonzaba. Santiago se mofó con una risa fría y amenazante, que no se reflejaba en su mirada. De un movimiento, anuló la distancia entre nosotros, rozando mi nariz con la suya y deteniéndose a un suspiro de mis labios. —Nadie te conoce como yo, Luciana. Nadie ha visto el fuego que escondes bajo esa lengua filosa. —Su mano en mi cuello subió para enredarse en mi cabello, tirando levemente hacia atrás para exponerme por completo—. Puedes odiarme todo lo que quieras. Puedes gritarle al mundo que soy un monstruo. Pero aquí, en este espacio reducido, ambos sabemos la verdad. —¿Qué verdad? —pregunté en un susurro apenas audible. —Que eres mía —sentenció, y su voz fue un trueno en el pequeño cubículo—. Ya no hay vuelta atrás. No hay Daniel, no hay pasado, no hay escapatoria. Firmaste el contrato, pero fue tu cuerpo el que aceptó el trato antes que tu pluma. Y entonces, me besó. No fue un beso de reconciliación, sino de conquista, un reclamo territorial que me desarmó. Sabía a whisky, poder y una oscuridad irresistible. Mis manos, en lugar de rechazarlo, se aferraron a su abrigo caro, como si él fuera mi único salvavidas en caída libre. En ese instante, el intercomunicador del ascensor chirrió. —Señor Echeverri —la voz de Mateo sonaba distorsionada—. La policía está en el lobby. Daniel Torres ha presentado una denuncia por retención ilegal. Tenemos que abrir las puertas. Ahora. Santiago rompió el beso, pero no se alejó. Su frente quedó apoyada contra la mía, su respiración tan agitada como la mía. —Toma una decisión, Luciana —murmuró, su mirada fija en la mía—. Sales de aquí y te conviertes en la víctima de una historia que no entiendes, o te quedas a mi lado y aprendes a gobernar el caos. Pero si cruzas esa puerta hacia él, te juro que no habrá un segundo rescate. El ascensor dio un sacudón y empezó a bajar de nuevo. El contador de pisos marcaba el 3, el 2… el 1. Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Mi padre, el contrato, el beso, la traición. Miré a Santiago una última vez antes de que las puertas se abrieran y el estallido de los flashes de las cámaras nos inundara. —Lo siento, Santiago —dije, justo cuando el metal se separaba. Corrí hacia la salida, pero lo que vi al cruzar el umbral del lobby no era a Daniel esperándome con los brazos abiertos, sino algo mucho más oscuro que me hizo detenerme en seco. Las puertas del ascensor se abrieron y el rugido del lobby me golpeó como una bofetada de aire helado. El caos era absoluto: gritos de reporteros, el destello violento de los flashes que quemaban mis retinas y el eco de las botas policiales sobre el mármol. Mi primer instinto fue correr hacia Daniel, hacia lo que yo creía que era mi balsa de salvamento, pero algo —un presentimiento visceral, un nudo en el estómago que me advirtió antes que mis ojos— me hizo frenar en seco. Me oculté tras una de las columnas monumentales de granito gris, pegando mi espalda a la piedra fría, tratando de que mi respiración no me delatara. Desde mi ángulo, las cámaras no podían verme, pero yo tenía una vista perfecta del centro del escenario. Y entonces lo vi. El corazón se me cayó a los pies, rompiéndose en mil pedazos de hielo. Daniel Torres, el hombre que fue mi novio y ahora mi amigo, el que decía ser mi “salvador”, el hombre que juraba amarme y protegerme de la oscuridad de los Echeverri, no estaba solo. A su lado, con una elegancia que resultaba insultante en medio de ese circo, estaba Beatriz Ocampo. No estaban discutiendo. No había tensión entre ellos. Daniel le sostenía el brazo con una familiaridad asquerosa, mientras ella le susurraba algo al oído con una sonrisa gélida, la misma sonrisa que me había dedicado en el club horas antes. Daniel asintió, una expresión de codicia pura transformando su rostro, y luego se giró hacia los micrófonos de la prensa con una indignación fingida que me dio náuseas. —¡Santiago Echeverri tiene a Luciana retenida contra su voluntad! —gritó Daniel, su voz proyectada para las cámaras—. ¡Exigimos que la entregue ahora! ¡E Group no está por encima de la ley! Beatriz asintió levemente hacia una de las cámaras de televisión, como si estuviera dirigiendo una orquesta. En ese instante lo comprendí todo. Daniel no estaba allí para rescatarme. Había vendido mi historia, mi dolor y mi nombre a la mujer que más odiaba a su propio hijo. Eran socios. Él quería el dinero y el protagonismo; ella quería destruir a Santiago usando el único punto débil que él había admitido tener: yo. —Malditos… —susurré, sintiendo que las lágrimas de rabia nublaban mi vista. Me giré instintivamente hacia el ascensor, buscando a Santiago, buscando al “monstruo” que al menos no me había mentido sobre su naturaleza. Pero el ascensor estaba vacío. Las puertas se estaban cerrando de nuevo. Alcancé a ver su silueta, rígida y oscura, retrocediendo hacia la seguridad del piso 5. Santiago no era tonto; sabía que si salía al lobby en ese momento, la trampa de su madre se cerraría sobre él. Había regresado al único lugar donde todavía tenía el control, dejándome a mi suerte en medio de la emboscada. Me quedé allí, atrapada en las sombras del lobby, viendo cómo mi “héroe” negociaba mi cabeza con la “reina madre” y cómo mi “dueño” me abandonaba para salvar su imperio. Saqué el celular viejo de mi bolso, el que todavía tenía el enlace del archivo que Santiago firmó. Mis dedos volaron sobre la pantalla. Si todos querían usarme como una pieza de ajedrez, iban a descubrir que esta pieza tenía vida propia. Busqué el contacto de Simón Velasco, el periodista investigativo que mencionaba la nota de prensa. Si el mundo quería un escándalo, yo les iba a dar un incendio forestal. Pero antes de presionar “enviar”, una mano firme y enguantada se cerró sobre mi boca desde atrás, arrastrándome hacia el pasillo de servicio, lejos de la luz y de las cámaras. —No haga ruido, señorita Rojas —susurró una voz masculina, profesional y carente de emoción—. El señor Echeverri no la abandonó. Solo cambió el punto de procedencia. El olor a guantes de cuero y a desinfectante industrial inundó mis fosas nasales mientras era arrastrada hacia la oscuridad. Mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza salvaje, un tambor de guerra que resonaba en mis oídos. Traté de morder la mano que me apresaba, de patear, de clavar mis uñas en cualquier pedazo de piel expuesta, pero el hombre era una masa de músculo impasible. Me soltó de golpe cuando cruzamos una pesada puerta cortafuegos. Tropecé, recuperando el equilibrio a duras penas en un pasillo de servicio iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. —¡¿Quién eres?! —grité, dándome la vuelta con los puños en alto. Mi respiración era un desastre, un silbido errático en mis pulmones. Frente a mí estaba un hombre de unos cuarenta años, de rasgos afilados y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. No vestía el uniforme de seguridad de E Group, sino una chaqueta técnica oscura, sin marcas. —Soy el plan de contingencia del señor Echeverri, señorita Rojas —dijo con una calma que me dio escalofríos—. El señor sabía que Daniel Torres no venía solo. En este edificio, las paredes tienen ojos, pero los sótanos solo tienen secretos. —Santiago me dejó sola en ese ascensor —escupí, sintiendo cómo la traición de Daniel se mezclaba con el abandono de Santiago, creando un cóctel amargo en mi garganta—. Me usó de carnada para que su madre se distrajera mientras él subía a salvar su preciado trono. —El señor Echeverri no retrocedió para salvarse a sí mismo —el hombre dio un paso hacia una puerta metálica que conducía al muelle de carga—. Retrocedió para que la prensa no tuviera la foto que su madre tanto desea: la de él “secuestrándola”. Si él salía, usted se convertía en una víctima ante los ojos del país. Si sale conmigo por aquí, usted sigue siendo un misterio. Y el misterio es poder.
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