**LUCIANA**
El mundo pareció tambalearse por un segundo. La duda es una semilla que crece rápido en terreno fértil.
—No —dije, aunque mi voz sonó menos segura—. Él no haría eso.
—Él es un Echeverri, niña. Nosotros no hacemos amigos. Hacemos alianzas. Y cuando la alianza deja de ser útil, la eliminamos —Beatriz tomó un sorbo de su té y me miró con una piedad fingida—. Vete ahora. Toma el dinero que te dio y desaparece de Colombia. Si te quedas, Santiago te destruirá, no porque te odie, sino porque es su naturaleza. Dominar es lo único que sabe hacer.
Justo en ese momento, el rugido de un motor potente interrumpió la paz de la terraza. Un Porsche n***o frenó en seco frente a la entrada. No hubo que esperar a ver quién bajaba. La energía en el aire cambió instantáneamente.
Era Santiago. Caminaba hacia nosotras con pasos largos, su abrigo oscuro ondeando tras él como una capa de batalla. Su rostro era una máscara de furia contenida. Al llegar a la mesa, ni siquiera miró a su madre. Su mano se cerró sobre mi hombro, un agarre posesivo que me marcó frente a todo el club.
—Te dije que no te acercaras a ella, madre —dijo Santiago. Su voz era un rugido bajo, cargado de esa autoridad rusa que no admite réplica.
—Solo le estaba dando la bienvenida a la familia, Santiago. Es una chica encantadora… aunque un poco rústica —respondió Beatriz con una calma insultante.
Santiago me obligó a levantarme. Me pegó a su costado, su brazo rodeando mi cintura con una fuerza que me recordaba que, aunque me hubiera defendido bien, en su juego yo seguía siendo la pieza central.
—Luciana no es de la familia. Luciana es mía. Y si vuelves a convocarla sin mi permiso, haré que tu asignación mensual sea lo último de lo que te preocupes —sentenció él.
Miró a su madre con un odio tan puro que me heló la sangre. Luego, me miró a mí. Sus ojos escanearon mi rostro buscando señales de daño.
—Vámonos —ordenó.
—No he terminado mi desayuno —intenté decir, solo por llevarle la contraria.
Santiago se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi piel.
—No era una pregunta, Luciana. Al coche. Ahora.
El Maybach blindado se sentía como un ataúd de terciopelo. Santiago no había pronunciado una sola palabra desde que me sacó del club por el brazo, prácticamente levantándome del suelo. Su mandíbula estaba tan tensa que juraría que podía escuchar sus dientes crujir.
—¿Vas a seguir fingiendo que soy invisible o vas a decirme por qué me trataste como a una fugitiva frente a tu madre? —solté, rompiendo el silencio denso. Mi voz sonaba más firme de lo que me sentía. Dentro de mí, las palabras de Beatriz Ocampo seguían girando como aspas de ventilador: “¿Te has preguntado si esa bebida la envió él mismo?”.
Santiago no se movió. Seguía mirando por la ventana hacia el gris de Bogotá, con una mano apoyada sobre su rodilla. Sus nudillos estaban blancos.
—Mi madre es una experta en veneno psicológico, Luciana —dijo finalmente, sin mirarme. Su voz era un trueno lejano—. Te citó para medir tu resistencia. Para ver si eras lo suficientemente débil como para ser usada en mi contra.
—Pues parece que pasé la prueba, porque no me puse a llorar sobre el caviar —le respondí, cruzando las piernas. El vestido de seda crujió bajo mi movimiento—. Pero ella dijo algo interesante. Dijo que tú me habías puesto esa droga para quedar como el héroe.
Santiago giró la cabeza con una lentitud predatoria. Sus ojos grises me escanearon, fríos, despojados de cualquier rastro de afecto.
—Si yo quisiera que estuvieras inconsciente en mi cama, Luciana, no necesitaría químicos —sentenció, y la seguridad en su voz me hizo tragar saliva—. Lo haría con mi propia voluntad. No confundas mi crueldad con desesperación. Yo no fabrico rescates. Yo ejecuto adquisiciones.
El coche se detuvo frente a una de las torres más imponentes de la Calle 100. El edificio inteligente de E Group.
—Bájate —ordenó.
—No. Tengo clase de Teoría de la Comunicación en una hora —me planté, aferrándome a la manija de la puerta—. Ya te dije que mi vida no se detiene porque tú tengas un complejo de zar ruso.
Santiago se inclinó sobre mí. El espacio en el asiento trasero desapareció. Su mano se cerró sobre mi nuca, no con dolor, sino con una firmeza que me obligó a mirar sus ojos de acero.
—Tu vida anterior está en pausa, devushka. Hoy firmas el anexo de confidencialidad y el contrato de exclusividad física. Después de eso, decidiré si vas a clase o si te quedas donde pueda verte.
Me soltó y salió del auto, esperando que lo siguiera. Bajé, hirviendo de rabia, consciente de que los guardaespaldas y los empleados que entraban al edificio nos observaban. Era la “mujer del jefe”. La protegida. O la prisionera de lujo.
**SANTIAGO**
Entré en el lobby con Luciana caminando dos pasos detrás de mí. Podía sentir su furia quemándome la espalda, y eso me gustaba. Una mujer sumisa es aburrida; una mujer que intenta morder la mano que la alimenta es un reto digno de mi tiempo.
Subimos al ascensor privado. Piso 50. Mi santuario.
—Elena —llamé a mi asistente en cuanto se abrieron las puertas—. Trae los documentos. Y llama a seguridad. Quiero el informe de los movimientos de Daniel de anoche en mi escritorio en cinco minutos.
Luciana se quedó en medio de mi oficina, mirando los ventanales que daban a la cordillera. Se veía pequeña entre tanto cristal y acero, pero su presencia llenaba la habitación. Ese vestido n***o le quedaba como un pecado.
—Firma esto —dije, arrojando una carpeta de cuero sobre la mesa de juntas.
Ella se acercó y leyó rápidamente. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Diez millones de pesos mensuales adicionales por “disponibilidad inmediata”? —leyó en voz alta, y luego me miró con una risa incrédula—. ¿Esto es un sueldo o un soborno?
—Es el precio de tu silencio y de tu obediencia, Luciana. No quiero que respondas preguntas de la prensa, no quiero que hables con Daniel y, sobre todo, no quiero que salgas de esta ciudad sin mi permiso expreso.
—¿Y qué pasa si digo que no? —me desafió, dejando caer el bolígrafo sobre el contrato.
Caminé hacia ella. Me gustaba cómo me sostenía la mirada, cómo no bajaba la cabeza. Me detuve a centímetros de su rostro. Podía oler su perfume, ese rastro de vainilla que ahora estaba mezclado con el aroma de mi propia suite.
—Si dices que no, sales de aquí caminando hacia tu vieja vida. Pero recuerda que Daniel Torres, tu exnovio, ha estado llamando a la agencia preguntando por ti. Y recuerda que las deudas que pagaste ayer pueden ser reclamadas por el banco si la transferencia se marca como “irregular”.
Su rostro palideció. Me odiaba. Podía verlo en la forma en que sus labios temblaban.
—Eres un monstruo —susurró.
—Soy un hombre que protege sus inversiones —corregí—. Firma.
Ella tomó el bolígrafo con manos temblorosas y garabateó su nombre. En ese momento, el intercomunicador de mi escritorio sonó. Era la voz agitada de Mateo, mi socio y CFO.
—Santiago, tienes que ver esto. Ahora. Canal 5.
Presioné un botón y una de las pantallas de la oficina se encendió. Era un programa de chismes de la mañana, pero la imagen me dejó helado. Era una fotografía de anoche. Luciana saliendo del hotel en mi auto, pero la toma estaba hecha desde un ángulo que hacía parecer que yo la estaba forzando a entrar. El titular en letras rojas decía:
“¿SECUESTRO O ROMANCE? EL LADO OSCURO DEL CEO DE E GROUP Y LA MISTERIOSA ESTUDIANTE”.
Pero eso no era lo peor. Debajo de la foto, en un recuadro más pequeño, aparecía la cara de Óscar Rojas, el padre de Luciana.
“Vinculan a la acompañante de Santiago Echeverri con el escándalo de la quiebra de Rojas & Asociados hace diez años”.
Luciana soltó un grito ahogado. Se llevó las manos a la boca, sus ojos fijos en la imagen de su padre muerto.
—Ellos… ellos saben quién soy —dijo con un hilo de voz.