Mía pasó los siguientes días en compañía de los hermanos Montgomery, disfrutó ser su guía turística en la ciudad. Louisa enloqueció cuando visitaron la Torre Eiffel. Tomaron el metro hasta la parada de Arts et Métiers para llegar al coworking y probar un delicioso café en Café Hubsy. Su decoración de estilo Loft y colores suaves creaban una gran armonía y ambiente de estudio y lo mejor de todo la vista del Conversatorio Nacional de Arts et Métiers, atrapó por completo la atención de Louisa, que insistía para tratar de convencer a Donovan de permanecer en París más de unos cuantos días.
Pero las obligaciones del abogado no podían eludirse fácilmente, no pudo complacerla y debían volver si o si a Nueva York.
Mía era consciente que esos días habían sido los más divertidos de su vida, Donovan comportándose como un verdadero caballero con ella y con Charlotte quien no perdió oportunidad para hacerle saber su interés al hombre y quien amablemente la invitó a desistir de sus negras intenciones al demostrar una y otra vez que no tenía interés alguno en ella.
Louisa por su parte insistió hasta el último momento sin lograr convencer a Donovan de dejarla en París y se vio resignada a empacar sus escasas pertenencias para volver a casa.
Decir que Mía había sido feliz era decir poco, había sido inmensamente feliz, pero como todo lo bueno en su vida tenía un principio era inevitable que el final de aquellos días idílicos llegara y finalmente acompañó a los hermanos hasta el aeropuerto Charles de Gaulle para despedirlos.
Mía contuvo las lágrimas al ver a Louisa y Donovan marcharse, habían sido los mejores diez días de esos espantosos nueve años lejos de Estados Unidos, se había sentido casi, casi como en casa. Aunque sabía que era una mentira, nada podría compararse jamás al calor del hogar y, sobre todo, al abrazo de sus padres.
La cálida sonrisa de su madre cuando entraba a la cocina después de volver del colegio, o los abrazos de oso que su padre le daba al volver del trabajo. Quizás su vida hubiese sido menos fea si al menos uno de ellos se hubiera quedado a su lado, pero no había sido así y evocar los recuerdos del pasado solo le provocaba nostalgia y dolor que hacía su desprecio hacia Angelo mucho más grande.
—¿Estás bien?
La voz de Charlotte le hizo caer en cuenta que el avión había despegado, suspiró al pensar en el tiempo que tendría que pasar, para volver a verlos.
—Lo estoy Charlotte, es solo que extraño mi hogar, no hay nada más que desee en el mundo que volver a Estados Unidos —respondió mirando con nostalgia a la nada, el avión había desaparecido de su campo de visión.
—Y… ¿Qué te lo impide, Mía? No veo cuerdas que te aten a Francia, has terminado tus estudios con un promedio envidiable, puedes volver, estudiar y trabajar sin que el diablo se entere —dijo sin medir el impacto que aquellas palabras tendrían para Mía.
—¿Volver?
Mía hizo la pregunta en voz alta, mientras su mente estaba trabajando en las posibilidades de volver a los Estados Unidos, nada la retenía en Francia, allí solo era una extranjera más, mientras en su país natal, estaban sus recuerdos, los mejores momentos de su niñez, el recuerdo de sus padres y… también estaba él, ni siquiera era capaz de recordar su rostro, quería borrar de su memoria todo rastro de su presencia.
Él solo era el hombre que había decidido enviarla lejos, marcando un antes y un después en su vida, «¿Por qué no regresar?», pensó mientras caminaba hacia su auto, podía vender todo lo que tenía, su piso, su auto y empezar una nueva vida sin tener que rendirle cuentas a nadie, al final era una mujer libre de hacer con su vida lo que le viniera en gana.
Con las ideas renovadas y el entusiasmo calando en cada hueso de su cuerpo, condujo de regreso a su piso y lo primero que hizo fue contactar a un agente de bienes raíces para tasar el valor de su piso, no sabía el precio que O’Connor había pagado y tampoco le importaba, ella lo vendería por un precio justo y razonable que le permitiera pagar su boleto de avión y un lugar donde vivir.
Ciudad de Nueva York
Un mes después…
—¡Estás completamente loco! —espetó Donovan con enojo.
—No, no lo estoy. Estoy siendo razonable Donovan, nada más me ata a Mía Black, le he comprado un piso, un auto y he pagado sus estudios durante nueve años, ¿Qué más quiere de mí? ¿Qué más puede pedir? —respondió con tono agrio, no le importaba lo que sucediera con ella, si por él fuera, ella podía irse al espacio, siempre y cuando no volviera a los Estados Unidos jamás.
—Estás siendo irracional, ella no tiene la culpa de lo que sus padres hicieron, ni siquiera había nacido, no puedes mantenerla lejos por mucho más tiempo, está en todo su derecho de regresar si lo desea y no podrás impedirlo —insistió Donovan.
—¡Mierda y más mierda! Desde que ella llegó a mi vida, a nuestras vidas —dijo señalándolos con el dedo—. No hemos hecho otra cosa sino discutir, ¿eres realmente mi amigo? —cuestionó mirándolo con evidente enojo.
—Soy tu amigo Angelo, pero no por ello dejaré de expresar mi sentir, estás siendo estúpido con respecto a ella —expresó tajante mientras se llevaba la copa a sus labios y bebía el líquido ambarino en un solo trago hasta el fondo.
—No fuiste tú quien fue burlado en el altar por las dos personas más importantes de tu vida, y tampoco fuiste tú a quien nombraron responsable del fruto de aquella relación que me destrozó la vida, ellos son los verdaderos culpables.
—¡Ella es inocente! —gritó con frustración ante la necedad de Angelo de verla como su enemiga.
—¿Qué sucede Donovan? —preguntó Angelo, sus ojos se hicieron dos rendijas y lo miró con sospecha —. ¿Te ha engatusado? —añadió con burla.
—Eres testarudo, no tiene caso continuar con esta absurda discusión, no voy a caer en tu estúpido juego de provocación. Solo te dejaré las cosas bien claras Angelo, Mía no te está pidiendo permiso para volver —con aquellas palabras dio por zanjada la conversación y salió de la oficina de Angelo totalmente furioso, salió por la puerta trasera del club, lo último que deseaba era estar en medio del bullicio y los gritos de cientos de jóvenes que no sabían ni lo que querían de la vida. Hijos de papi y mami acostumbrados a salirse con la suya. Agradecía que Louisa no disfrutara de esos malos hábitos de la juventud, al menos no asistía a un antro sin su permiso o sin su compañía.
Mientras tanto Angelo lanzó la copa vacía contra la pared, el ruido del vidrio al romperse no le inmutó ni siquiera lo alteró un poquito, estaba lo suficientemente enojado como para reparar en pequeñeces.
—¡Volver! ¡Mía Black quería volver! —exclamó como si aquello fuera la noticia más terrible que pudieran darle. No quería verla, no necesitaba verla, sabía por Donovan que se había convertido en toda una bella mujer, pero él no estaba interesado en nada referente a ella, solo quería olvidarse de la familia Black de una buena vez, pero para que sus sueños se hicieran realidad aún tenían que pasar cinco años, ¡cinco malditos años! Y entonces sería libre de una puta vez y para siempre de ellos.
Después de nueve años Angelo aún no era capaz de comprender la razón por la cual aquellos traidores le habían entregado a su hija; Conocía de sobra que ninguno de ellos tenía familia, él mismo no la tenía, por un tiempo, un maldito tiempo había llegado a pensar que no necesitaba nada si los tenía a ellos, pero la verdad había sido terriblemente dolorosa al descubrir que ellos se habían burlado de él a sus espaldas, mientras él amaba incondicionalmente. Ellos se profesaban su amor y lo hubiese entendido porque él no era un idiota que se aferraría a una mujer que no lo amaba. Malditamente, los habría comprendido si no hubiesen esperado hasta el día de la boda, hasta estar frente al sacerdote y un centenar de invitados para hacer pública su relación, esa humillación y esa traición es la que no podía perdonarles así pasaran muchos años.
—¡Maldita sea! ¡¿Por qué tuvieron que hacerme esto? ¿Por qué tuvieron que morir y dejarme al fruto de su amor? ¿No les fue suficiente con el pasado?!—gritó desesperado. Ni siquiera él podía entender por qué ese pasado le dolía y le quemaba el alma y sobre todo porque pensar en Mía le carcomía el corazón, no era su conciencia, él había hecho lo correcto.
Con todo el enojo que sentía salió de su oficina, quizá le haría bien buscar una mujer joven y guapa para pasar la noche, necesitaba olvidarse de todo lo demás, necesitaba dejar de pensar a quién se parecía esa condenada mujer, no quería saber, ¡no necesitaba saberlo!
—Un whisky doble —pidió tan pronto se acercó a la barra, desde su posición podía ver a los cientos de jóvenes divertirse a lo grande, bailando y restregando sus cuerpos contra el cuerpo de la mujer más próxima, mientras las toqueteaban, todas parecían iguales. Excepto… ella, la mujer que captó su atención.
Ella parecía una diosa bailando en el pequeño apartado de la pista, moviendo sus caderas al ritmo de la música, incitando al pecado con aquellos movimientos que deberían estar prohibidos. La sensualidad de ese cuerpo femenino, sus largas y esbeltas piernas captaron su atención y no supo exactamente lo que le impulsaba a caminar hacia ella, atravesar el mar de cuerpos que los separaban.
Angelo no pudo y tampoco quiso apartar los ojos de aquel dulce cuerpo que le prometía una noche salvaje. Ella era demasiado perfecta para ser real y así la deseaba para él.
Angelo sintió un latigazo de deseo que le subió por la entrepierna y que no se molestó en reprimir «¿Por qué debería?», era un hombre libre, sin ningún compromiso, no había razón para no saciar sus deseos y la necesidad que nacía en sus entrañas por aquella hermosa mujer.
Le hizo una señal al Bartender para llamar su atención, pidió una botella de colección y caminó en dirección a esa diosa, prometiendo que esa noche la haría suya, le enseñaría lo que era un hombre de verdad.
Se abrió paso entre la multitud esquivando mujeres que lo toqueteaban a su paso, nada lo detuvo hasta quedar frente a ella; sus miradas se encontraron y el tirón de su entrepierna fue mucho más intenso que antes, el deseo le recorrió el cuerpo como lo hace el rayo al tronco de un árbol en medio de una tormenta.
Ella le sonrió. Era una sonrisa sexy y perfecta, como todo en ella; su cuerpo deliciosamente bien formado, su abdomen plano le invitaba a besar y lamer cada centímetro de su piel, sus piernas largas y torneadas le hacían imaginar tenerla alrededor de su cintura, mientras él se hundía en ella frenéticamente.
Jamás se había sentido tan atraído e impactado por la presencia de una mujer desde hacía mucho tiempo, desde… negó y apartó los pensamientos que luchaban por abrirse paso en su conciencia. Bebió otro trago de su vaso, antes de acercarse a donde ella se movía sensual y provocativa.
—¿Una copa nena? —preguntó enseñando la botella de whisky escocés edición limitada. Ella parpadeó un par de veces y le sonrió acercándose para sentarse junto a él, sus cuerpos se rozaron sobre la ropa y fue como un cerillo cayendo sobre la paja seca provocando un incendio de grandes proporciones en el cuerpo de Angelo.