Charlotte

3430 Words
Me miro en el espejo intentando llegar a una conclusión. Por una parte, me gusta el vestido verde oscuro que tengo puesto debajo de la camisa verde limón, pero por otra parte, nunca en la vida había tenido que ponerme un uniforme, ni siquiera para ir a la escuela. Me dejo caer sobre la cama King-size que mi padre me compró para intentar hacerme sentir en casa, pero es tan grande que me hace sentir aún más sola. Dejo salir un resoplido y miro a mi alrededor; las paredes grises se sienten frías y la alfombra negra del suelo es como un hoyo gigante en el que quiero meter el rostro para no salir más. La ventana está empapada en gotas de lluvia; todo indica que en Perdet llueve el año entero. Genial— pienso.  Desde el día en el que llegué- exactamente hace una semana atrás- he mirado el pronóstico del tiempo con la esperanza de que anuncie algún rayo de sol; pero es imposible. Parece que mi ropa ligera y yo tendremos que escondernos en un armario gigante y quedarnos allí hasta que a Perdet se le ocurra tener un encuentro con la palabra verano. Me llevo ambas manos al rostro y cierro los ojos con fuerza. ¿Cómo es posible que tu vida cambie tanto de la noche a la mañana? Ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que me sentí tan fuera de lugar en toda mi vida. Es como si todas las estrellas se hubieran alineado en mi contra. Miro mi reloj con un toque de nerviosismo; me queda hora y media para llegar a la que será mi futura escuela. Pongo un cojín en mi rostro y dejo salir el grito que tenía ahogado. — ¿Todo bien, Litty? — la voz de mi padre suena al otro lado de la puerta de mi habitación y su mano da apenas un golpecito. Aprieto mi mandíbula con fuerza intentando contener la rabia que tengo con él por traerme a un lugar como este. Dejo salir un suspiro después de inhalar y exhalar numerosas veces. — Estoy genial. Conforme con mi respuesta, se comienza a alejar hasta que ya no puedo escuchar sus pasos. Me miro en el espejo de marco gris colgado en mi pared una vez más; me termino de poner los calcetines blancos y los zapatos negros para finalizar el horrible conjunto de la escuela Perdet. Pero, ¿qué más da? De todas maneras, el día está tan lluvioso y helado que dudo que me quite el abrigo n***o que estoy a punto de ponerme encima- y no porque sea lindo, sino porque es parte de lo que se les ha ocurrido llamar uniforme. Dejo el cabello suelto por encima de mis hombros y me resigno a la situación que estoy viviendo. — ¡Litty!— la voz de mi padre me apresura desde el comedor. Ruedo los ojos poniendo mi mochila al hombro, asegurándome de guardar todo lo que necesito para comenzar mi primer día de escuela. Camino por el pequeño pasillo, pasando la puerta del dormitorio de mi papá, hasta llegar a la mesa donde está sentado tomando café y mirando las noticias. — Buenos días— sonríe cuando me ve. Yo le saludo con la mano y me siento en frente de él para tomar un poco de jugo de naranja— ¿estás emocionada? Me encojo de hombros mientras él le baja el volumen al televisor, para incitar a que yo hable. — No hagamos esto— le pido. Mi padre asiente. No quiero ser mal educada con él ni tampoco sonar como una niña caprichosa, pero necesito un poco de tiempo para adaptarme a la idea de que ahora este es nuestro hogar. Necesito adaptarme a la idea de que Zeus no está aquí para saludarme todas las mañanas al despertar; que ya no podré caminar dos cuadras y nadar en la playa después de la escuela con mis compañeros de clase, que mis amigos están a una ciudad a doce horas de ésta; que Sahara encontrará una posible nueva mejor amiga y se olvidará de mí; que ya no tendré la luz del sol entrando por mi ventana todos los días y que mis pies ya no se llenarán de arena camino a casa al volver de cualquier lugar. Sé que cambiarse de ciudad no suena tan terrible; pero lo es cuando te mudas al otro extremo del país. De repente, he tenido que cambiar tardes de nado y surf por tardes de quedarme sentada al lado de la ventana mirando cómo la lluvia cae y choca con el pavimento. Y lo peor de todo es que ni siquiera he podido tener una opinión al respecto; todo ha sido tipo coge tu ropa, un poco de fuerza y tu mejor sonrisa, que nos vamos. — Solo un año, Litty— mi padre me mira directamente a los ojos— solo un año te queda de escuela, y después te puedes mudar a una universidad en Furore si es que así lo deseas. — ¿Furore?— enarco una ceja, terminando mi jugo de naranja. — Me parece que es un pueblo en Italia. Ambos dejamos salir una pequeña risa por lo bajo. Nos quedamos mirando durante unos segundos y luego de un rato, asiento con el rostro. — Lo sé, papá. Él asiente con el rostro y nos damos una de esas miradas cómplices de yo-te-entiendo-y-tu-a-mi-también-así-que-no-hagamos-esto-tan-difícil. — ¿Estás lista? — Si. Estoy lista— digo en medio de una sonrisa nerviosa. — Esa escuela entera te va a amar, Litty. Ya vas a ver. Salgo detrás de mi papá para subirnos al auto que está estacionado justo en frente de nuestra nueva y pequeña casa. Perdet es un pueblo tan pequeño y escondido que todo queda mas o menos a la misma distancia; hay solamente dos escuelas y por suerte mi padre me ha hecho elegir entre una u otra. Al menos tengo la sensación de haber tenido elección en algo en medio de esta mudanza. Me subo al asiento de copiloto y dejo caer mi mochila a mis pies mientras mi papá pone a andar el auto. Las casas a nuestro alrededor son todas iguales; todas son de un piso y la mayoría están pintadas de color blanco. Lo único que diferencia a la una de la otra es el número de la puerta y la manera en la que está decorado el jardín de cada una. El ruido de la lluvia hace presencia en el techo del auto de papá. Apoyo mi rostro en la ventana mientras miro a mi alrededor. Los jóvenes de mi edad caminan con enormes abrigos puestos y algunos hasta con botas de agua; yo lo único que tengo para el agua es una capa que compramos para un campamento de mi antigua escuela; y ni siquiera la usé porque esa lluvia que siempre predecían que iba a aparecer, en realidad, nunca lo hizo. Me pregunto cómo serán las personas de este pueblo; hasta el momento, lo único que sé es que cada vez que he ido a la tienda o al parque con papá, se asoman por la ventana como si fuéramos las primeras personas que pisan ese lugar en meses. — ¿Cuando irás a comprar ropa?— pregunta mi padre, intentando iniciar una conversación— no creo que sobrevivas en Perdet con tus trajes de baño. Me encojo de hombros. — Estaré bien con el paraguas que me compraste— le aseguro— al menos por ahora. Quizás el fin de semana me anime y vaya a comprar. Mi padre estaciona el auto al lado de la entrada de la escuela de Perdet. Los grandes pilares antiguos me saludan y el establecimiento entero debe ocupar al menos una cuadra. Trago saliva, mirando a todas las personas entrando con sus bufandas y sus gorros de lana e inmediatamente me siento como un pez fuera del agua. — ¿Quieres que te acompañe?— la voz de mi padre hace que dé un respingo. Me giro para mirarle y niego con el rostro. — Estaré bien— le aseguro, despidiéndome de él con la mano. Una vez abajo me giro una última vez para dedicarle una sonrisa. Cierro los ojos con fuerza, dejo salir un suspiro y asiento con el rostro, convenciéndome a mi misma de que no es nada tan grave. Solo será un año y pasará tan rápido que probablemente ni siquiera me daré cuenta cuando haya acabado. Si. Necesito mantenerme positiva. Después de ésto puedo volver a mi antigua ciudad en la Isla y reencontrarme con mis amigos. Podré rentar un apartamento con Sahara y discutir con ella secretos íntimos como siempre lo hacemos. O lo hacíamos. Miro mis zapatos inmediatamente empapados por la lluvia torrencial y me apresuro para entrar a la escuela, buscando rápido un lugar donde no me moje. Me refugio debajo de los grandes pilares y miro hacía atrás como si no me pudiera creer que un clima sea tan salvaje. Por más ridículo que suene, lo que me hizo querer estar en esta escuela es la enorme puerta giratoria que tiene para ingresar. Yo siempre las había visto en películas o series, pero nunca realmente había pasado por una— es tonto, lo sé. Sonrío para mis adentros y tomo una gran bocanada de aire, sin saber exactamente cuándo ingresar; hay tantas personas entrando y saliendo que no se queda quieta en ningún momento, y siento que si simplemente me apresuro a avanzar, entonces terminaré aplastada contra la pared. Los estudiantes, los que van entrando, parecen tan acostumbrados que ni siquiera miran la puerta al entrar. Ellos están conversando e ingresan de a dos, y de a tres, y hasta de a cuatro. Me muerdo el labio inferior, tomando todo lo que requiere de mi misma para entrar simplemente. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Quedar como una completa estúpida haciendo el ridículo en mi primer día de escuela. Nada lindo. Decido ponerme justo detrás de una chica rubia con una llamativa mochila de color azul rey y comienzo a caminar detrás para entrar. Sujeto mis cosas con fuerza a un costado de mi pecho y sin darme cuenta, estoy dentro de la puerta giratoria. Sonrío para mis adentros, victoriosa; sin embargo en el momento en el que estoy del lado del interior de la escuela, se me olvida salir y sigo rodando sin poder detenerlo. Un montón de chicos ingresan conmigo cuando está girando, dejándome apretada a un lado. Intento dar un pequeño salto para respirar, y justo cuando ellos están ingresando, los comienzo a seguir, hasta finalmente poder ingresar al establecimiento. Doy un suspiro de alivio, cuestionándome que tal vez debí haberme quedado con la escuela que tenía una puerta normal. Las baldosas del suelo son blancas y negras y me recuerdan a un juego ajedrez; las paredes son altas y de color azul y están llenas de hojas y dibujos que probablemente sean de los estudiantes. Lo primero que noto es que nadie se da cuenta de mi existencia porque están todos preocupados susurrándose cosas en el oído como si hubiera ocurrido una tragedia de la que nadie quiere hablar pero todos se sienten obligados a hacerlo. Frunzo el ceño y miro mi hoja de papel; según lo que dice aquí, tengo que ir a dirección, que se encuentra justo en el pasillo que está a mi derecha. Asiento para mis adentros y comienzo a caminar hacía allá con determinación. Le doy tres golpes a la puerta que sostiene el cartel de "Dirección" y me quedo esperando a que alguien responda. Me balanceo durante unos cuantos segundos sobre mis propios talones antes de que alguien se digne a abrir la puerta. Giro mi rostro hacía la izquierda mientras espero; la foto de un chico se asoma por la pared. Tiene tantas flores alrededor de él que no puedo leer lo que dice debajo; muevo mi mano para hacer las flores hacía un lado, pero la puerta se abre de golpe haciendo que de un respingo. — ¿Charlotte?— reconozco el rostro de la secretaria de  la escuela; la misma que estaba cuando vine a dar una vuelta por los alrededores y decidí que lo de la puerta giratoria era buena idea. — Si— dejo salir la palabra acompañada de una sonrisa. La mujer de cabello extremadamente rojo asiente y acto seguido, una muchacha aparece detrás de ella. Sus ojos extremadamente cafés se quedan pegados en los míos y tengo que agachar la mirada durante unos cuantos segundos para no ponerme nerviosa. Tiene el cabello tomado en una coleta desordenada, pero puedo adivinar inmediatamente que su cabello es algo ondulado. Tiene un piercing redondo en la nariz y un arete de color n***o en el oído derecho. A diferencia de la mayoría de las chicas de la escuela— no puedo decir todas, porque no las he visto a todas— no está usando el vestido del uniforme. En vez de eso, lleva puesta una camisa verde igual a la que tengo yo y unos pantalones grises ajustados. Lleva unas zapatillas negras vans que hace pasar como zapatos de escuela y un abrigo n***o bajo el brazo que esconde la pila de cuadernos que sostiene. Antes de que pueda dar un paso, la secretaria la detiene. — Alice— llama su atención sacudiendo un poco su mano. "Alice" traga saliva y se queda quieta en su lugar. Se da la vuelta en dirección a la mujer, no sin antes rodar los ojos y dar un suspiro. — ¿Por qué no le muestras a Charlotte la escuela?— pregunta, arqueando una ceja. Alice se acomoda la mochila en la espalda un poco inquieta. Se gira a verme unos cuantos segundos que parecen infinitos y luego vuelve a mirar a la mujer. — Pero llegaré tarde a clases— se queja. Me siento completamente incómoda de pie aquí en este momento, así que comienzo a mirar hacia arriba y sacudir mi pie contra el suelo. — Entonces te haré una nota— responde la mujer, e inmediatamente saca un papel de unos de los escritorios que no logro ver porque no tengo visión de la oficina. Alice se encoge de hombros y comienza a caminar por el pasillo por el cual yo acabo de aparecer. Me quedo mirando a la mujer en busca de una respuesta, pero ella señala a Alice con los ojos para que yo vaya detrás de ella. — Oh— suelto antes de girarme y apresurar el paso para alcanzarla. A estas alturas, Alice ya se encuentra a unos diez pasos de mí. Me quedo justo detrás de ella sin saber bien qué decir, así que me propongo guardar silencio. Puedo notar cómo cada estudiante que pasa se queda mirándole cuando pasa por el lado, y de paso también me miran a mí, lo que me hace sentir un poco rara. ¿Por qué siento como si estuviera en una obra teatral que todos parecen conocer menos yo? Al ver a Alice , comienzan a rumorear entre ellos y dispersarse hacía todos lados. Trago saliva y me atrevo a mirar en dirección a ella; su cabeza está agachada y su vista fija en sus zapatillas. La campana para entrar a clases hace eco en nuestros oídos haciendo que yo dé un respingo. Afortunadamente, todos se comienzan a dispersar y la atención en Alice comienza a disminuir. — ¿Cual es tu primera clase?— solamente cuando todos están subiendo las escaleras ella se digna a darse la vuelta para hablarme. Me quedo pensativa unos cuantos segundos antes de sacar el papel que guardo en mi mochila. — ¿Comunicación?— le digo, pero suena más como una pregunta. Alice rueda los ojos y me quita el papel de las manos. La miro algo ofendida y entonces le quito el papel de vuelta. — ¿Cual es tu problema?— le pregunto, estirando la hoja como si fuera una prenda arrugada. Alice se queda desconcertada por unos segundos; abre la boca para decir algo, pero la cierra inmediatamente. Dejo salir un resoplido. — Estoy tratando de ayudarte— se defiende. — Vale, ya. Creo que puedo hacerlo sola. Mentiras. Necesito su ayuda; pero es que así soy yo. Si alguien me va a ayudar, entonces necesito sentir que esa persona quiere ayudarme. De otra manera, no me resulta para nada cómodo. Alice se ve como si hubieran atacado lo más profundo de su ego. Alza las manos en el aire, algo molesta por la situación y desaparece por las escaleras. — Qué pesada— digo por lo bajo una vez que ya no me puede escuchar. Una chica gira por la puerta giratoria apresuradamente; está empapada por la lluvia y una vez que está adentro sacude su cabello como si fuera un perro. — Mierda— se dice a si misma por lo bajo. — ¡Oye!— intento llamar su atención acercándome a ella. La muchacha alza su rostro en mi dirección; el maquillaje n***o que se ha colocado en los ojos ya está todo corrido a causa del agua y su uniforme está goteando. Su aliento congelado me golpea el rostro y deja salir un suspiro mientras se sigue sacudiendo su negra cabellera con las manos. — ¿Me puedes ayudar con mi salón de clases? — le pregunto, viendo que ella no dice nada— soy nueva— añado. La muchacha asiente con el rostro. Sus enormes ojos verdes se posan en mi hoja de papel y luego en mi rostro. — ¿Cómo te llamas?— es lo primero que sale de su boca. Arqueo una ceja y sacudo el rostro, un poco confundida. — Lo siento, lo siento...— me disculpo. Capaz acá en el pueblo sea de mala educación no presentarse de inmediato — soy Charlotte. — Sensible, sincera e intuitiva— dice ella, como si estuviera recitando un poema de memoria. — ¿Uh? — Soy Rebecca— dice ella, sonriendo— mujer fiel y de belleza encantadora. Asiento, aún confundida. — Puedes decirme Becca. Le doy una media sonrisa. — Becca, claro— suspiro— ¿me ayudas a...? — ¿No te dieron un ayudante?— me interrumpe, antes de que pueda terminar. Hago una mueca de desentendida y ella chasquea los labios, adivinando mi expresión— siempre que llega alguien nuevo le dan un ayudante para que le muestre la escuela— me explica. — ¡Ah! Si, es solamente que... no fue de mucha ayuda. Rebecca suelta una enorme carcajada y me tiende la mano para que le entregue mi hoja. Si, un poco de amabilidad nunca está mal. — Comunicación— dice ella, asintiendo con el rostro— nos queda justo en el camino. — ¿Ah? — Tú sólo sígueme. Esa es mi próxima clase también. Sigo a Becca por las escaleras hasta llegar al tercer y último piso del establecimiento; es el único piso en el que las baldosas cambian por unas de color azul verdoso y las paredes se transforman a un color blanco. Me muevo detrás de ella sin decir una palabra; Becca tararea una canción y al llegar a la puerta se queda en silencio y da tres pequeños golpes. Un hombre que no sobrepasa los treinta abre y la queda mirando con una media sonrisa. Tiene la camisa escondida en el pantalón y el cabello atado en una cola hacía atrás, que supongo que si se lo suelta, le debe llegar hasta los hombros. — Becca, llegas quince minutos tarde— le dice con una voz demasiado grave para un rostro tan joven. — Es que me asignaron a Charlotte— miente ella, señalándome con el índice. El hombre— que supongo es el profesor— se mueve hacía un lado para dejarnos pasar a ambas. Al momento de cruzar la puerta, el rostro de más o menos treinta estudiantes se gira en mi dirección; todos con el uniforme perfectamente estirado sobre sus cuerpos. — Charlotte— dice la voz del profesor justo detrás de mí mientras Becca va a tomar asiento. Yo me quedo donde estoy, buscando el lugar que elegiré para sentarme — soy el profesor Dawson, bienvenida a mi clase. — Gracias— murmuro por lo bajo. — Toma asiento donde quieras. — Está bien— digo, dejándome caer en una de las filas del medio. Dejo salir un suspiro; estoy completamente agotada y ni siquiera llevo medio día aquí.  
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