—¿Cómo has estado? —no respondo. Es como si mi voz no tuviera la fuerza para salir, quedándose atorada en mi garganta. Cómo si mi cerebro no procesara nada más que respirar para mantenerme viva. No quiero voltear a verlo, no quiero cruzar palabra. No quiero, porque si lo hago, perderé, estoy segura de que perderé —¡Mamá! ¡Tienes que venir a ver el truco que hace este cachorro! —grita mi hijo emocionado. —¿Es tu hijo? —su pregunta me desconcierta. La tranquilidad con que la hace me pone el doble de nerviosa—. ¿Cuántos años tiene? —Diez —digo en un hilo de voz —¿Quién es el padre? —Su tono de voz ha cambiado. Pasó de ser calmado a áspero. Muchos recuerdos vienen a mi mente y la adrenalina se apodera de mí. —Eso no es tu problema —me pongo de pie como si su presencia me quemase—. ¡Andrés

