Tomo toda la distancia que puedo. Me pego de la puerta como si su sola presencia me quemara. No quiero tenerlo cerca, no quiero bajar la guardia con él. No sé cuál sea su juego, no sé si quiere ser mi amigo nuevamente para luego aplastarme como una cucaracha cuando esté vulnerable. Así que mantengo una distancia física y emocional con él. —Mi vida privada no es asunto tuyo —respondo al comentario dicho hace unos segundos. —Te equivocas, Ema. Toda tu vida es y siempre será de mi asunto. Volteo a verlo. No porque su declaración me haya endulzado el corazón, no. Lo veo con desdén porque de haber sido así, mi hijo hubiera crecido con un padre. —¿A dónde vamos? —Iremos a cenar. —No quiero ir a cenar contigo. Vine a hablar y eso haremos —respondo tajante. —Hablaremos, pero, después de cen

