—¡Ya cállate! —le dije, poniendo los ojos en blanco, aunque en el fondo sentía la emoción de la idea—. Soy fea. Tan fea que ni un ogro se fijaría en mí, y ni lo sueñes. ¡No eres el jefe! La humildad era mi contrapeso a la fama repentina. No iba a permitir que nadie se aprovechara de mis ideas sin reconocer la verdad detrás de ellas. Bueno, siiii, las ideas sí, solo que mi imagen. Ja, ja, ja, soy una ordinaria, ¿quién me vería? —Claro, pero lo eres. Y más que eres una de las imágenes de la empresa por la caridad. Y eso ayudaría a las ventas. Déjame proponerlo. Eso de que la palabra caridad se repita más de una vez; se siente terrible. ¿Debería prestarle atención a eso? Na-ah. —¡No! —le dije, fingiendo exasperación. —Engaño —insistió Moisés, riendo—. Sííí, es que tienes ideas. —Idea

