+*+*+*+*+ Pasaron más de tres horas de gritos, reorganización, polvo, y el aroma a ambientadores de alta gama que intentaban luchar contra el hedor del edificio. Cuando por fin el último hombre se fue y la puerta se cerró, me quedé en medio del salón, sin poder moverme. El apartamento era otro. Completamente otro. El amarillo enfermizo de las paredes había sido neutralizado por la luz que ahora reflejaban los muebles modernos. Ya no era un infierno; era un showroom de diseño. El sofá-cama que Violeta había traído era una maravilla de tela gris perla, elegante y funcional. La sala diminuta se sentía acogedora, con una alfombra de lana que invitaba a quitarse los zapatos (¡y que cubría el suelo amarillo agrietado!). En la cocina, el horror del óxido había desaparecido bajo el brillo de

