—Alejo, lo siento, pero debo hacerlo —dije, sintiendo una oleada de independencia. Yo iba a resolver esto sola. Me dirigí a su gigantesco clóset. Y sí, agarré una camisa de botones, celeste, de un tejido que se sentía fresco y caro. Me la puse. Sé que me queda grande, las mangas me cubrían las manos, y el cuello era enorme. Pero la convertí en mi armadura. —Me abotono, asegurándome de no dejar nada a la imaginación. Me remango las mangas, doblando la tela con precisión hasta los codos. Luego, el truco de estilismo de la supervivencia: Me ajusté la camisa para que me quede un poco pegada al cuerpo en la cintura, tirando de la tela de un lado, y me hago un nudo por un lado. Los picos del nudo los metí dentro del pantalón. Me vi al espejo y ¡listo! Parecía una ejecutiva moderna, con un t

