+ El auto de Alejo reanudó la marcha, pero el aire dentro seguía siendo una masa sólida de tensión. Estábamos atrapados en el tráfico de la hora pico, lo que significaba que la discusión que él quería tener era ineludible. Me había llevado al auto no para un secuestro, sino para una confrontación forzada, lejos de las miradas de Recursos Humanos y de los oídos de mis nuevos compañeros de trabajo. —No vamos a ir a cenar hasta que me escuches —dije, sintiendo que tenía que tomar una postura firme. La culpa era mía, pero mi necesidad de explicarme era mayor que mi miedo. Alejo suspiró, un sonido de pura frustración. Se detuvo en un lado de la calle, justo donde la vista daba a un parque. Apagó el motor. La quietud del auto encendió la alarma en mi mente. —Estoy escuchando, Luna. Pero te a

