Casi al subir al auto de Alejo, la sombra de mi hermana se abatió sobre nosotros. —¡Luna, espera! —Escuché su voz, ahora teñida de urgencia, pero sin arrepentimiento. Alejo, que me tenía a salvo junto a la puerta abierta del auto, me detuvo. —Nooo, no quiero que hables con ellos —dijo, su tono era firme y protector. —¡Solo será un momento! —insistió Lucía, intentando interponerse. Miré a Alejo. La necesidad de cortar el cordón umbilical de una vez por todas me impulsó. —Será un momento —le dije. —Estaré cerca —aceptó él, su cuerpo tenso, listo para intervenir. Me acerqué a mi hermana, Lucía. Ella intentó un acercamiento superficial, una falsa reconciliación para salvar las apariencias. —Lo siento. Lo que ocurrió ahí dentro fue todo fuera de lugar. Mamá está furiosa, ya la conoces

