El frío metal de la silla contra mi piel me devuelve a la realidad. La sala de visitas, con sus paredes grises y despojadas, parece burlarse de mí. Hace ya días que vinieron los padres de Giulia, dejaron ese sabor amargo en mi.
Tan así que cuando el guardia me dijo que tenía otra visita inesperada hoy me negué, pero mencionó era mi abogado y eso me dio esperanzas
“Al menos así podría contratarlo”
El hombre frente a mí; rubio, ojos azules, traje impecable, me mira como si fuera un rompecabezas que no logra resolver.
—¿Giulia? —pregunta, su voz teñida de duda.
Suspiro, cansada de este juego interminable.
—Así dicen que me llamo.
Sus cejas se alzan, sorprendido.
—No me jodas... no tienes tu acento.
Frunzo el ceño, confundida y frustrada.
—¿Señor...? —dejo la frase en el aire, esperando que se presente.
—Soy Marcello Donati, tu amigo —responde, inclinándose hacia adelante.
Lo observo detenidamente, buscando en su rostro algún indicio de familiaridad. No encuentro nada.
—Te ves horrible —dice de repente—, has aguantado mucho en este lugar.
Suelto una risa amarga.
—Pues verás, no es que sean muy acogedores acá. La cárcel no me deja usar teléfono ni nada parecido, disculpa si no te atiendo como mereces.
Marcello sonríe, pero su mirada sigue siendo intensa, escrutadora.
—¿De verdad no recuerdas nada?
Cierro los ojos por un momento, intentando controlar mi frustración. Cuando los abro, mi voz sale más firme de lo que esperaba.
—Mira, señor Donati, si ese es tu verdadero nombre. Estoy cansada de que todos aquí decidan por mí. No sé quién es Giulia, no sé por qué estoy acusada de matar a un prometido que nunca tuve, y ciertamente no sé quién eres tú.
El silencio que sigue a mis palabras es pesado. Marcello me mira, una mezcla de sorpresa y algo más ¿compasión? en sus ojos.
—Amber —dice finalmente, y el sonido de mi verdadero nombre me sobresalta—. Sé que estás confundida y asustada. Pero estoy aquí para ayudarte. Necesito que confíes en mí.
Por primera vez en semanas, siento una chispa de esperanza.
—¿Cómo... cómo sabes mi nombre real?
Marcello se inclina aún más cerca, bajando la voz.
—Porque te conozco, Amber. He investigado algunas cosas. Y voy a sacarte de aquí, pero necesito que me cuentes todo lo que recuerdas. Desde el principio.
Miro a mi alrededor, consciente de las cámaras en las esquinas de la sala.
—No sé si puedo confiar en ti —susurro.
Él asiente, comprensivo.
—Lo sé. Pero ahora mismo, soy tu única opción. ¿Qué dices? ¿Estás lista para descubrir la verdad?
Trago saliva, considerando mis opciones. Finalmente, tomo una decisión.
—Está bien —digo—, te contaré todo lo que sé. Pero más te vale que no estés jugando conmigo, Marcello Donati.
Una sonrisa enigmática cruza su rostro.
—Créeme, Amber. Esto es solo el comienzo.
Marcello Donati se recuesta en su silla, sus ojos azules nunca abandonando los míos. Me remuevo incómoda por su escrutinio
—Bien, Amber —dice, su voz suave pero firme—. Cuéntame qué pasó realmente.
Tomo una respiración profunda, agradecida de que alguien finalmente esté dispuesto a escucharme.
—La verdad es que recuerdo perfectamente lo que sucedió —comienzo—. Estaba en el aeropuerto de Amalfi, regresando a Nueva York después de unas vacaciones para las que me costó mucho ahorrar. Mi vuelo tenía dos horas de retraso, así que fui al baño a refrescarme.
Marcello asiente, animándome a continuar. Sus ojos muestran una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Y entonces —prosigo, mi voz temblando ligeramente—, entró una mujer. Era... era idéntica a mí, Marcello. Como si fuera mi hermana gemela perdida y malvada. Antes de que pudiera reaccionar, me golpeó.
Hago una pausa, los recuerdos inundándome. Marcello se inclina hacia adelante, su expresión intensa.
—¿Qué pasó después, Amber?
—Cuando desperté, estaba vestida con la ropa de esa extraña. Y luego, sin explicación alguna, la policía me detuvo. Desde entonces, todos insisten en que soy esta tal Giulia Mastriani, pero te juro que no es así. Soy Amber Redmond, una pintora de Nueva York.
Marcello se queda en silencio por un momento, procesando mi historia. Finalmente, habla:
—Te creo, Amber.
Parpadeo, sorprendida.
—¿De verdad?
Él asiente.
—Soy el mejor amigo de Giulia. La conozco desde hace años. Y aunque te pareces mucho a ella, ahora que te escucho hablar, que veo tus gestos... sé que no eres ella. Como también se que es extraño que al entrar a esta sala no estuvieras sobre mi despotricando quejas. Giulia no resistiría un día aquí.
Respira hondo
—son totalmente iguales, pero Giulia es hija única, a menos que… haya algo más que no sepamos…
Siento que un peso se levanta de mis hombros. Por fin, alguien me cree.
—Pero entonces, ¿qué está pasando? —pregunto, desesperada por entender—. ¿Y dónde está la verdadera Giulia?
Marcello frunce el ceño, su mente trabajando rápidamente.
—No lo sé con certeza, pero tengo algunas teorías. Lo que sí sé es que estás en grave peligro, Amber. La familia de Andrea Rossellini D'Avalos es muy poderosa y creen que tú —hace una pausa— o mejor dicho, que Giulia lo asesinó.
—Pero yo no he hecho nada —protesto—. Soy solo una pintora que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
—Lo sé —dice Marcello con suavidad—. Y voy a ayudarte a salir de aquí y a descubrir la verdad. Pero necesito que confíes en mí y que sigas mi juego por ahora. ¿Puedes hacer eso?
Lo miro a los ojos, buscando algún indicio de engaño. Solo encuentro sinceridad y determinación.
—Está bien —respondo finalmente—. Confiaré en ti, Marcello. Pero por favor, ayúdame a salir de esta pesadilla.
Una sonrisa tensa cruza su rostro.
—Lo haré, Amber. Te lo prometo. Juntos, descubriremos qué le pasó a Giulia y limpiaremos tu nombre.
Mientras las palabras de Marcello resuenan en mi cabeza, siento una mezcla de miedo y esperanza. No sé en qué me he metido, pero al menos ahora tengo un aliado. Y tal vez, solo tal vez, pueda recuperar mi vida.