Autum Klein Las luces del hospital son distintas a cualquier otra luz. No iluminan, desnudan. Bajo el resplandor fluorescente del pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos, el rojo de la sangre de Alaia en mis manos se había secado, volviéndose una costra oscura que se agrietaba con cada movimiento de mis dedos. Me negaba a lavarme. Sentía que si borraba ese rastro, estaría borrando la última conexión física que me quedaba con ella en este limbo de pesadilla. Habían pasado horas. Horas en las que el tiempo se estiró como un cable de acero a punto de romperse. El abuelo había llegado, permaneciendo en silencio en una esquina al igual que mi madre y Maura no dejaba de rezar en un susurro que me taladraba los nervios pero yo no podía rezar. Un hombre con mis manos no tiene derecho a p

