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2996 Words
41          –Creo que me ahorré llevarlo hasta Arenas Blancas –le dijo Carolina a Santiago, recostada contra el umbral de la puerta de entrada al estudio, en donde su hermano, disfrutando de la frescura del aire acondicionado, estaba dedicado a leer un libro de historietas de Tintín.      –¿Por qué? –Santiago supo inmediatamente que algo estaba sucediendo. Había escuchado el timbre del teléfono, y aunque hasta el día anterior había estado muy pendiente de su repique, la esperanza que se  había empezado a  perder logró que se despreocupara un poco y enfocara su atención en otros sonidos, aunque por su mente continuaba pasando constantemente la imagen de la bella Carrie.      –Estoy segura de que lo está llamando una gringa –dijo Carolina mostrando una leve sonrisa.      –¿Al teléfono? –preguntó Santiago poniéndose de pie.      –No, gritando desde la calle con un megáfono… –el tono burlón de Carolina era evidente–. Pues claro que por el teléfono, ¿qué quiere que  le diga?, ¿Qué usted no está?      –Si le dice eso, la mato –Santiago apresuró su paso, manteniendo la prudencia suficiente para no lastimar nuevamente su rodilla, hasta llegar a la sala para tomar el aparato en sus manos. Aun no daba crédito a las palabras de su hermana; no tenía lógica alguna que Carrie hubiese esperado tres días para contactarlo, sin embargo aquella idea que había tenido acerca del desbalance en la importancia que cada uno le había dado a los sucesos del pasado regresó a su mente. Probablemente la niña de sus sueños no querría más que saludarlo y decirle que volverían a hablar en el momento en que pudiera sacar tiempo de su trabajo para verlo; si hubiese sido otro su pensamiento, de haber tenido un deseo que le inspirara llegar a desarrollar algo más que una simple amistad, estaba seguro de que lo habría llamado tres días antes. Tratando de dejar a un lado los pensamientos negativos, tomó el recibidor sintiendo como su mano temblaba y su corazón se aceleraba; respiró profundamente por unos instantes antes de decidirse a hablar:      –Aló…      –¿Santiago?      Era ella, no cabía la menor duda. La forma de decir su nombre, aquella pronunciación que inmediatamente le recordó aquel día, más de un año atrás, cuando se habían cruzado en uno de los corredores de la escuela de Nueva Jersey y ella lo había saludado pronunciando su nombre tal y como lo acababa de hacer, pero sin mostrar ahora  la seguridad que había exhibido aquella vez.      –Sí, ¿quién habla? –prefirió jugarlo de una manera que le demostrara a Carrie menos importancia de la que en realidad tenía, aunque sabía que nunca sería capaz de aparentar y tener esa clase de actitud por más de treinta segundos.      –Soy Carrie, de la escuela North Hunterdon de New Jersey, me dejaste una carta en Arenas Blancas.      Le estaba hablando en español; un español casi perfecto, con muy poco acento extranjero, como si conociera el idioma desde que tenía cinco años. Su voz era tan suave y melodiosa como siempre, aunque notó que su tono era nervioso. Pero Santiago no había sufrido durante los últimos días para venir ahora a tirárselas de artista, sería lo último que querría hacer.      –¡Carrie!, ¡No te imaginas la alegría que estoy sintiendo!, he estado esperando tu llamada desde el lunes, y te quiero ver ya, ahora mismo.      Santiago se alcanzó a preguntar, antes de que ella volviera a hablar, si no se habría exagerado un poco en sus palabras.      –¡Wow! Yo también te quiero ver, creo que tenemos muchas cosas por hablar.      En dos minutos lograron cuadrar su cita. Sería a las cinco y medio de la tarde en la esquina del Hotel El Rodadero, aquella ubicada enseguida de la piscina y que daba contra la playa.      –No puedo esperar a verte –dijo Carrie utilizando un tono más tranquilo y seguro del que había usado al principio de la conversación.      –Digo lo mismo, en una hora nos vemos, no llegues tarde.      –No lo haré –dijo ella antes de colgar.      Era cierto: la niña de sus sueños había aparecido, y su forma de hablar era linda, su tono era dulce, y ahora que lo hacía en español, sonaba más romántico, más encantador, más cerca a lo que él estaba esperando de ella. Caminó lentamente, se metió al baño, tomó una ducha y al salir se puso sus bermudas azules, una camiseta tipo polo de color blanco y sus zapatos apaches o como los llamaban en Norteamérica, los top siders.      –¿Si era la gringa? –lo interrumpió Carolina cuando se estaba peinando frente al espejo del baño.      –No le diga así que suena feo, se llama Carrie.      –Bueno, Carriola…      –Carrie, y es la pelada más querida de este planeta.      –¡Uy! Que no se note que está tragado…      –Cuando la conozca se va a dar cuenta de por qué.      –¿Y se van a ver?      –A las cinco y media –dijo Santiago terminándose de peinar.      –Pero échese loción –Carolina tomó en sus manos el frasco azul y se lo pasó.      Se despidió de su hermana, miró su billetera para asegurarse de tener suficiente dinero para invitarla a tomar algo, miró el reloj que marcaba las cinco y quince minutos y salió del apartamento recordando mantener un paso prudente que no llegara a afectar su rodilla. La temperatura empezaba a bajar y una refrescante brisa lo recibió al salir del edificio, llevándolo a pensar que era el clima perfecto para la cita que se había pospuesto por tanto tiempo. A pesar de la lentitud de su paso, logró llegar al Hotel El Rodadero cinco minutos antes de la hora señalada. Miró a su alrededor detenidamente para darse cuenta que Carrie aún no llegaba. Se sentó en un pequeño muro pensando en el bienestar de su rodilla y se quedó observando algunos bañistas que empezaban a abandonar la playa. Dos vendedores ambulantes, uno ofreciendo gafas de sol y otro vendiendo relojes de imitación, le mostraron sus productos obligándolo a deshacerse de ellos de la manera más amable posible, teniendo en cuenta los nervios que lo acompañaban. Instantes después le llamaron la atención dos muchachas, que luciendo sus atractivos trajes de baño, caminaban lentamente por el malecón; se trataba de Jennifer y Penélope, quienes afortunadamente no se dieron cuenta de su presencia. Estaban a menos de quince metros, pero parecían estar inmersas en una alegre conversación mientras disfrutaban de conos de helado y se alejaban en dirección a la zona central de El Rodadero. Lo último que querría sería que la niña de sus sueños lo encontrara compartiendo con esas dos atractivas muchachas. Su reloj marcaba las cinco y treinta dos minutos para el momento en que un taxi se detuvo a pocos metros. Los vidrios oscuros del vehículo no dejaban ver a sus ocupantes, produciéndole algo de inseguridad al pensar que si Carrie estaba allí adentro, tendría la ventaja de fijarse primero en él antes de que él pudiese fijarse en ella. Pasaron lo que él sintió como unos interminables segundos antes de que la puerta de atrás se abriera. Lo único visible fueron unos pies descalzos posándose sobre el pavimento, algo que de haber sucedido en Bogotá hubiese llamado profundamente su atención, pero al tratarse de un lugar que se encontraba a escasos metros de la playa lo convertía en un hecho un poco más natural. Sus ojos pasaron rápidamente a posarse en el rostro de la dueña de aquellos pies, imagen que inmediatamente le produjo una enorme sonrisa. Era ella, la niña que había estado esperando por tanto tiempo, la misma que alguna vez pensó que jamás volvería a ver, luciendo aún mejor de como la había visto aquel día en el resort, mostrando una espectacular sonrisa, su rostro más lindo que nunca, llevando un vestido de tono verde claro que dejaba al descubierto el bronceado de sus hombros, de sus brazos y de sus atractivas piernas. No lo podía creer; ¿cómo era posible que tanta belleza junta aún se estuviera fijando en él? Dio un par de pasos hacia adelante mientras ella eliminaba la distancia que los separaba. ¿Pero cómo la saludaría? No estaba seguro si bastaría con un pico en la mejilla o simplemente con darle un abrazo o estrechar su mano. Hubiese querido besarla para no dejar que nunca más se fuera, pero era consciente de aún estar lejos de llegar a vivir ese momento, si es que alguna vez se llegaba a presentar. La quedó mirando directo a los ojos cuando estuvo a menos de un metro, pero fue ella la que lo apretó entre sus brazos y le dio un pico a escasos milímetros de la boca mientras le decía utilizando el idioma de su país:      –Pensé que este momento nunca sucedería.      Santiago no la quería soltar. La paz y el regocijo, invadiendo su cuerpo, nunca antes sentidos de manera tan fuerte, componían una experiencia totalmente nueva, algo que no sabía que pudiese existir.      –Yo todavía no me lo creo –dijo al tiempo que la soltaba, el dorso de su mano pasándose suavemente por la mejilla de ella, gesto que fue correspondido por la más linda de las sonrisas.      –Dime que no estás de vacaciones, y que voy a tener todo el tiempo para verte –dijo ella revelando una expresión nerviosa en su rostro.      –Estoy viviendo aquí, con mi familia, así que por mí no te tienes que preocupar. ¿Pero tú qué?, ¿es verdad que trabajas en Arenas Blancas?      Tomaron la ruta del malecón, caminado lentamente mientras ella le contaba los detalles de su trabajo; la manera como lo había conseguido, de lo bien que se sentía al estar trabajando como profesora de inglés, le habló de Amanda y de la buena amistad que se estaba creando, de su jefe, quien parecía ser una persona buena y comprensiva.      –¿Me estás diciendo que tus papás te echaron de tu casa y que gracias al papá de Sharon es que estás aquí? –Santiago no lo podía creer. ¿Hasta qué punto tenían que llegar la crueldad y la injusticia con esta linda niña que no inspiraba más que amor y ternura?      –Me quedé sin nadie, sin nada… –habían comprado un par de cervezas a un vendedor ambulante y ahora estaban sentados sobre la arena de la playa, a escasos tres metros de donde venían a morir las olas, mientras observaban un atardecer teñido de tonos amarillos, anaranjados y rojos.      –Carrie, yo sé que allá en Nueva Jersey no tuvimos la oportunidad de hablar mucho, ni de llegar a conocernos, pero lo que sí sé, es que me tienes a mí, y puedes contar conmigo para lo que sea –sus palabras, pronunciadas en español, estuvieron acompañadas por el movimiento de su mano, la cual sujetó suavemente la de ella.      –Gracias, no sé por qué siempre me imaginé que podría contar contigo, a pesar de conocerte tan poco.      –Quiero que no lo dudes, pero nunca me dijiste que hablabas español…      –Cuando te conocí no lo hablaba, creo que es una de las cosas que han cambiado en el último año… La verdad es que una niña colombiana que conocí en la prisión juvenil me enseñó.      Santiago, a pesar de querer conocer todos los detalles de lo que a ella le había sucedido, sentía cierta vergüenza e incomodidad ante la idea de abordar el tema.      –¡Pero lo hablas perfecto! Nadie diría que lo aprendiste hace poco.      –Gracias, supongo que era lo único interesante que podía hacer…      –Carrie, lo que no entiendo, pero que supongo que fue lo mejor que hubiera podido pasar, es que Sharon me dijo que… pues que… tu condena era de dos años… –Santiago se mordió el labio y no tuvo la seguridad para mirarla a los ojos.      –Ya sé, y solo ha pasado un año… Pero bueno… ¿Te puedo contar todo lo que pasó? Aunque no te quiero amargar el rato…      –Cuéntamelo todo, y solo piensa que son cosas del pasado y que ahora estás lejos de todo eso, mirando un atardecer más que espectacular.      Carrie le relató todos los detalles del momento de su arresto, del susto y los nervios nunca antes sentidos cuando se vio esposada, viajando hacia la estación en la banca trasera del auto de la policía. Del momento espeluznante en que  se vio encerrada en aquella celda oscura y maloliente.      –Pero lo peor fue cuando me enteré que mi papá no pagaría por la fianza, lo que me obligaba a esperar el momento del juicio encerrada.      –¡No lo puedo creer! –Santiago tenía la mirada perdida en el horizonte, su mano apretando con mayor fuerza la mano de ella.      A medida que el sol continuaba bajando, Carrie proseguía con su relato.      –Nunca pensé que yo fuera tan rebelde… Después me llevaron a la prisión juvenil, y aunque tenía los brazos encadenados  al cuerpo, y otras cadenas en los tobillos, yo no paraba de gritar como una loca, solo quería pegarles a todas esas guardianas, al que se me atravesara por el frente. Eso me valió que desde el primer día me mandaran a lo que llamaban > –los ojos de Carrie se aguaron, obligándola a pasar el dorso de su mano por encima de la mejilla y evitar así que una lágrima rodara.      Santiago empezó a sentir un profundo dolor que invadía todo su ser y que amenazaba con volverse físico. Pero sabía que deseaba conocer todo por lo que había pasado la niña de sus sueños, así como entendía la necesidad de ella por desahogarse.      –Los tres primeros días no vi a nadie. Era un calabozo con una ventanita por la que me pasaban la bandeja de comida. Pero ni comer podía…, solo lloraba y gritaba y sentía que mi cabeza iba a explotar. Yo no podía entender por qué me estaba pasando eso… –Carrie estuvo en silencio por unos instantes antes de continuar–. Cuando me sacaron de ahí estaba como un zombi. Solo caminaba, no miraba a nadie, no hablaba, creo que ni sentía… Me llevaron a otra celda que en lugar de aquella puerta de acero con la ventanita tenía rejas y podía ver a las que estaban en frente… Se puede decir que ahí empezó mi rutina dentro de ese sitio. Tenía que asistir a clases todos los días, en la escuela de la prisión, y solo el domingo lo tenía libre, si es que se le puede llamar libre a cuando estás encerrada en cuatro paredes. Después de clases tenía que trabajar en la lavandería hasta la hora de cenar. No te imaginas lo mala que era esa comida… –tomó un par de sorbos de su cerveza antes de continuar–. Nos daban una hora para compartir con las otras niñas antes de tener que volver a la celda…      –¿A qué horas te dormías? –Santiago pensó que era una pregunta estúpida después de haberla realizado, pero ya era demasiado tarde.      –Nos encerraban en las celdas a las ocho, pero creo que no lograba dormirme antes de las once, no lo sé…, no tenía mi reloj, cuando entras allá te quitan todo y te ponen un horrible traje de color naranja      –Carrie, Sharon me dijo que solo los familiares podían ir a visitarte durante los primeros seis meses, si no, yo hubiera ido a verte desde el primer día.      –No eran seis –ella le dirigió una mirada comprensiva acompañada de una tierna sonrisa–, eran tres, pero supongo que para ese momento tú ya habías salido de mi país...      –No lo sabía…      –Fue una información equivocada, tanto así que Sharon solo fue a los seis meses.      –¿Y tu familia iba a verte todas las semanas?      –Ellos nunca fueron… ni un solo día…      –¡No lo puedo creer! –la rabia por algo sucedido en el pasado lo invadió por completo. Pero sabía demasiado bien que no podía dejarse ganar por algo que solo se podría cambiar si existiese la nave para viajar en el tiempo. Controlarse era lo más importante, escucharla y tener la capacidad y la calma suficientes para entender la situación y lograr ayudarla en todo lo que estuviera a su alcance.      –Ella me habló de ti, que te habías quedado esperándome para nuestra cita, de lo que habías dicho cuando te enteraste de todo…      –Te juro que casi me muero, no podía creer lo que te estaba pasando.      –Yo menos, y la verdad es que a pesar de todo, de verme en esa situación, de ver lo que había pasado con mi familia, siempre me acordé de ti, de lo que no habíamos podido hacer, de que eras la persona con quien quería estar…      –A mí me pasó lo mismo, nunca te pude olvidar, siempre… siempre has estado en mi mente, te juro que no te he dejado de pensar un solo día –la miró a los ojos mientras el sol se hundía en las tibias aguas del Mar Caribe, una canción vallenata sonaba en la distancia, su mano estrechaba la de ella, y finalmente sus labios se juntaron para cumplir aquel sueño mutuo. La suavidad, la ternura, la dulzura de aquel aplazado momento, el mismo que había soñado, el mismo que pensó que nunca llegaría, se hacía realidad en el lugar menos esperado, aunque el más apropiado para una ocasión mucho más que especial. 
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