18
Las aguas del Mar Caribe no eran como la de las playas del "New Jersey Shore". Las de allá eran frías, hostiles, amenazantes, mientras que las de Santa Marta parecían tener la temperatura perfecta y la tranquilidad suficiente para nadar en ellas. Eran los pensamientos de Carrie, quien aprovechaba el tiempo libre de su primer día para darse un refrescante baño de mar. Era la segunda ocasión en que se metía al mar, dado que también lo había hecho antes de almuerzo. Se había visto obligada a pasar por una de las boutiques del resort con el objetivo de conseguir una crema bronceadora que también hiciera las veces de bloqueador. Sabía que su piel no aguantaría los poderosos rayos del sol ecuatorial y no deseaba empezar a trabajar luciendo tan roja como un camarón. Después de disfrutar de las agradables aguas, se recostó en una de las sillas bronceadoras, se secó con una de las toallas blancas que proveía el resort, y se aplicó una nueva capa de protector solar. Sus ojos se concentraron en los pequeños barcos pesqueros, los vendedores de helados y bebidas que pasaban a unos pocos metros de ella ofreciendo sus productos, y en las palmeras que le daban al sitio más belleza de la que ya tenía. Aún no lo podía creer: haber pasado de aquel infierno a un paraíso como aquel, en tan solo unas pocas semanas, realmente era algo del otro mundo. Y todo gracias al papá de Sharon, aquel señor que había tenido la compasión suficiente para apiadarse de ella y ayudarla. Era totalmente diferente a su padre. Nunca se había llevado bien con él y la convivencia se había hecho soportable únicamente gracias a la mutua decisión de ignorarse cuando se veían. Solo cruzaban palabra en los momentos de suma importancia, pero el cariño, alguna demostración de ternura, o el interés por parte de él en los asuntos de ella siempre habían brillado por su ausencia. Según lo que creía Carrie, su detención, sumada a su posterior encierro en la prisión juvenil, se convirtió en la excusa perfecta para la decisión de echarla de la casa en el momento en que le dieron su libertad. Recordó que por su edad, y por haberse graduado de la escuela, ya estaba en edad de ir a vivir a otro lado, bien fuera en la universidad o compartiendo apartamento con alguna amistad, pero era la falta de solidaridad y de comprensión, sumada a la nula credibilidad que había tenido en ella, lo que finalmente la llevó a entender que ya no tenía padre. Pero no entendía cómo podía haber llegado a ese nivel de crueldad. Era consciente de sus diferencias de carácter y de mirar el mundo. Se trataba de un señor de principios demasiado conservadores, de ideas retardatarias y de pensamientos más acordes con las épocas medievales. Desde un principio, y a pesar de ser una niña sana y obediente, Carrie había mostrado sus diferencias de pensamiento, factor que había logrado empezar a separarlos desde que ella tenía doce años. Y su madre, persona dulce y algo más comprensiva, pero de carácter débil e indeciso, se había alineado al lado de su dominante marido, lo que había dejado a Carrie sin respaldo alguno. Soltó un par de lágrimas mientras continuaba observando el atractivo paisaje, y tras una prolongada meditación, decidió que nunca jamás los volvería a ver. Sabía que a los diez y siete años se era demasiado joven para enfrentarse al mundo sin el respaldo de una familia. Pero la manera triste y absurda como se habían comportado sus padres no daba para más. Tendría que luchar sola, abrirse camino por su propia cuenta y esperar a que el mundo le empezara a sonreír nuevamente.
–Mira que ya estás cogiendo color –las meditaciones de Carrie fueron interrumpidas por la sorpresiva presencia de Amanda. Definitivamente se trataba de una mujer bastante atractiva. Su vestido de baño de dos piezas con un color rojo intenso no hacía más que acentuar las atractivas formas del bronceado cuerpo de la subgerente del resort.
–¡Hola, Amanda! ¿En serio? –preguntó Carrie mirándose el estómago y las piernas.
–No lo dudes, a ese ritmo, en un par de días vas a lucir hermosa y espectacular –Amanda se sentó en la silla bronceadora que encontró justo al lado.
Pero a Carrie no le gustó la manera como era observada por la atractiva muchacha. No era el tipo de mirada a la cual estaba acostumbrada y que había visto en Sharon o en Julie cuando admiraban sus ropas o su figura. Esta era más parecida a la forma de mirar de un hombre.
–Gracias, pero creo que con tal de poder respirar el aire puro y mirar el paisaje me conformo.
–Veo que solo pides lo básico…, pero bueno, aquí puedes ver los mejores atardeceres, como el que ya se acerca –Amanda llevó sus ojos del cuerpo de Carrie al sol que empezaba a descender en el horizonte.
Permanecieron en silencio por un par de minutos observando al sol zambulléndose en el inmenso mar, el reflejo de sus rayos bañando las cristalinas aguas.
¿Qué te parece si vamos al Rodadero a cenar? –preguntó intempestivamente la atractiva subgerente, adjuntando a su rostro una sonrisa bastante pícara.
Carrie no lo podía creer. Había salido de la prisión juvenil, en donde había tenido que lidiar con varias muchachas que no gustaban de los hombres, para enfrentarse ahora con una que parecía tener exactamente la misma cualidad y que para empeorar las cosas… era su jefe.
–¿Al Rodadero? ¿Eso qué es? –Carrie tuvo dificultad para pronunciar las erres de aquel nombre.
–Mira, niña, nosotras estamos en este sector que se llama Bello Horizonte, y más hacía allá –Amanda señaló hacia su derecha– está Pozos Colorados, y si pasas Pozos Colorados y caminas un poco más, llegas al Rodadero.
–¿Y es muy lejos? –preguntó Carrie mirando hacia donde ella indicaba.
–Para caminar, sí. Pero no te preocupes, podemos ir en mi carro.
–¿Y en El Rodadero hay restaurantes?
–Muchos, y además hay barcitos, grilles, discotecas, más hoteles, tiendas, grupos vallenatos tocando junto a la playa, es la zona más turística de Santa Marta.
Carrie sabía que sería algo comprometedor salir con su jefe, especialmente si esta tenía intenciones más allá de una amena charla. Pero al mismo tiempo supuso que sería una buena oportunidad para conocer los alrededores, así como confirmar si sus sospechas en realidad tenían algún fundamento. Pensó que eso sería lo más importante: cabía la posibilidad de que se estuviera imaginando cosas si tenía en cuenta que los latinoamericanos tenían una forma diferente de tratar a la gente, así como una forma diferente de mirar. Al fin y al cabo, si la atractiva subgerente intentaba algo, tendría la posibilidad de denunciarla por acoso s****l, aunque en realidad no sabía si en Colombia podría tener esa posibilidad.
–Suena divertido, y podría contarte sobre mi novio y lo que me pasó con él.
–¡Perfecto! No puedo esperar a que me cuentes tus aventuras amorosas –dijo una emocionada Amanda para el momento en que el sol se terminaba de esconder bajo las aguas del Mar Caribe.
–Voy a mi bungaló a darme una ducha y a ponerme algo decente –dijo Carrie poniéndose de pie –¿A qué horas quieres salir?
–A las siete nos vemos en la recepción, y no lleves nada elegante, aquí la gente suele vestir de manera informal.
Pocos minutos antes de las ocho de la noche las dos compañeras de trabajo se encontraban en la terraza de un restaurante disfrutando de sendos platos de carne de res con arepa y plátano. Se trataba de uno de los sitios más populares de la zona, para el cual habían tenido que esperar diez minutos para conseguir una mesa, esfuerzo que ahora se veía recompensado por el buen sabor de la comida. Carrie no paraba de mirar a su alrededor mientras Amanda relataba anécdotas acerca de su trabajo en el resort. Le llamó la atención el ambiente festivo que se respiraba en la calle que daba contra el restaurante. La gente iba y venía con paso despreocupado, los automóviles pasaban lentamente dejando sonar su música, y no faltaban los vendedores ambulantes ofreciendo desde comidas y refrescos hasta toda clase de implementos para disfrutar de las playas. Realmente se trataba de una ocupada calle llena de restaurantes y tiendas, totalmente contrastante con los calmados alrededores del lujoso resort.
–¿Qué te parece si después de comer te muestro la playa de este sector? Allí nos podemos tomar una cerveza y escuchar a algún grupo de música vallenata.
La propuesta de Amanda sonaba bastante tentadora, aún más teniendo en cuenta que su comportamiento hasta el momento había distado mucho de la manera amenazante con la cual Carrie había sentido algo de inseguridad durante su encuentro en la playa del resort. La sospecha acerca del gusto que podría tener Amanda con respecto a las mujeres perdía peso con el pasar de los minutos, y la confianza en lograr tener una buena amiga, así fuera diez o doce años mayor, empezaba a regresar.
–Esto jamás lo podría hacer en New Jersey –dijo Carrie mostrando su lata de cerveza.
–¿Qué? ¿No podrías tomar cerveza? –preguntó Amanda, sus atractivos ojos concentrados en el conjunto de músicos que, con caja, guacharaca y acordeón, interpretaban una canción vallenata en medio de un nutrido grupo de personas que disfrutaban de la música en medio de la playa.
–No a los diecisiete… y mucho menos en un lugar público.
–Bueno –la sonrisa de Amanda no se hizo esperar–, supongo que son las ventajas de los países tercermundistas, pero ven y nos sentamos un ratico.
Las dos amigas encontraron un espacio a una distancia prudente de los músicos, algunos metros más allá de donde se encontraba el grueso de la gente. Antes de sentarse le compraron a un vendedor dos nuevas latas de cerveza y minutos después disfrutaban relajadamente de la música. En medio de la charla y las risas, en dos diferentes ocasiones tuvieron que rechazar las palabras de hombres mayores, quienes sin duda estaban pasados de tragos, quienes pretendían que se levantaran a bailar. No era el ambiente que Carrie había visto en las películas de su país, en donde los realizadores, equivocadamente, mostraban a los países de Suramérica como si fueran una provincia más de México. Pero la realidad era otra, esto era totalmente diferente: la música no era aquella de las bandas vestidas de n***o con grandes sombreros, la manera de bailar era otra, al igual que la de vestir. A pesar de ser nueva en el idioma español, notó que el acento también se diferenciaba, siendo la forma de hablar de la gente de Santa Marta mucho más rápida y difícil de entender.
–Todo esto es tan emocionante… –dijo de un momento a otro Carrie con un tono melancólico en su voz.
–Pero por el tono que usas, parece que estuvieras más triste que emocionada.
–Supongo que solo estoy un poco cansada –Carrie le brindó a Amanda su mejor sonrisa.
–Si quieres podemos regresar al resort…
–No, mejor quedémonos aquí un rato más, ¿quieres otra cerveza?
Carrie se preguntó si algún día podría sacar de su mente las horribles experiencias sufridas durante su reciente pasado. A pesar de ser consciente de estar viviendo la más linda de las experiencias de sus diecisiete años de vida, sabía que no lograría disfrutar plenamente si no dejaba a un lado las horribles imágenes del centro de detención juvenil. No sabía si lo mejor sería ocultarlas y tratar de olvidar, o llegar a confiar en alguien que le ayudara a sacarlas de una vez por todas. Pero esa persona no podría ser la linda y simpática subgerente del resort, a menos que quisiera poner su puesto de trabajo en riesgo.
Una hora después, habiendo disfrutado de la música de acordeón y de las refrescantes cervezas, las nuevas compañeras decidieron dar una caminata por la playa, únicamente alumbrada por los faroles que bordeaban el malecón y por el reflejo de las luces de los edificios. Carrie agradeció el haber obedecido el consejo de Amanda acerca de la informalidad en el vestir. Con su camiseta tipo esqueleto de tono rojo, sus bermudas azules, y cargando sus sandalias planas en la mano, sintió que estaba vestida acorde con el ambiente y lo que había visto en la gente de la ciudad. Así mismo, Amanda llevaba un short de jean deshilachado y una camiseta de mil colores que le llegaba diez centímetros debajo de la pretina, lo que la hacía lucir como una turista más y no como la subgerente de un elegante resort. Al igual que la norteamericana, llevaba sus sandalias en la mano.
–¿Y entonces dejaste a alguien que te esté pensando más de lo debido? Recuerda que dijiste que me ibas a hablar de tu novio –preguntó sorpresivamente Amanda.
–Fuera de mi amiga Sharon y su familia, no creo que alguien más se acuerde de mí –Carrie arrugó los labios levemente.
–¿Pero entonces no tienes novio? Eso suena extraño, tú estás muy linda como para que nadie te extrañe…
–Bueno, cuando has pasado casi que todo tu último año apartada de la sociedad, no es para nada raro –dijo Carrie con su mirada concentrada en los puntos en donde sus pies descalzos se posaban.
–Niña, no me digas que eres uno de esos ratones de biblioteca que no salen de los libros y se apartan de la gente…
Habían salido de la playa y caminaban por los andenes de las calles aledañas rumbo al lugar en el que habían dejado el auto.
–Ojalá hubiera sido eso –Carrie meneó la cabeza lentamente.
–¡Ya sé! Decidiste entrar al ejército o algo así… –pero la respuesta que habría de venir por parte de Carrie fue interrumpida por el fuerte sonido de la música que provenía de la terraza del edificio frente al cual estaban pasando.
–Me encanta esa canción –dijo Amanda mirando hacia arriba.
–A mí también, "Savage Lover", mi amiga Sharon no hacía más que ponerla.
–Parece que están en tremenda rumba en aquella terraza –Amanda no paraba de mirar hacia arriba mientras continuaban caminando lentamente.
–¿Rumba… significa fiesta? –Carrie también concentró su mirada en la terraza del edificio.
–Sí, niña, supongo que es un término colombiano.
–Pensé que escucharían música colombiana, como la de la playa.
–Eso era vallenato, y es lo que más se escucha, junto con el merengue y la salsa, pero en algunas fiestas también se mezcla con lo de tu país.
–Me gusta más lo de aquí… –dijo una pensativa Carrie volviendo a concentrar su mirada en sus pies descalzos.
–Oye, me da la impresión de que andabas un poco aburrida en tu país –el tono de voz de Amanda era dulce y comprensivo y la sonrisa no abandonaba su lindo rostro.
–Digamos que me encantaría estar en esa fiesta de allá arriba –Carrie movió levemente la cabeza indicando la terraza que se encontraba siete pisos por encima de su cabeza.
–Si quieres le decimos al vigilante que nos deje subir –sugirió Amanda con una sonrisa traviesa.
–¿Conoces a alguien de esa fiesta?
–Aquí la gente es muy amigable, no es necesario que conozcas a nadie, además que a dos lindas mujeres como nosotras, nadie nos negaría la entrada.
–Amanda, estás loca, sé que quiero olvidar, pero no es para tanto –Carrie mezcló una leve sonrisa con la leve sacudida de su cabello.
–Niña, ¿se puede saber qué es lo que quieres olvidar?
–¿Te lo puedo contar otro día? –preguntó Carrie cuando estaban a pocos metros del auto de Amanda.
–Cuéntamelo cuando quieras, yo sé que todos estos cambios son difíciles para ti, pero puedes estar segura que en mi vas a tener una amiga en la que puedes confiar.
Al final de la velada, Carrie había aprendido varias cosas acerca de su nueva amiga: tenía veintisiete años, había estudiado una carrera universitaria llamada "Hotelería y Turismo", llevaba trabajando en el resort un poco más de cuatro años, lugar en donde había empezado como recepcionista hasta llegar al puesto que ahora ocupaba. Vivía sola en un pequeño apartamento cercano al sitio de trabajo, y su familia, compuesta por sus padres y un hermano menor, vivía en Medellín, la segunda ciudad más grande del país. No tenía una persona especial en su vida, lo que le pareció bastante extraño, ya que su belleza y simpatía darían para pensar que tendría muchos pretendientes. Sin embargo, en la mente de Carrie aún quedaba la duda acerca de los gustos en cuanto a géneros que la subgerente podría tener. Tendría que esperar un poco más para llegar a esa respuesta; por ahora solo sabía que era la clase de mujer con la que cualquier hombre querría tener algo especial.