No importaba que todos pensaran que él le había dado la ventaja a Melinda y que cedió para que le ganara, no interesaba que ella le recordara constantemente que quizás su instinto lo llevó a limitarse, él simplemente no dejaba de castigarla de la manera que más le gusta, con sexo. Aspen estaba orgulloso de la astucia de su mujer, pero parte de él se sentía humillado y no sabía cómo manejarlo por lo que era un ogro y advirtió a cualquiera que le recordara lo sucedido que moriría antes de terminar de hablar. ―¿No te bastó todo lo que te hice? ―La voz gruesa de Aspen la estremeció. ―¿Qué sucede? ―Endureció su gesto, ella lo abraza con fuerza. ―Nada. ―Susurró montándose sobre él. ―Solo quiero que me abraces, ¿Es mucho pedir? ―Aspen la rodeó con sus enormes brazos. ―Me encanta tu aroma y

