Steve No encontraba ninguna lógica en su comportamiento. No entendía su reacción, y lo peor era que tampoco sabía cómo ayudarla. Podría haberme rechazado de una manera simple y directa: decirme que no me ama, que no le interesa mi propuesta. Pero en lugar de eso, se encerró en una habitación y guardó silencio. Ese silencio pesaba más que cualquier palabra. Me pasé una mano por el rostro, tratando de ordenar mis pensamientos. No sabía qué hacer ahora. Me sentía perdido, sin un plan, sin una salida. Y esa sensación me carcomía por dentro, porque todo parecía ir bien hasta ese momento. Suspiré y apoyé la frente contra la puerta, cerrando los ojos. —Carla, hablemos —supliqué, odiando lo desesperado que sonaba mi tono. Silencio. El pecho me ardía de frustración. —Lo siento si te ofendí

