Me dirigí a mi cueva. Tomé el Levistorio, el libro que Moraleda me regaló y mi propio libro, el de Salamanca. Necesitaba encontrar un hechizo que eliminara o al menos bloqueara, los poderes de un brujo para evitar que Mateo siguiera haciendo daño a la gente. El invunche intentó detenerme, pero ya nadie me detendría de nuevo. Nadie. ―¿Ni yo? ―me preguntó mi Diablo apoyado en un árbol, como era común en él. No contesté, estaba tan enfurecida que nada ni nadie me haría cambiar de opinión. Ni siquiera mi Diablo, con quien estaba enojada por lo de su amigo y sus constantes desapariciones. Si tan doblegado estaba, ¿qué hacía tanto tiempo fuera? Yo no esperaba que se quedara conmigo siempre, pero tampoco podía venir cada cierta cantidad de años y esperar que yo estuviera dispuesta para él.

