Cruce miradas con Justina, que yacía exhausta a un lado, como si en lugar de una relación consentida, hubiera sido apaleada y sometida. María Laura comenzó a introducir sus dedos en mi sexo, uno por uno, hasta que incluso el pulgar quedó sepultado en mi carne. Dolía, pero no la detuve. Con movimientos certeros y deliberados, empezó a mover la mano, haciendo que cada dedo generase una fricción diferente y delirantemente placentera. —Dame más… más fuerte… ¡más fuerte! Complaciente, mi hermana mayor intensificó las embestidas hasta llevarme al límite de la cordura y el placer. El sudor perlaba nuestras pieles enrojecidas, los alientos se entrecortaban, las pupilas dilatadas al borde de la inconsciencia. De repente, Dani se acercó, su rostro casi rozando mi muslo, posicionándose peligrosame

