Desde muy pequeña mis padres me han intentado educar bajo la doctrina cristiana pero no con muy buen resultado que digamos. En ocasiones alcanzaban unos extremos un tanto agobiantes como el tener que rezar antes de dormir, dar las gracias a Dios por habernos levantado, y hasta bendecir la mesa si salíamos a tomar unas tapas al bar de enfrente. Pero lo peor no solo era eso, sino que una vez por semana tenía que ir a confesarme con el padre Damián. Mi madre decía que era algo necesario, ya que al ser una adolescente me pasaba pecando las 24 horas del día y razón no le faltaba; pero de ahí a tener que ir todos los jueves a contarle mis intimidades a un hombre mayor había una gran diferencia. Mi madre pensaba que yo no lo sabía pero un día cuando cogí el teléfono con intención de llamar a

