Capitolo I

2389 Words
Capítulo I   Seis meses antes… Cuatro  jóvenes más desaparecen a las afueras de Tijuana, los reportes judiciales afirman que fueron vistas por última vez a la salida del bar 7 copas la noche del sábado 30 de marzo alrededor de las 3 de la mañana, en completo estado de ebriedad. Testigos afirman que los vieron tomar un uber en la esquina de la calle Juárez, sin embargo jamás llegaron a su destino.  El automóvil junto a su conductor fueron encontrados a varios kilómetros del bar, el hombre estaba completamente dormido, bajo los efectos de un fuerte somnífero, afirma no saber nada de lo ocurrido.  “desperté y no recuerdo nada, ni siquiera haberlos recogido”.  Señalo Francisco Grijalva conductor y principal sospechoso del suceso. En este momento está en calidad de detenido en la comisaria del estado de baja california. Mientras las investigaciones siguen su curso. Padres, familiares y amigos de los jóvenes desaparecidos, piden justicia y que sus seres queridos sean regresados con bien a sus hogares. Ofrecen recompensa, a cualquiera que tenga información  por mínima que parezca. Con estas van 52 desapariciones en lo que va del año en nuestra ciudad, la sociedad está conmocionada y preocupada, por el alto grado de criminalidad que se está viviendo hoy en día y que las autoridades no hagan nada por remediarlo los tiene con el alma en un hilo.   El hombre leía atentamente el periódico sentado en la cafetería mientras bebía de su taza de café, no podía creer tanta inseguridad, apenas y se podía salir. Lo preocupante de la situación era que la mayoría de las victimas oscilaban en rangos de edades entre los 18-25 años. Acomodo sus gafas y siguió hojeando el periódico. Termino su desayuno y salió rumbo a su trabajo, ser el encargado de un cementerio podría sonar aterrador y tétrico para muchas personas, pero para el Señor Hernán se había convertido en algo bastante normal a lo largo de los años, su familia desde que él tenía memoria se había encargado de ese negocio. No conocía otro oficio y desde pequeño su abuelo y su padre lo educaron para que fuera un buen administrador del lugar, le enseñaron todo lo que había que saber para mantener el cuerpo en su lugar, Como realizar una buena tumba, como evitar deslaves en terrenos elevados, como hacer para que los demás ataúdes no salieran a la superficie después de algún tiempo, y lo más importante. Como deshacerse de un cuerpo para que no fuese descubierto. Aun recordaba con cariño a su primera víctima, y como no hacerlo. Si ese día fue cuando supo que su trabajo lo ayudaría a no ir a prisión. Fue un accidente por supuesto, pero el olor a ocre y hierro de la sangre, le provoco mayor placer que tener sexo. Aun podía sentir como la vida escapaba poco a poco del cuerpo tibio de su víctima, como su piel empezó a perder su color, y el cuerpo tibio que estaba junto a él se comenzó a poner frio y rígido como una tabla. Recordó como tomo su pequeña navaja y empezó a hace ligeros cortes por el cuerpo de la chica, dibujando en ella la silueta que hubiese querido que tuviera. También vino a su memoria como con sus propias manos saco uno por uno, sus dientes de la cavidad bucal, y los ojos de Miriam, la dulce y pequeña Miriam, si no hubiese sido su hermana de seguro que se hubiese divertido un poco más con ese pequeño y menudo cuerpecito. Pero… en fin, enterrarla bajo el ataúd de un hombre de 70 años que había muerte días antes a causa de un infarto y luego fingir que no había visto a la chica fue lo más difícil de todo. Fingir llorar su desaparición fue sencillo, sus mentores estaba orgullosos de él. Entro a la casa que estaba en el cementerio y bajo al sótano, tarareando una canción. No se preocupaba por cubrir su rostro, jamás lo había hecho, disfrutaba la sensación de poderlos ver a los ojos mientras les arrancaba el aliento. Una sinfonía de balbuceos lo recibió. Cinco jóvenes atados en unas cruces de San Andrés, Lindo, pensó Hernán al ver a sus obras de Arte, estaba intactas por el momento. Bueno casi… Daysi la chica que ya se encontraba en el lugar cuando fueron llevadas las otras cuatro no se encontraba tan bien, su rostro estaba un poco hinchado, le faltaba un dedo en la mano izquierda y su pezón derecho ya no existía aun así seguía con vida. Algo que para Hernán ya parecía imposible, la chica había salido más resistente de lo que creyó. Aun así no pudo evitar darle nombres, si tan solo hubiese aceptado morir sin más. En esa habitación ya no habría nadie más. Pero ¡no! Las personas eran tan rencorosas que se empeñaban en cobrar venganzas absurdas y sin sentido. Se acercó a ella y sobo su mejilla. —Daysi, Daysi, Daysi— Susurro. La chica sollozó, derramando lágrimas intentando alejarse de la mano de su agresor. — ¿Quiénes jugaran primero?  ¿La parejita número uno?— Pregunto mientras se alejaba hasta donde se encontraba dos de los jóvenes, la chica negaba con la cabeza. — ¿o la parejita numero dos? — dijo señalando a los otros jóvenes. Daysi seguía negando. Jamás pensó que eso pasaría al dar los nombres de esas personas. Ella solo le daba a ese psicópata lo que él quería. —Vamos pequeña, o es que ¿quieres intentarlo tú de nuevo? — Dijo con sorna. Los ojos de Daysi casi salen de su rostro, por un momento pensó que la tortura había terminado para ella, pero al parecer había más. —Vamos nena, no tengo tiempo para jugar— Hernán se estaba empezando a molestar. —desato a la chica de la cruz y la llevo hasta una de las mesas de exploración que tenía en el lugar. Le ató de nuevo las muñecas y los talones a las esquinas. Quito el gag bag de su boca para que pudiese hablar. —Ni intentes gritar, que ya sabes que nadie te puede oír— le recordó, Después de dos semanas de encontrarse en ese lugar Daysi ya sabía que era imposible intentarlo, además de que ya no tenía fuerzas para luchar, había perdido demasiada sangre y su garganta estaba muy seca como para hacerlo. — ¿Quién ira primero? — Volvió a preguntar. Los otros rehenes no tenían ni idea de a qué se refería su captor, pero por el pavor que reflejaba el rostro de la chica, no se sentían alagados por participar en ello. — ¡Jesús!— susurro la chica viendo al cielo, olvidándose por completo que entre los presentes se encontraba un chico cuyo nombre era Jesús. —Bien, Jesús será— celebro Hernán. El jadeo de Daysi hizo saber a todo el mundo que no se refería a eso. Pero para su verdugo daba lo mismo que nombre diera, todos se irían por el mismo camino. A paso lento se dirigió hasta donde se encontraban los demás chicos.  —Muy bien estas son las reglas señores, si alguno de ustedes intenta huir, gritar o cualquier cosa están muertos. Solo puede hablar la persona a la que le toque su turno y eso lo sabrán cuando yo se los diga, el juego consiste en… las dos personas en la mesa tendrán la oportunidad de decidir su destino. Cuando yo se los pregunte me tendrán que decir que parte de su cuerpo quieren para tratar, es a libre elección, si se niegan a hacerlo, mato a la persona que más te importe en la habitación. Solo hay una forma de salvarte hasta la próxima ronda y esa es pidiendo que tu compañero de juego muera— los ojos de los presentes se abrían a cada palabra pronunciada por su agresor. —la única trampa que puedes hacer en este juego es pedir morir tú, si no quieres lastimar al otro. El juego termina hasta que yo lo decida, ¿entendido? — pregunto. Los chicos no tenían idea de que habían hecho para llegar a eso, ellos solo estaban de vacaciones, no conocían a nadie en ese lugar, como se habían metido en eso. —Genial empecemos—. Se dirigió hasta Jesús y lo bajo de la cruz, al igual que hizo con Daysi, la amarro a la mesa de metal. Se acercó a la una pequeña mesa rodante que había a un costado y la puso en medio de las otras dos. —Bien mis niños, que empiece la diversión, dime Jesús ¿qué instrumento prefieres que use, un mechero o un bisturí? — Pregunto mostrando al chico los materiales mencionados. El joven no sabía qué hacer, había escuchado las reglas, pero se encontraba bastante asustado como para entender lo que estaba sucediendo. Hernán bufo y se giró hacía Daysi. Negó con la cabeza y se acercó a su oído. — Ya veo por qué lo elegiste, es bastante torpe— dijo levantando la voz lo suficiente para que los demás escucharan. —Lo siento­— susurro hacía los demás. —No lo sientas, no es tu culpa su estupidez— Dijo Hernán en un bufido, ignorando que la disculpa no era para él. — Mejor dime tú preciosa ¿qué instrumento prefieres que use, un mechero o un bisturí? — la chica a sabiendas que si no respondía recibiría el castigo alguien más opto por responder. —El bisturí— susurró. — ¿Dónde? — —El pie— dijo viendo con disculpa a su compañero. —Lo siento, lo siento, lo siento—  susurro en desesperados susurros en varias ocasiones, mientras gruesas lágrimas corrían por sus mejillas. Hernán se acercó a Jesús con el bisturí a la vista. — Espero que ya hayas entendido. Chuchito, ¿Qué hago con él? —  dijo mostrándole el objeto punzocortante. — ¿Corto la planta o arranco el dedo? — —Pla…Planta— Dijo con temor, el miedo atenazaba su sistema. —Muy bien— Suspiro Hernán mientras pasaba su dedo por la planta del pie del joven, mismo que cerro fuertemente los ojos esperando la primera cortada. Hernán se alejó de Jesús acercándose nuevamente a Daysi y pasó el filo del bisturí por el pie, sin que los demás lo esperaran a excepción de la afectada. Un grito de dolor salió de la chica,  aunque sabía lo que pasaría no había forma de prepararse para ello. La sangre salió a borbotones del pie de la joven, mientras los demás presentes en la habitación abrina los ojos con terror al percatarse de lo que les sucedería a continuación. Así fue pasando de uno al otro, variando su método de tortura, un taladro en el hombro de Jesús, un diente arrancado con una pinza a Daysi. Una mitad de oreja menos para el joven, la chica ya no podía soportar un corte más, habían sido demasiadas las heridas, la sangre perdida y la tortura infringida que al final termino pidiendo su muerte, dando con ello el paso al final del juego por ese día. Sin premura devolvió a Jesús hasta su lugar en la cruz, junto a sus compañeros, el pobre chico, sangrante, maltrecho y con dificultad se mantenía en pie. Ni siquiera tenía fuerzas para luchar por escapar de su captor. Los chicos restantes permanecían indemnes observando el cuerpo inerte de la chica que para su mala suerte los había metido en eso.  Al terminar de atarlo, se detuvo frente a todos. —Espero y no tener que explicarles de nuevo el juego mañana—. Exclamo lamiendo la sangre que había quedado en sus manos, causando arcadas en los presentes. Coloco un poco de música y al son del himno de la alegría de Beethoven comenzó a limpiar el lugar, realizo asepsia a los instrumentos utilizados, para al final terminar frente al cuerpo inerte de la joven, observando con satisfacción el final de su obra. Un suspiro salió de él al observarla, lástima que tenía que deshacerse de ella. Cuanto daría por poder exhibirla en el salón de su casa, o en la pared de su oficina o simplemente poder admirarla una y otra vez. Pero bueno eso era algo inadmisible para la sociedad. Además, terminaría en prisión por ello, así que se conformaba con tomar una fotografía y guardarla en su álbum junto a las restantes. Admiro la belleza de su obra por unos minutos bajo la atenta mirada de sus invitados de honor, quienes no podían alejar la mirada de terror de sus rostros, imaginando como terminarían. Pues por más que pensaban no veían la manera de salir de ese lugar intactos. Cuando Hernán se sintió satisfecho, volvió a colocar el álbum en su lugar predilecto y se dispuso a deshacerse del cuerpo, había muchas maneras de hacer un trabajo como ese, y para alguien con su ocupación era mucho más fácil, aun así al hombre no le gustaba dejar ningún tipo de huella, ni de la víctima ni de él.  Era por eso que la tortura infringida era sumamente dura, y al final se encargaba del cuerpo. Tomo un par de guantes de nitrilo y uno de sus cuchillos favoritos.  Y con una infinita paciencia, comenzó a quitar las huellas dactilares de la joven, tanto de los pies como de las manos. Los chicos atados miraban la escena con horror. Vislumbrando lo que podría ser su futuro. Los balbuceos que salían de sus bocas eran imposibles de entender, gracias a los gags en sus bocas.  Una vez que tenía todas las huellas en un recipiente de aluminio, lo puso a un costado. Necesitaba encargarse de lo demás. Dejo el cuchillo en el lavabo y tomo en su lugar un par de pinzas, y empezó  sacar uno a uno su dentadura, hasta que logro tener en su totalidad los dientes de Daysi, lástima que ya estaba muerta. Pensó, sería una verdadera dicha poder escuchar sus gritos de dolor.  —Sí, así está mejor, pero aun te reconocerían—. Le hablaba al c*****r sobre su mesa. — ¿crees que al señor Dorantes le importaría compartir espacio contigo?  Digo eres muy linda y pasar la eternidad en su misma tumba no puede ser tan malo verdad—.  
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