Esa mañana fue Riley quien se lanzó en el lado de la cama de Knox y comenzó a dejar un centenar de besos en su rostro. Knox se removió sobre las sábanas oscuras y le dijo que era una excelente forma de despertar. Aun con los ojos cerrados, Knox podía olfatear el perfume y el champú en su cabello. Riley siempre olía divino, pero esa mañana, como lo primero que olfatease, fue aun más delicioso. Si así era el cielo, no quería volver al infierno. —Despierta dormilón —dijo ella besando sus mejillas repetidas veces mientras su cabello escocía su nariz—. Arriba. Knox hizo un sonido con la garganta. —No quiero levantarme de la cama —dijo soñoliento. —No seas perezoso —dijo ella tirando de la sábana para descubrir su ropa interior—. Solo quedan dos tres días para la boda. Hay muchísimo que ha

