Me alegré horrores de que Jesús estuviera en nuestra pasarela, puesto que eso demostraba que aquel lugar también significaba algo para él. Su enfado se había evaporado y no pareció muy sorprendido de verme, sino más bien oprimido, pensativo. Me senté con él y dejé que mis pies colgaran junto a los suyos por encima del agua. Allí estábamos, sentados y en silencio como dos personas que tenían tras de sí un par de citas maravillosas y un fantástico beso en la mejilla, pero sabían perfectamente que no podían ser pareja porque sus orígenes familiares eran muy distintos. Jesús me miró escrutándome, como si desconfiara de mí.¿Creía de verdad que me había inventado la enfermedad de Kata para que se quedara conmigo? -¿Qué te trae a mí?-preguntó finalmente. -Yo...yo tengo una

