Lorenzo Volpe
El humo de mi cigarro se elevaba perezoso en el aire viciado de la sala de juntas, estaba rodeado de hombres que hablaban de rutas de envío y porcentajes de mercado, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia.
Mis dedos tamborileaban sobre la mesa de caoba, un gesto sutil que para quienes me conocían bien, era la señal de que una tormenta estaba a punto de estallar de pronto, la vibración persistente y violenta de mi teléfono sobre la madera rompió mi concentración, al ver el nombre de Mauro en la pantalla, mi mandíbula se tensó tanto que sentí el crujido de mis propios dientes.
Mauro era mi mano derecha él nunca llamaba a mitad de una reunión de alto nivel a menos que el mundo se estuviera cayendo a pedazos de forma literal.
— Disculpen, debo atender esto, ma reunión ha terminado —Dije con una voz cortante, levantándome sin esperar que nadie me diera permiso.
Salí al pasillo desierto del edificio corporativo, sintiendo cómo el aire acondicionado golpeaba mi rostro pero no lograba enfriar la premonición amarga que ya me quemaba el pecho presioné el teléfono contra mi oído con una fuerza que amenazaba con romper el cristal.
— Habla —Ordené, y mi propia voz me sonó extraña, cargada de una autoridad que escondía un miedo que me negaba a reconocer.
— Señor... nos han atacado la mansión —La voz de Mauro sonaba entrecortada, saturada de estática y del sonido de fondo de lo que parecía ser el infierno mismo, gritos lejanos y órdenes ladradas—Acabamos de asegurar el perímetro pero es un desastre, Lorenzo.—
El aire se escapó de mis pulmones como si un mazo me hubiera golpeado directamente en el estómago.
En ese instante, la imagen de mi imperio y mi poder se desvaneció, siendo reemplazada por lo único que le daba sentido a mi existencia.
— ¿Mis hijos? ¡Mauro dime que Matteo y Alessia están bien! —Rugí, y el eco de mi grito resonó por todo el pasillo.
Sentí cómo la sangre empezaba a hervir bajo mi piel, transformándose en una lava pura de rabia.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
Un silencio que duró apenas tres segundos pero que para mí fue una eternidad en la que vi mi vida entera desmoronarse.
— No lo sabemos, señor no están por ningún lado acabamos de llegar y el panorama es terrible, lograron bloquear las alarmas no sonaron hasta que se fueron y seguro fue hace horas, ni los los niños, ni ellos ni la niñera aparecen, hemos tenido muchas bajas... casi todos los guardias de turno están muertos ha sido una masacre —Mauro hizo una pausa para tomar aire—. Lorenzo, entraron por todos lados, no dejaron a nadie en pie.—
— ¡Maldita sea! —Grité, estrellando mi puño contra la pared del pasillo.
El dolor físico del impacto fue un alivio momentáneo para la agonía que sentía por dentro— Voy para allá si algo les pasa Mauro, asegúrate de estar muerto antes de que yo llegue— Colgué sin esperar réplica.
Salí del edificio como un animal herido, ignorando a mis escoltas. Subí a mi auto y arranqué quemando neumáticos, dejando una estela de humo n***o en el estacionamiento.
Manejé hacia las afueras con el pedal a fondo, sorteando el tráfico con una temeridad suicida.
Mi mente era un torbellino de odio y sospechas ponzoñosas. ¿Quién se había atrevería a tanto? Habían llegado hasta el corazón de mi fortaleza, al lugar donde se suponía que mi sangre debía estar segura.
Tenía demasiada seguridad en esa zona esto había sido un plan perfectamente ejecutado por alguien que conocía mis movimientos.
Golpeé el volante una y otra vez, fuera de control mis hijos lo eran todo para mí y la posibilidad de perderlos me estaba volviendo loco.
Cuando finalmente llegué a la mansión el escenario superaba mis peores pesadillas camionetas con impactos de bala y el olor metálico de la sangre mezclado con la pólvora flotando en el aire.
Bajé del coche sin siquiera apagar el motor y caminé hacia la entrada principal, pero me detuve en seco cuando vi a Mauro salir de la linde del bosque.
Él no venía solo traía a tres figuras con él, dos de ellas eran pequeñas, aferradas con una fuerza desesperada a una mujer que caminaba encorvada.
Todos estaban cubiertos por una cobija de lana oscura.
Cuando la mujer levantó el rostro para ver quién llegaba, sentí que el tiempo se detenía, el impacto visual fue tan fuerte que mis pulmones se olvidaron de pedir aire, no podía creerlo era ella, la misma mujer con la que me había acostado hacía apenas unas horas la que me había mirado con timidez en la barra de un bar barato, era la misma que ahora emergía de la espesura protegiendo a mis hijos.
Me acerqué a ellos con pasos rápidos.
Pude ver la sorpresa absoluta en sus ojos una confusión que igualaba a la mía pero en ese momento mis hijos eran mi prioridad.
Los abracé con una fuerza que casi les quita el aliento ellos se aferraron a mi cuello llorando con una angustia que me partió el alma.
— ¡Papá! Teníamos mucho miedo —Sollozó Matteo, con la cara manchada de tierra— Grecia nos sacó cuando los ruidos se hicieron muy cerca Ella nos llevó al bosque y nos escondió de los hombres malos.—
Escuché las palabras de mi hijo y sentí una oleada de alivio mezclada con una culpa corrosiva.
Miré a Grecia ella estaba pálida con el cabello enredado con hojas, y sus ojos reflejaban un trauma profundo.
— Mauro, llévate a los niños a la casa de seguridad que los revise el médico de inmediato —Ordené con un tono que no admitía discusión.
Los niños se despidieron de Grecia con manos temblorosas, mirándola como si fuera su heroína. En cuanto se alejaron, mi actitud cambió.
Mi alivio se transformó en una furia fría, la tomé del brazo con una presión innecesaria y la arrastré hacia el interior de la mansión.
— ¡Ay! Lorenzo, me lastimas —Se quejó ella, intentando zafarse.
La obligué a entrar el salón principal era un caos de vidrios rotos y marcas de combate había muchos cuerpos todavía en el suelo, una imagen que habría quebrado a cualquiera.
— ¡Mírame! —Le grité, haciendo que diera un salto del susto— ¿Fuiste parte de esto? ¡Tú sabías lo que iba a pasar!—
— ¡No! ¡Te lo juro! —Gritó ella, rompiendo a llorar con una desesperación que parecía brotarle de los poros— Yo solo vine a trabajar yo no sabía que esta casa era tuya Lorenzo. ¡Ni siquiera sabía quién eras!—
— ¡Es demasiada casualidad! —Le espeté, acercando mi rostro al suyo— Me meto en tu cama anoche y hoy mi casa es un campo de batalla. ¿Me estabas siguiendo? ¿Cómo diste con esta dirección exacta?—
Grecia solo negaba con la cabeza con los ojos anegados en lágrimas suspiré profundamente.
Aquel llanto de desesperación no se podía fingir sabía dentro de mí que ella era inocente la había mandado a investigar temprano por simple rutina y sus informes decían que era una mujer sin vicios y solo trabaje sin embargo, ella era el único cabo suelto, la única pieza nueva en este tablero sangriento, la saqué de allí porque su llanto me estaba afectando y una parte de mí se sintió mal por su estado tras salvar a mis hijos.
La metí en una de las camionetas blindadas y me senté frente a ella.— Cuéntame qué pasó todo —Le pedí, intentando suavizar mi tono.
Ella hipó, limpiándose la cara con el dorso de la mano.
— Escuché los disparos mientras bajaba a la cocina fue horrible pero subí por los niños, los tomé y busqué una salida vi que por atrás había un camino hacia el bosque y no lo pensé, escuché cómo rompían la puerta de enfrente y corrí con ellos.
— ¿Por qué no llamaste a la policía? —Pregunté, observándola.
— Se me cayó el teléfono —Admitió ella con una voz diminuta— Escuché a hombres gritando en el jardín, decían que nos habían visto correr hacia los árboles, me asusté tanto que el teléfono resbaló y no volví por él, nos quedamos escondidos detrás de un árbol enorme porque Matteo ya no podía seguir corriendo, Alessia no paraba de llorar, nos quedamos allí, abrazados, hasta que esos hombres nos perdieron de vista en la oscuridad.—
Me quedé en silencio, procesando su relato.
Todo encajaba pero sabía que algo no andaba bien en mi organización pero también sabía que ella era inocente algo en mí me lo decía.
— Todo va a estar bien ahora, Grecia —Le dije.
Bajé de la camioneta y le di instrucciones al chofer para que nos llevara a la casa de seguridad, al penthouse de la ciudad que estaba fuertemente protegido.
El trayecto fue un silencio tenso al llegar, el ascensor privado nos dejó directamente en el lujoso apartamento ella se giró hacia mí con los ojos suplicantes.
— Lorenzo, por favor... llévame a mi casa ha sido un día espantoso solo quiero ducharme y tratar de olvidar esto, estoy demasiado cansada —Su voz se quebró.
— Eso no va a suceder —Le aseguré con firmeza— Después de lo que ha pasado, no puedes volver a ese lugar. No es seguro.—
— Pero yo no tengo nada que ver con tus negocios —Protestó ella.
— Ahora sí tienes que ver, salvaste a mis hijos y eso te pone en la mira a partir de este momento, trabajas para mí, no hay vuelta atrás, Grecia te quedarás aquí, bajo mi protección personal, donde pueda verte cada segundo.— Sabía que no era la manera en la que quería volverla a ver pero ya no podía hacer nada ahora ella estaría bajo mi protección y me aseguraría de que nadie volviera a tocarla.