Lorenzo La habitación del hostal está sumergida en una penumbra azulada, solo interrumpida por el parpadeo lejano de un letrero de neón que se filtra por las cortinas. El silencio es tan denso que puedo escuchar la respiración acompasada de mis hijos en la litera y el susurro rítmico de Grecia, que duerme en la cama grande. Debería estar descansando. Debería aprovechar esta tregua que nos da la noche, pero mis sentidos están en carne viva. Sigo sintiendo el roce de la sudadera de algodón en mi piel como una humillación, un recordatorio de que estoy escondido como una rata en una madriguera que yo mismo construí para el fin del mundo. Entonces, el sonido que más temo en este momento rompe el aire. Mi teléfono privado, el que solo conocen tres personas en el mundo, vibra sobre la mesa

