Grecia La noche en el rancho era diferente a cualquier otra que hubiera experimentado. No existía el zumbido constante de los motores, ni el resplandor artificial de las farolas que se colaba por las cortinas. Aquí, la oscuridad era pura, una manta aterciopelada que parecía tragarse el resto del mundo. Pero el silencio, lejos de arrullarme, se había convertido en un eco de mis propios pensamientos. Las imágenes de los últimos días se repetían en mi mente como una película de la que no podía escapar el bosque, los disparos, el rostro de Claudia, la mirada helada de Lorenzo. Me removí entre las sábanas de lino, sintiendo su suavidad contra mi piel, pero el sueño era un lujo que mi mente no podía permitirse. Finalmente, me rendí. Me levanté de la cama y caminé descalza hacia el gran

