Lorenzo El peso de su cuerpo contra el mío, el calor que emanaba de su piel y la forma en que su risa se entrelazaba con la de mis hijos empezó a asfixiarme de una manera que no pude prever. No era un ahogo desagradable, era algo mucho más letal: era la paz. Y para un hombre como yo, la paz es el veneno más efectivo. Sentir esa calidez doméstica en mitad de una pradera, bajo un sol que parecía bendecirnos, era como bajar la guardia en pleno campo de batalla. Estaba bajando las manos, dejando mi cuello expuesto, y en mi mundo, esa es la invitación más clara para que alguien te corte la garganta. Tuve que cortarlo de raíz. Tuve que destruir el momento antes de que el momento me destruyera a mí. En cuanto llegamos de vuelta a la entrada de los establos, desmonté con una agilidad brusca

