Lorenzo El rugido del motor de mi auto era lo único que llenaba el vacío ensordecedor en mi pecho mientras devoraba los kilómetros de asfalto de regreso a la ciudad. Mis manos, aún entumecidas por el frío metálico del almacén y el impacto de lo imposible, apretaban el volante con una fuerza que amenazaba con quebrarlo, tal como mi realidad se había quebrado minutos atrás. Alesso. Mi hermano. Mi sangre. El hombre que compartió mis juegos, mis miedos de infancia bajo la sombra de un padre tiránico, y el ADN que corre por mis venas, era el mismo que había convertido mi vida en un campo de cenizas humeantes. No era solo un enemigo era mi reflejo deformado por el odio. Mientras conducía hacia la mansión principal, que usualmente estaba vacía como un mausoleo de lujo, sentí que el coche

