Grecia
El zumbido en mis oídos era el único recordatorio que quedaba de una jornada interminable. Mis hombros pesaban como si cargara bloques de cemento y sentía una punzada rítmica en las sienes había sido un día realmente difícil.
La niña que me tocó cuidar hoy parecía tener una reserva infinita de energía, un pequeño torbellino que no me dio tregua ni un segundo solo logré que se durmiera una hora antes de que sus padres cruzaran la puerta, dejándome finalmente libre, pero físicamente agotada.
Mientras conducía, el volante de mi vehículo se sentía frío bajo mis manos el camino a mi pequeño departamento era el de siempre pero hoy la idea de llegar y enfrentarme a la soledad de mis cuatro paredes me abrumaba.
Necesitaba un paso intermedio sabía que allí me esperaba el silencio que tanto necesitaba para descansar pero antes de eso, mi cuerpo me pedía un respiro diferente.
A mitad de camino divisé el bar era un lugar muy bonito, con una iluminación cálida que se filtraba por los cristales y una atmósfera que invitaba a perderse, estacioné mi auto, un modelo sencillo que desentonaba un poco con la elegancia del lugar, y bajé acomodándome la chaqueta.
Al entrar, me detuve un segundo para mi sorpresa a diferencia de las anteriores veces, había un poco más de gente sin embargo, todo ese ruido pareció desvanecerse cuando mis ojos chocaron con otros, eran unos ojos azul cielo, tan intensos que por un momento olvidé cómo respirar pertenecían a un hombre que me miraba de forma fija, casi depredadora, no estaba solo estaba con otros tres hombres, dos de ellos vestidos de n***o mirando a todos lados, y el otro solo hablaba con él de forma relajada aparté la mirada rápidamente y fui directo a la barra el bartender se acercó casi de inmediato con una sonrisa amable.
— ¿Qué vas a tomar? —Preguntó él mientras limpiaba la superficie de madera.
— Una copa de vino tinto, por favor —Respondí, pasando una mano por mi cabello revuelto.
Él colocó el vino frente a mí. En ese momento, mi teléfono sonó con un mensaje del pago de la noche por parte de la agencia.
Sonreí no me pagaban tan bien siendo niñera, pero todo lo que podía lo guardaba para pagar la universidad deseaba ser abogada o quizás arquitecta, aunque esas carreras eran costosas y no estaban en mis posibilidades.
Miré a un lado cuando sentí a alguien sentarse junto a mí ahí estaba el hombre de los ojos azules.
Lo detallé un poco más sin poder evitarlo; era atractivo, de piel blanca, algo de barba y musculoso, vestía algo casual.
— ¿Me dejarías invitarte un trago? —Preguntó aquel desconocido.
Saboreé su voz ronca e imponente, hizo que cada parte de mi piel se erizara, le dije que estaba bien pero agradecí el gesto; él me miraba con una intensidad como si quisiera saber todo de mí.
— Soy Lorenzo —Se presentó él.
Incluso su nombre sonaba intimidante luego, bajó un poco la voz y me miró de arriba abajo—. Sei una donna bellissima —Murmuró con una seguridad que me dejó sin aliento.
— ¿Eres italiano? —Pregunté, dándome cuenta de su marcado acento al escuchar aquellas palabras que no logré entender del todo, pero que sonaban como música.
— Sì, sono italiano —Respondió él con una media sonrisa—. Pero llevo un par de años aquí por negocios. ¿Y tú cara? ¿Cómo te llamas?
— Grecia Duarte —Respondí sintiendo un escalofrío—. Es un placer.
Me di cuenta de lo fácil que era hablar con él, el hombre parecía relajado a pesar de sus facciones serias y duras.
Sentí que el alcohol ya me estaba haciendo efecto en el cuerpo cuando cada parte de mí vibraba con cada palabra que salía de sus labios.
El vino simplemente seguía llegando gracias a mi acompañante.— Debo irme ya —Aseguré, sintiendo el mareo dulce del alcohol.
— No puedes conducir así Grecia Vieni con me, déjame llevarte, no puedes manejar en este estado —Se ofreció él.
Sabía que no estaba borracha, sin embargo, sabía que solo era una excusa, la parte más sensata de mí me decía que no lo hiciera el hombre tenía un aire peligroso de esos que te gritan que te alejes, pero era justo eso lo que me atraía aún más.
Acepté.
Él dejó dinero en la barra y el bartender sonrió al ver la propina que le estaban dejando. Los hombres de traje iban a salir, sin embargo, un solo movimiento de mano de Lorenzo impidió que lo hicieran. Caminamos hacia su auto, un Rolls Royce n***o.
Él abrió la puerta para mí y luego subió él.
El camino a mi apartamento fue rápido y no sé si era el alcohol haciendo efecto en mí, pero cuando me di cuenta estábamos en el segundo piso del edificio frente a mi apartamento.
Abrí la puerta y él se lanzó a besarme.
Correspondí aquel beso con hambre, sintiendo su lengua reclamar la mía con una urgencia que me quemaba. Ambos entramos y él cerró la puerta de golpe le quité de forma desesperada su camisa casual, admirando su pecho fuerte, y él me despojó de mi ropa con manos expertas.
Caímos a mi sofá, el encima de mi
Lorenzo me abrió de piernas y no tardó en penetrarme de una sola estocada gemí mientras arqueaba mi espalda, sintiendo cómo me llenaba por completo sus manos grandes apretaban mis caderas con fuerza, marcando un ritmo salvaje y posesivo que me hacía perder el juicio.
— Dio, sei così stretta... —Gruñó él contra mi cuello mientras aumentaba la velocidad de sus embestidas.
Enterré mis uñas en sus hombros musculosos, dejándome llevar por la fricción y el calor de su cuerpo, el placer era tan intenso que mis dedos de los pies se encogieron.
No podía creer que me estuviera acostando con un desconocido esta no era yo pero definitivamente lo iba a disfrutar.
Me perdí en el azul de sus ojos mientras el placer estallaba en mi interior, entregándome por completo a la pasión de aquel hombre misterioso que ahora reclamaba mi cuerpo en la penumbra de mi sala.