Bastó un segundo para que Lucio saliera corriendo y Daryl se lanzara tras él. —¡Detente! —grité. Pero Daryl no escuchó. Era un guepardo enfocado en su presa, corriendo a toda velocidad para alcanzar al hombre que casi me había quitado la vida. No sabía cómo detenerlos, pero no podía perderlos de vista, así que apreté con fuerza mi clutch —dentro estaban el gas pimienta y mi celular—, me quité los tacones y también eché a correr. Lucio cruzó a toda velocidad carriles llenos de tráfico, provocando bocinazos y frenadas bruscas, y para mi horror, Daryl lo siguió. Me lancé tras ellos. Un par de faros se dirigió directo hacia mí, tocando el claxon con furia, y segundos antes de atropellarme, giró bruscamente y se estrelló contra un sedán. Daryl se dio la vuelta para asegurarse de que yo est

