—¿Qué haces aquí, Lucio? Es increíble cuánta información puede revelarse sin que se diga una sola palabra. Su rostro había envejecido mil años desde la mañana. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos hinchados y enrojecidos, como si hubiera pasado el día entero llorando, y su cuerpo de casi un metro ochenta estaba encorvado por la vergüenza. Se veía… terrible. Como si estuviera viviendo su propio infierno personal. Bien. Se merecía retorcerse de agonía después de lo que hizo. Abracé mi enojo; se sentía bien. Pero cuando nuestras miradas se encontraron, vi más sufrimiento, remordimiento y angustia de los que jamás había visto en otro ser humano. Claramente destrozado por lo que había hecho, había en él una desesperación, el miedo de haber saboteado lo único que le importaba en la vida: yo. —H

