Me tomó un segundo reunir el valor para entrar en el espacio en penumbra; la única luz se filtraba a través de las paredes de vidrio desde los edificios circundantes. La ausencia en un lugar normalmente abarrotado resultaba inquietante: no había multitudes asomándose a los ventanales de piso a techo, ni el rumor de voces. Solo silencio. Al principio no vi nada, hasta que escuché un gemido. Ahí, en la esquina más a la derecha, estaba el Ledge: las cajas de vidrio que sobresalían poco más de un metro del edificio y atraían a turistas que entraban para sentir que nada los separaba de la caída de ciento tres pisos salvo el vidrio bajo sus pies. En la caja acordonada con cinta amarilla de precaución yacía una silueta. Una silueta que gemía. —¡Justin! —grité. Corrí hacia él y noté varias cos

