En las semanas que siguieron, me dijeron que de la tragedia inimaginable del piso ciento tres surgió una enorme ola de bien. Las noticias recorrieron el mundo desde múltiples ángulos: el de la destrucción de una atracción icónica, el del “fallo” de ingeniería, el de la interrupción del Maratón de Chicago y, por supuesto, el de la violencia doméstica. Me dijeron que, de no haber muerto Justin, el suceso no habría recibido la cobertura que tuvo, porque una casi tragedia no es lo mismo que una tragedia real. Los medios mantuvieron la historia viva día tras día y, gracias a eso, los refugios registraron un aumento de sobrevivientes que escapaban de la violencia en todo el mundo. Las donaciones se dispararon. Cientos de miles —millones, según algunos— de vidas fueron salvadas. Debería haber mi

