Capitulo 1: Primer Contacto

1042 Words
Santiago tenía ese gris melancólico que Catalina había aprendido a querer. El tipo de cielo nublado que volvía las luces de la ciudad más íntimas, como si la rutina diaria se tiñera de secretos, afuera llovía con esa lluvia chilena que no truena ni asusta, solo cae constante, como una mano que acaricia lento y sin pausa. Sentada en una mesa al fondo del café, Catalina no dejaba de mirar su celular: Una reunión cancelada, dos mensajes de w******p sin responder y un correo de su socio sobre un proyecto en Ñuñoa, todo completamente igual, todo predecible, todo absoluta y perfectamente ordenado. Alzó la vista y ahí estaba él, el hombre del ventanal. Tenía los jeans mojados hasta las rodillas, la cámara colgando de su cuello y esa mirada. No era una mirada común, no la desnudaba ni la idealizaba, simplemente la leía. Sintió esa molestia conocida en el pecho: la mezcla incómoda y deliciosa de inquietud y deseo que solo despertaban quienes rompían su equilibrio con una sola presencia. —¿Te molesta si me siento? —preguntó él, señalando la silla frente a ella. Su voz era grave, un poco ronca, como si recién despertara o fumara más de lo recomendable, pero tenía una calma peligrosa, tranquila e inquietante. Catalina dudó un segundo, luego asintió. —Adelante... ya me aburría de hablar conmigo misma. Él sonrió y se sentó sin quitarse la cámara, era parte de su cuerpo. Se sacudió el cabello con un gesto breve, dejando algunas gotas sobre la mesa. Catalina notó sus manos: grandes, de dedos largos, uñas limpias pero no cuidadas con obsesión. Eran manos que sabían trabajar y también acariciar. —¿Eres fotógrafa? —preguntó él. —No, soy Arquitecta ¿Por qué lo preguntas? —Tienes una mirada que mide, como si evaluaras estructuras o intenciones. Ella arqueó una ceja. —¿Y tú...qué eres? ¿un... Poeta frustrado con una cámara? —Fotógrafo y bastante realizado —dijo mientras se encogia de hombros—. Pero también observo, es parte de mi oficio...observar y tú… bueno, tú no pasas desapercibida. León tomó su café recién servido mientras la miraba por encima del borde. Catalina sintió un escalofrío, no de frío, sino de esos que bajan por la piel y se clavan en la pelvis. —¿Y qué viste cuando me miraste desde la ventana? —preguntó ella, como quien lanza una cuerda sin saber si quiere que se la devuelvan. León apoyó la taza y respondió: —Ví a una mujer que camina como si no le debiera nada a nadie, pero con ojos que gritan en silencio, una contradicción y a mi... me fascinan las contradicciones. Catalina desvió la mirada unos segundos, no por pudor, sino porque no esperaba una verdad tan cruda, tan certera. Ella también sabía leer hombres, en reuniones, en oficinas, en camas. Sabía exactamente cuándo le mentían, cuándo fingían respeto o deseo, pero este hombre no fingía ni trataba de impresionarla y eso lo volvía impredecible. —¿Siempre hablas así con desconocidas? —Solo cuando no quiero que sigan siéndolo. El silencio entre ellos se volvió espeso, eléctrico, ese tipo de silencio que incomoda a dos extraños, pero no a ellos. Catalina cruzó lentamente las piernas, notando cómo los ojos de León bajaban por un segundo. No fue vulgar, fue contemplativo, como si admirara una forma. —¿Tienes pareja, León? —¿Importa? Catalina no respondió, solo sonrió apenas y dio un sorbo a su latte ya tibio, afuera Santiago seguía gris. Los paraguas se doblaban con el viento, los taxis tocaban bocina, pero adentro el mundo parecía suspendido en jazz y vapor de café. —¿Y tú? —preguntó él. —¿Yo qué? —¿Tienes pareja? —Tengo una agenda llena, una planta que se está muriendo en la terraza y dos amigas que me sacan a bailar los viernes aunque no quiera. ¿Eso cuenta? Una risa limpia, sin arrogancia salió de León. Catalina sintió cómo algo se le soltaba en la espalda, como si el cuerpo empezara a entregarse sin pedir permiso. Él sacó la cámara, la apoyó sobre la mesa. —¿Te puedo tomar una foto? —¿Así, sin más? —Así, sin menos. Ella dudó y no por pudor. Sabía lo que una cámara podía revelar y en el fondo temía quedar expuesta… pero también deseaba ser vista de verdad. ella Asintió. León se inclinó, ajustó el lente, no le pidió sonrisa, ni una pose solo esperó, la miró y disparó. El clic fue suave, pero la atravesó como una corriente. —¿Puedo verla? —preguntó Catalina. Él giró la cámara, y le mostró la imagen. Era ella, cabello rojizo algo húmedo, labios entreabiertos, y una intensidad en la mirada que ni ella conocía. Se vio, se reconoció y lo mas importante se gustó. —No parezco yo —susurró. —Al contrario —dijo León— Por fin pareces tú. El temblor que sintió fue leve, pero preciso. no fue de nervios ni anticipación. Quiso irse, Pero también quiso llevarlo a su cama. No hizo ninguna de las dos cosas, al menos de momento, en cambio, se inclinó sobre la mesa, apenas lo suficiente para que sus rodillas casi se tocaran. —No suelo hacer esto —dijo en voz baja—. Pero tampoco suelo quedarme con ganas. León no se movió, solo la miró. —Entonces no te las quedes —murmuró. Catalina y León se levantaron. Pagó la cuenta sin preguntarle y salieron al frío húmedo, mientras la lluvia seguía cayendo, indiferente. Caminaron en silencio, tres, Cuatro cuadras hasta el edificio de ella, en Bellas Artes. En el ascensor, sus manos se rozaron sin querer queriendo No se besaron, aún no. La tensión entre ambos era demasiado deliciosa como para romperla tan pronto, al llegar al departamento, Catalina cerró la puerta. León se giró y entonces, sí. Sus labios se encontraron sin violencia, Pero sin permiso, solo urgencia. Él la tomó de la cintura; ella se aferró a su nuca, ese beso fue lento, húmedo e intenso, como la ciudad que los envolvía, afuera la lluvia golpeaba los ventanales y adentro, bueno adentro estaba por comenzar la verdadera tormenta.
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