Mateo entra con una idea clara.
No definida en palabras, pero sí en sensación:
Haz lo mismo que ayer.
No fuerces.
Deja que fluya.
Suficiente.
O eso cree.
El local tiene el mismo ruido de siempre, pero hoy le llega distinto. Más nítido. Más presente. Como si estuviera intentando colocarse exactamente en el punto donde todo funcionó.
Mira alrededor.
La encuentra.
Mara está en la barra, de espaldas, hablando con el camarero mientras espera. Nada especial. Nada distinto.
Perfecto.
Mateo da un paso hacia delante.
Sin pensar demasiado.
Eso también forma parte del plan.
—Hoy voy a mantener el nivel —dice, colocándose a su lado con una media sonrisa que intenta ser ligera.
Mara gira la cabeza.
Lo ve.
Y responde.
—Eso es mucha presión para empezar.
Mateo asiente, relajando los hombros como si todo estuviera bajo control.
—Estoy aprendiendo a no hacer nada.
Mara arquea una ceja.
—Eso también es hacer algo.
Mateo sonríe.
—No me desmontes la teoría tan rápido.
—No es teoría —responde ella—. Es práctica.
Silencio breve.
Pero no incómodo.
Mateo se apoya en la barra, en una postura que intenta parecer natural… y lo es, en parte.
—Vale —dice—. Entonces no estoy haciendo nada.
Mara lo observa un segundo.
—No exactamente.
Mateo ladea la cabeza.
—¿Cómo que no?
Ella no responde de inmediato.
Solo lo mira.
Y en ese segundo…
Mateo siente algo que no estaba en el plan.
Una pequeña fricción.
Como si estuviera un paso por delante de donde debería.
—Estás intentando no hacerlo —dice al final.
Y ahí…
aunque la conversación sigue siendo ligera…
algo se ha movido.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
Mateo asiente, como si fuera una broma más.
—Vale, me has pillado.
Mara sonríe apenas.
—No es difícil.
Silencio.
Mateo mantiene la postura.
La sonrisa.
El tono.
Todo correcto.
Todo en su sitio.
Y, aun así…
ya no se siente igual.
Porque por dentro…
está pendiente.
De cómo habla.
De cómo responde.
De si está siendo natural o no.
Y eso…
eso no estaba en el plan.
Mateo mantiene la sonrisa.
Mantiene el tono.
Mantiene incluso el ritmo de la conversación.
Todo… en apariencia, encaja.
—Entonces… —dice—, ¿qué se supone que debería hacer?
La pregunta suena ligera.
Casi irónica.
Pero no lo es del todo.
Mara da un sorbo a su bebida antes de responder.
—Nada.
Simple.
Como siempre.
Mateo asiente.
Nada. Vale. Nada.
—Perfecto —dice—. Se me da bien.
Mara lo mira.
No responde.
Y ese pequeño silencio…
no debería pesar.
Pero pesa.
Mateo se mueve ligeramente, ajustando la postura.
—O sea… —añade—, supongo que es cuestión de no pensar demasiado.
No pienses demasiado.
—Sí —dice ella—. Supongo.
Pero no suena convencida.
Ni interesada en desarrollar la idea.
Mateo lo nota.
Y ahí empieza el problema.
Cambia de tema.
No te quedes ahí.
—¿Vienes mucho por aquí? —pregunta.
En cuanto lo dice…
lo sabe.
Demasiado típico.
Demasiado neutro.
Demasiado… fuera de lugar.
Mara ladea la cabeza, sin molestarse.
—Lo suficiente.
Corte limpio.
Mateo asiente.
Vale, mal ejemplo.
—Quiero decir… —corrige—, no te había visto tanto antes.
Mejor.
Pero no del todo.
Mara encoge ligeramente un hombro.
—Depende de cuándo vengas tú.
Silencio.
Mateo sonríe.
Pero tarda un segundo.
No fuerces la sonrisa.
—Puede ser —dice—. Igual antes no prestaba atención.
Mara no recoge la frase.
No la convierte en nada.
Y ahí…
la conversación pierde ritmo.
No se rompe.
Pero se arrastra.
Mateo intenta sostenerla.
Haz algo natural.
—El otro día dijiste que… —empieza, y se queda ahí.
No recuerda exactamente cómo terminarlo.
O sí.
Pero no suena igual ahora.
—¿Qué dije? —pregunta Mara, tranquila.
Mateo duda.
Ese segundo de más.
—Lo de… —hace un gesto vago—, estar sin más.
Mara asiente.
—Sí.
Silencio.
Y ese silencio ya no es el de antes.
No es cómodo.
No es compartido.
Es…
espera.
Mateo siente cómo se le tensan los hombros.
Muy poco.
Pero suficiente.
No lo llenes.
No lo llenes.
Lo llena.
—Es raro —dice—. Porque cuando lo intentas… deja de serlo.
Ahí.
La frase suena bien.
Pero llega desde la cabeza.
No desde el momento.
Mara lo observa.
Y ahora sí…
hay una pequeña distancia en su mirada.
—Sí —responde—. Porque ya no estás ahí.
Mateo se queda quieto.
No responde.
No puede.
Porque lo sabe.
Lo siente.
La conversación sigue.
Pero ya no fluye.
Se sostiene.
Y eso…
se nota.
El silencio no se rompe solo.
Se queda.
Suspendido entre los dos, como una cuerda floja que ninguno termina de querer tensar más.
Mateo mira el vaso.
Luego a ella.
Luego otra vez al vaso.
Di algo normal.
No lo compliques.
Pero ya está complicado.
Mara no aparta la mirada.
No con intensidad.
No con presión.
Solo… presente.
Y eso le deja menos espacio para esconderse.
—Estás incómodo —dice al final.
No es una pregunta.
Mateo levanta la vista.
—No —responde—. Estoy bien.
Automático.
Rápido.
Falso.
Mara no lo contradice.
Pero tampoco lo acepta.
Inclina ligeramente la cabeza, como si lo mirara desde otro ángulo.
—No lo parece.
Silencio.
Mateo se mueve en la silla, apenas.
—Es que… —empieza—, estoy intentando no hacerlo raro.
La frase se le escapa.
Otra vez.
Y en cuanto sale…
sabe que no ayuda.
Mara suelta una pequeña exhalación, casi una risa sin sonido.
—Ahí está.
Mateo frunce el ceño.
—¿El qué?
Ella se apoya un poco más en la mesa, acercándose lo justo.
No invade.
Pero reduce distancia.
—Eso —dice—. Estás intentando.
Silencio.
Mateo baja la mirada un segundo.
—¿Y qué problema hay con eso?
No suena desafiante.
Suena cansado.
Mara no responde de inmediato.
Lo observa.
Y lo que dice después… no es duro.
Pero es claro.
—Que cuando intentas… desapareces.
Mateo levanta la vista.
Y ahí…
algo encaja de forma incómoda.
—No estoy desapareciendo —dice, más bajo.
Mara niega suavemente.
—No estás como antes.
No lo compara con otros.
No menciona nada más.
Solo eso.
Mateo se queda quieto.
Sin saber muy bien cómo defenderse.
Porque no tiene con qué.
—El otro día —añade ella—, no estabas pendiente de hacerlo bien.
Silencio.
—Hoy sí.
Y esa diferencia…
lo cambia todo.
Mateo exhala despacio.
—Estoy intentando que funcione.
Ahí está.
Sin adornos.
Sin rodeos.
Mara sostiene su mirada.
Y por primera vez en toda la conversación…
hay algo distinto en su tono.
No es distancia.
No es cierre.
Es… claridad.
—Y eso es lo que no funciona.
Mateo no responde.
No puede.
Porque ya no es teoría.
Ya no es algo que Dani le ha dicho.
Es algo que está pasando ahí mismo.
Entre ellos.
Mara se separa ligeramente, volviendo a su espacio.
—No tienes que hacer nada —dice—. Y menos conmigo.
No suena a rechazo.
Suena a límite.
Mateo asiente.
Despacio.
Sin discutir.
Sin intentar arreglarlo.
—Vale —dice.
Y esta vez…
ese “vale” no es aceptación.
Es comprensión incómoda.
De esas que llegan… y ya no se van.