Azul observó desde su ventana cómo Mateo se escabullía por la noche. Lo vio trepar con destreza hacia el árbol junto a su ventana y desaparecer entre las sombras del jardín, probablemente camino a alguna fiesta con sus amigos y las chicas que siempre lo rodeaban. Sus padres, ajenos a las travesuras de Mateo, creían que estaba preparándose para el examen de la universidad, pero Azul sabía que eso estaba lejos de ser cierto.
Suspirando, se alejó de su ventana y caminó hacia el pasillo. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de David, dudando por un instante antes de girar la perilla y entrar sin tocar.
David estaba acostado sobre la cama, con el torso descubierto y solo vistiendo un bóxer n***o. Su cuerpo musculoso era resultado de años de ejercicio disciplinado, pero Azul estaba acostumbrada a verlo así; tanto él como Mateo rara vez usaban playeras en casa.
David ni siquiera se giró para mirarla cuando escuchó la puerta abrirse.
—Dije que quiero dormir —gruñó, su voz profunda y áspera.
Azul ignoró el tono frío y caminó hacia la cama, cruzándose de brazos mientras lo miraba.
—Pero podemos ver una película. Hace mucho tiempo que no vemos una juntos —insistió ella, con un tono suave pero determinado—. Vamos, David, será mi último verano aquí antes de irme a la universidad. No nos veremos tan seguido después. Mateo es mi gemelo, pero tú también eres mi hermano favorito.
David se levantó de golpe, furioso. Su mirada intensa y gris la atravesó como un rayo. Caminó hacia ella, acercándose lo suficiente para que Azul sintiera la tensión en el aire.
—¡Yo no soy tu hermano ni el de Mateo! —espetó, su voz cargada de emociones reprimidas.
Azul retrocedió un paso, sorprendida por su reacción, pero mantuvo la compostura.
—Claro que lo eres, David —replicó, con una mezcla de tristeza y confusión—. Mi papá te ama como a un hijo, y yo te quiero como a mi hermano. No entiendo por qué me miras con tanto odio. ¿Qué te hice?
David apretó los puños y desvió la mirada, como si estuviera luchando contra algo que no podía decir en voz alta. Por un momento, pareció que iba a responder, pero en lugar de eso, se pasó una mano por el cabello en un gesto frustrado.
—No entiendes nada, Azul —murmuró, con un tono más bajo, casi como si hablara consigo mismo—. No entiendes lo complicado que es esto.
Azul lo miró con los ojos llenos de dolor. No sabía qué había hecho para merecer esa hostilidad, pero lo único que deseaba era recuperar la conexión que siempre habían tenido.
—Entonces explícamelo, David. Ayúdame a entender —pidió, dando un paso hacia él.
Pero David solo negó con la cabeza, dando media vuelta y regresando a su cama sin decir una palabra más. Azul lo observó en silencio por un momento antes de salir de la habitación, sintiendo que el hermano que tanto amaba se alejaba cada vez más de ella, como un extraño al que no podía alcanzar.
La fiesta en la playa estaba en su punto más alto. Las risas, la música alta y las luces del fuego iluminaban el ambiente lleno de jóvenes despreocupados. Mateo, con una cerveza en la mano, estaba sentado en un tronco junto a Bruno, su mejor amigo, quien ya comenzaba a mostrar los efectos de las cervezas que había consumido.
Bruno alzó su botella en dirección a Mateo y le sonrió de manera cómplice.
—Hermano, no puedo creer que Azul sea tu gemela. Es demasiado sexy —comentó Bruno, soltando una carcajada mientras otro par de amigos se unían a la conversación, asintiendo con entusiasmo.
Mateo, que hasta ese momento había estado relajado, frunció el ceño y le lanzó una mirada dura a Bruno.
—Cuidado con lo que dices de mi hermana —advirtió en un tono bajo pero serio.
Sin embargo, los otros chicos no se detuvieron.
—Vamos, Mateo. No me digas que no lo sabes. Todos en Villa del Carmen saben que tu hermana es la chica más guapa de aquí —agregó uno de ellos, sonriendo de manera burlona—. Pero, claro, se cree mucho, como si nadie fuera digno de ella.
Mateo apretó la mandíbula y se llevó la botella a los labios para tomar un largo trago, tratando de ignorar los comentarios.
En ese momento, una pelirroja de cabello rizado y vestido ajustado se acercó, moviéndose con confianza. Se inclinó hacia Mateo, apoyando las manos en sus hombros.
—Tu hermanita se cree mucho, Mateo —dijo la chica, con una sonrisa provocadora, antes de inclinarse aún más y besarlo en los labios sin previo aviso.
—Si vinieron a hablar de mi hermana, están perdiendo el tiempo conmigo —dijo con un tono cortante, dirigiéndose hacia la orilla para alejarse del grupo.
Bruno lo siguió rápidamente, tratando de calmarlo.
—Vamos, Mateo, relájate. Solo estamos bromeando.
—Pues no me hace gracia, Bruno —replicó Mateo, mirando las olas con el ceño fruncido—. Azul es mi hermana, no es tema de conversación para ti ni para nadie más.
Bruno levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. Lo siento, hombre. No quise faltarle el respeto.
Mateo respiró hondo, tratando de contener su molestia, pero no podía evitar sentirse protector hacia su hermana. Siempre habían sido inseparables, y escuchar esos comentarios le provocaba un nudo en el estómago.
La pelirroja no se dio por vencida. Después de unos momentos, lo siguió hasta la orilla, con una sonrisa segura en los labios. Sin esperar invitación, se sentó en las piernas de Mateo, cruzando los brazos alrededor de su cuello.
—No seas así, Mateo. Sabes que me encanta cuando te pones serio —susurró ella, rozando sus labios contra los de él.
Mateo suspiró, aún molesto por lo ocurrido, pero no hizo nada para apartarla. La chica era una de las que solía buscarlo en las fiestas, y aunque nunca había habido nada serio entre ellos, siempre terminaban enredados de una forma u otra.
—Rita, no estoy de humor —murmuró, pero su tono no fue lo suficientemente convincente.
—¿Ah, no? —replicó Rita, con una sonrisa provocativa. Sin esperar respuesta, lo besó con intensidad, y Mateo, después de un instante de resistencia, terminó correspondiendo.
Los besos se volvieron cada vez más apasionados, mientras la risa y el bullicio de la fiesta se desvanecían a su alrededor. Rita era directa, atrevida, y Mateo sabía exactamente a dónde quería llegar.
Rita, satisfecha al sentir que Mateo finalmente cedía, susurró cerca de su oído:
—Sabes que te vuelvo loco, Mateo. Y tú a mí.
La noche se había vuelto más caótica a medida que avanzaban las horas. Mateo, completamente ebrio, tambaleaba mientras Bruno lo ayudaba a caminar hacia el auto. Ambos reían sin motivo, arrastrando las palabras y hablando en un tono elevado que resonaba en la playa vacía.
—Vamos, hermano. Yo conduzco, no te preocupes —balbuceó Bruno, aunque estaba igual de ebrio que Mateo.
Mateo soltó una carcajada, tambaleándose mientras trataba de sacar las llaves de su bolsillo.
—¿Conduces tú? Estamos muertos antes de arrancar... —bromeó, intentando enfocar su mirada en el vehículo.
Bruno abrió la puerta del conductor y se dejó caer en el asiento, mientras Mateo intentaba entrar al auto por el lado opuesto. Sin embargo, en el momento en que Bruno encendió el motor, un destello de luces los cegó.
Un coche a toda velocidad venía hacia ellos, y el ruido ensordecedor de la bocina los sacó de su aturdimiento. Mateo reaccionó instintivamente, pero sus movimientos torpes no fueron suficientes para apartarse a tiempo. El impacto parecía inevitable.
De repente, una figura oscura apareció de la nada. Un hombre alto, de cabello oscuro y semblante serio, se lanzó hacia Mateo, sujetándolo con fuerza y sacándolo del camino justo antes de que el auto los alcanzara. Bruno, atónito, dejó caer las llaves mientras observaba la escena desde el vehículo.
Mateo cayó al suelo junto al desconocido, jadeando por el susto y tratando de recuperar el aliento.
—¿Qué demonios...? —murmuró, mirando al hombre que lo había salvado.
El extraño, con un porte imponente y ojos fríos que parecían atravesarlo, lo ayudó a levantarse. Su voz era firme y autoritaria cuando habló:
—¿Estás bien?
Mateo asintió lentamente, aún procesando lo ocurrido.
—¿Quién eres? —preguntó con dificultad, tambaleándose ligeramente.
El hombre extendió una mano para ayudarlo a estabilizarse.
—Lucian Parker. Llegué justo a tiempo, por lo que veo. ¿Tienes idea de lo cerca que estuviste de morir? —replicó con tono seco, sin ocultar su desaprobación.
Mateo lo observó con el ceño fruncido, tratando de descifrar si conocía a ese hombre, pero su mente estaba demasiado nublada por el alcohol para pensar con claridad.