Kate acostó a su abuela luego del almuerzo y de una larga conversación, miró la hora en el reloj sobre la mesa de noche y se dio cuenta de que faltaban diez minutos para las seis. No tenía idea de la hora en la que Ricardo volvería a casa, es más, ni siquiera sabía si volvería. Se había marchado molesto. —Ve a comprar lo que necesitamos para prepararle algo a Ricardo, hija —repitió Carlota por décima vez. —No sé si le gusten los pasteles de leche, abuela —respondió, tratando deliberarse del compromiso de cocinarle algo a su esposo. No tenía dinero, no se atrevía a entrar a la cocina y robarse un par de cosas para preparar algo, no estaría agradeciéndole de ninguna manera a Ricardo, pues sería todo con su propio dinero. Lo que la llevó a pensar en que debía buscarse un trabajo. Tenía que

