Desde ese momento en adelante, Victoria se animó un poco más, lo que alegró a los hombres. A ninguno de los dos les gustaba verla triste, mucho menos llorando, pues, en ese caso, ninguno de los dos sabía qué hacer. ―¿Vas a dormir? ―preguntó Marcos a la joven, camino al vehículo. ―No. No tengo sueño. ―Pero sí tenías temprano. ―Sí, y a ustedes se les ocurrió darme dulce. ―O sea, te dormirás mañana en la mañana, porque te comiste un helado gigante con baño doble de chocolate ―se burló Marcos. ―Y no te olvides de la crema ―añadió Rodrigo. ―Que son pesados. Ustedes no me entienden. ―Te entendemos más de lo que crees ―alegó Marcos deteniéndose ante el coche. ―Me voy a dormir, así no me molestan. Se subió en el asiento trasero y se sentó con los brazos cruzados, amurrada. Marc

