Al llegar a la asombrosa mansión de su mejor amigo lo recibió el austero mayordomo, era una residencia muy elegante llena de muebles ostentosos, las paredes eran blancas y otras cubiertas con estampados en tonos azul celeste, los adornos y detalles en dorado, jarrones de porcelana fina en cada rincón sobre mesas redondas, cortinas gruesas y pesadas que cubrían los ventanales pero que siempre se encontraban sujetadas a los lados para que entrara la luz natural, Andrew era dado a los ambientes alegres y muy iluminados, su morada era un reflejo de su personalidad: alegre, elegante, brillante y cómoda. Lo que no esperaba es que el sirviente lo condujera a la recamara del conde, eso definitivamente no era algo habitual, Benedict nunca había pisado ese cuarto, usualmente se reunían en algún saló

