La imagen de Katherine corriendo por el patio se estancó en mi retina como pocos recuerdos de mi infancia. En ecos escuchaba sus gritos apresurándome, veía sus piernas regordetas y su vestido blanco alejándose en persecución de un gato. — ¡Ni siquiera es tuyo! —le grité cuando la vi intentando trepar el árbol que el gato usaba de salvación—. ¡Ojalá te salté en la cara! — ¡Solo ayúdame! —puse los ojos en blanco y empujé su trasero hasta que alcanzó la rama que quería—. ¡Ya casi! Lo alcanzaré. La miré en silencio mientras se equilibraba en sus zapatos de charol y, en el extremo opuesto, el gato la miraba espantado. Sin dudarlo, el gato decidió bajar un par de ramas y saltar sobre los arbustos más cercanos. — ¡Solo queremos darte cariño! —le lancé una piedra al gato, pero de seguro no le

