La moneda pasaba frente a mis ojos sin perder mi atención ni por un segundo. Nada me distraía de ella, solo los ojos azules de papá que la estaba moviendo como a un péndulo frente a mí. —El dinero no hace la felicidad, Teresa—seguí la moneda hasta que la apretó en su palma —. Así como tampoco lo hace el amor. — ¿Qué tiene que ver eso con lo que ella preguntó? —Theo se burló y sentí su mano en mi hombro—. Yo la llevaré si tú no puedes. —Ella entenderá con el tiempo—sonreí y me lanzó el centavo—. Claro que entenderá. Theo siempre fue el favorito de las chicas y las chicas también eran sus favoritas. Era respetuoso y un caballero, nunca se cansaba de ayudar a mamá y a mí me protegía de cualquier riesgo. Él era el hombre perfecto y jamás conocería a otro mejor que él. Esa noche no fue la

