Kostantin Petrakis, golpeaba fuertemente el saco de boxeo, cada golpe propinado era más fuerte al anterior, esa era la manera de drenar toda la rabia, y odio acumulado durante quince años por los Ferrer Altamirano y los Alcázar, pero ahora el momento había llegado, en menos de una hora, daría el primer paso para cumplir con la venganza prometida, no en vano había regresado a España.
Por ello estaba allí, en Valencia, esa ciudad que una vez acogió a su familia hace menos de treinta y cinco años, cuando llegaron de las islas del Dodecaneso, después que sus abuelos paternos se atrevieran a desheredar a su padre, por haberse enamorado de la sirvienta de la casa.
Eso obligó al padre a huir junto con su madre, quien en ese momento estaba embarazada de él, pues su abuelo, dio la orden de atraparla y hacerla abortar, aunque, su padre lo evitó, enfrentándose a todos y logrando escapar.
Allí debió aprender a trabajar como un obrero, de haber sido el heredero de los Zabat, terminó siendo un jardinero, como era amante de la jardinería y la botánica, no le costó mucho adaptarse a esas nuevas circunstancias, después de todo esa había sido siempre su pasión.
Bastián pudo haber escalado de posición con trabajo, no obstante, siempre vivió temiendo a la aparición del padre, nunca tuvo paz, esperando ser descubierto por su familia en cualquier momento y terminara haciendo alguna artimaña para alejarlo de los suyos. Sin embargo, esa historia no la supo hasta el momento de su muerte, mientras se despedía de ellos.
Los recuerdos del pasado golpearon su mente, mientras él aceleraba sus golpes para intentar alejar esos momentos tan dolorosos, sus ojos hicieron amago de humedecerse, pero se negó a derramar una sola lágrima.
—¡No lo harás! —exclamó violento—. ¡Vasil, no existe! Murió hace años y ahora eres Kostantin Petrakis, ¿Tu objetivo? Destruir a los Ferrer Altamirano, Alcázar y Zabat, nunca volver a amar y sobre todo acabar con la maldita de Natalia, dándole donde más le duela, hasta destruirla.
Concluyó con una sonrisa de maldad, en eso se había convertido el chico dulce amoroso, considerado, en un ser oscuro, malvado, inclemente, vengativo y cruel, ya no quedaba ni un pequeño rastro de luz en él para los demás, la única debilidad en su mundo, era su hermana.
La fuerza usada para golpear el saco, fue tan fuerte que este se desprendió del soporte del techo y salió volando rompiéndose al caer, era el cuarto que rompía en la semana.
Su amigo Igor lo observó con el ceño fruncido.
—¿A quién diablos te imaginas cuando golpeas el saco de esa manera? —inquirió el hombre con curiosidad.
Sin contestar, se quitó los guantes de boxeo arrojándolos a un lado con descuido, para después retirar las vendas de sus manos con un gesto de amargura e irritación.
—¿Aún me preguntas? Pienso no necesitas respuesta, ya la sabes, mis deseos de destruirlos son más grande a cualquier sentimiento en el mundo—habló con una mueca.
—Kostantin ¿Alguna vez te has preguntado si tal vez interpretaste las cosas como no eran? —inquirió Igor ante la mirada ruda de su amigo.
—¡¿Me crees idiota?! Si pudo existir alguna duda sobre eso, está se disipó en el mismo momento cuando ella terminó casándose con Sergio Alcázar, no le vi en el rostro ni un ápice de molestia o angustia, todo lo contrario, estaba feliz de unir su vida a la de ese desgraciado.
»Ella ha sido muy feliz durante todos estos años, disfrutando de toda su fortuna, viviendo una vida a todo dar, entre fiestas y escándalos. Ahora me toca a mí ser feliz a costa de su sufrimiento, porque la pondré a pagar todas y cada una de las lágrimas derramadas por mi familia, incluso la muerte de mi padre —pronunció rechinando los dientes producto del enojo.
Justo en ese momento el celular comenzó a sonar, se dirigió a la mesa donde lo había dejado y atendió, se trataba de la secretaria.
—Kostantin, ha llamado el señor Simón Ferrer hijo, han aceptado todas las condiciones presentadas para salvar todas sus fábricas, las cementeras y la metalúrgica, quiere concertar una cita contigo.
—¡¿Hasta venderme a la hija?! —interrogó alzando las cejas con incredulidad.
—Sí, ¡Hasta venderte a su hija! —respondió Sabrina, sintiendo lástima por el oscuro destino que le aguardaba a esa mujer, no quería encontrarse en sus zapatos.
“Recuerda esto: nada está escrito en las estrellas. Ni en estas, ni en ningunas otras. Nadie controla su destino”. Gregory Maguire.