Capítulo 10: Ayudar es mi pasión

1152 Words
ZOE Ya había pasado un mes desde que operaron al señor Grimaldi, así que ya no tenía que cuidarlo. Pero, ¿me agradeció por ello? No, nunca lo hizo. No obstante, me pagó como prometió, lo cual era bueno, aunque un simple “gracias” habría sido agradable. Pero él era así, rara vez expresaba gratitud, solo cuando le llevaba café a su oficina. Durante ese tiempo, mi tarea consistió en ayudarlo con cosas simples, como entregarle la ropa cuando se cambiaba para que no tuviera que levantarse tanto. Sin embargo, no crean que yo lo vi desnudo, al contrario, yo era muy respetuosa en eso, aunque él no lo fuera. Él era opuesto a mí, a él no le importaba desnudarse delante de mí, pero a mí sí, por eso siempre me salía de su habitación para que tuviera más intimidad y yo más libertad para poder tomar aire y no pensar en cosas que quería que pasaran. 11:15 a.m. Llegué un poco tarde a la oficina porque tuve que ir al médico por la mañana para hacerme un chequeo. De vez en cuando lo hacía y justo hoy me había tocado y por suerte, el médico me dijo que todo estaba correcto. Así que, cuando llegué al piso en donde estaba mi oficina, me dirigí a la del señor Grimaldi para avisarle que ya había llegado. Toqué la puerta, esperé para que me diera el permiso y entré. — Buenos días, señor Grimaldi. Acabo de llegar Dante: — Ya te vi — dijo mirando su laptop. — ¿Necesita algo? Dante: — De momento no — respondió, pero sus ojos se desviaron hacia mis tobillos y luego recorrieron mis piernas antes de detenerse en mi pecho. — M… me voy… a trabajar Dante: — Tráeme un café — Pero Esther me dijo que ya se lo habían traído Dante: — Tráeme otro — dijo con una sonrisa en sus labios. Me di la vuelta y noté que él me estaba mirando de una manera extraña, pero ¿por qué? ¿A caso le gustaba cómo me veía? No podía ser, ¿verdad? Un hombre como él no se fijaría en alguien como yo… ¿O sí? Después, volví con su café y confirmé que le gustó cómo me veía y eso me subió el ego. Él era el único hombre que me miraba, podría decirse, con deseo. ¡El señor Grimaldi me miraba así! Era una locura, pero ¿sería posible? Tal vez. Yo ese día no decidí ponerme la misma ropa de siempre. Un pantalón y una camisa gasa, si no que en vez del pantalón me puse una falda, siguiendo la nueva moda de la empresa, ya que me di cuenta de que todas las mujeres que trabajaban llevaban puesta una, por lo que yo también quise llevar una. 15:22 p.m. Una semana después Ximena: — ¡Vaya! Te queda muy bien la falda — ¿Verdad? Ximena: — Bastante — Nunca me había puesto una para venir a trabajar porque pensaba que era muy informal, pero al ver que tú también llevabas una, quise ponérmela Ximena: — Sí, yo tampoco me había puesto una antes, pero quise hacerlo — A ti te queda bien también Ximena: — Gracias — dijo y sonrió. — Oye, ¿y Marcus? No lo he visto desde hace días Ximena: — Ni yo — ¿No sabes dónde está? Ximena: — No muy bien. Ayer le pregunté a Carlos si sabía dónde estaba y me dijo algo como que estaba en unas reuniones en Francia — ¿Y por qué no se lo preguntaste tú? Ximena: — No… ¿Cómo podría hacer eso? — ¿No te gusta? Ximena: — Sí… pero es que no sé. No creo que él sienta lo mismo por mí — dijo mirando su plato de comida. — ¿Por qué dices eso? Ximena: — Porque el otro día lo vi hablando muy a gusto con Dayana en la recepción — ¿Dayana es la otra recepcionista? Ximena: — Sí — Tal vez no signifique nada Ximena: — No lo sé — Escríbele y háblale Ximena: — Pero es que… — No seas tan negativa. Solo habla con él Ximena se lo pensó y tomó su teléfono. Le temblaba la mano, de eso me di cuenta. Ximena: — ¿Y qué le escribo? — Hola, ¿cómo estás? Ella comenzó a escribir y mientras tanto, yo seguí comiendo. Ximena: — Ya está — ¿Lo enviaste? Ximena: — No — ¿Por qué? Ximena: — No puedo. Estoy muy nerviosa — Trae Ximena: — ¿Se lo enviarás tú? Hazlo porfa, a mí me da miedo — Está bien Tomé su teléfono y la miré. — Lo voy a enviar Ella asintió y se tapó los ojos. Envié el mensaje y le cayó en seguida. — Ya lo envié Ella abrió los ojos y lanzó un gran suspiro. Se había puesto colorada y en verdad se le veía nerviosa. Al mismo tiempo, en el teléfono cayó una notificación y las dos nos miramos en seguida. Ximena: — Míralo tú Tomé otra vez su teléfono y vi que era un mensaje de Marcus. — Es él Ximena: — ¿Y qué dice? — Léelo tú Ximena: — No — Síiiii Le di su teléfono y ella con miedo abrió el mensaje. — ¿Qué dice? — pregunté y sonrió. Ximena: — Hola — Escríbele Ximena: — Está en línea. ¿Qué le pongo? — No sé… Pregúntale dónde está Ximena: — Yo estoy bien… Gracias — murmuró mientras escribía. — ¿Qué haces? Ella estaba escribiendo el mensaje y Marcus tardó un poco en contestar. — ¿Y? Ximena: — Dice que está en Francia en una reunión y que me hablará más tarde porque ahora tiene que asistir a otra — ¡Pues ya la hiciste! Ximena: — ¿Me escribirá? — ¡Claro! Él te lo dijo Ximena: — Pero nunca pasa — ¿Por qué los dices? Ximena: — Por los chicos con los que he hablado anteriormente. Siempre me decían que me escribirían o que iríamos a pasear, pero nunca sucedía, se olvidaban de mí — Pero ellos eran unos patanes. Marcus no lo hará Ximena: — ¿Tú crees? — Creo que sí. No lo conozco tanto, pero para eso estás tú Ximena: — Él en realidad me gusta. Desde que empecé a trabajar aquí se convirtió en mi crush — Pues, te deseo lo mejor. Lucha por lo que sientes — dije y ella sonrió. Estaba esperanzada de que le fuera bien en su relación con él, ya que se notaba que estaba enamorada. Aunque yo nunca había experimentado el amor ni había tenido novio, podía comprender la emoción de Ximena. Por las películas y sus expresiones, sabía que estaba comenzando a enamorarse de alguien, que, en este caso, era de Marcus.
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