2.Líneas paralelas

1542 Words
Azaria Pov: Agosto Antes de salir de casa, el aire en mi habitación se sentía denso, casi irrespirable. La ansiedad me trepaba por las piernas y el miedo a volver a fracasar, a estancarme otra vez en ese bache eterno, me tenía al borde del colapso. Caminé hacia el pequeño rincón que guardaba mis silencios y encendí una vela. Recé. Recé con los ojos cerrados, apretando las manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos, entregándole mis plegarias a mi mejor amigo. Ángel había fallecido en 2015, a causa de una electrocutación bajo la calmante tormenta en la víspera de Navidad. Fue una tragedia absurda y desgarradora que congeló el tiempo en mi adolescencia y que, desde ese año, transformó las celebraciones en un terreno minado de ausencias donde me cuesta demasiado festejar. Por eso, él seguía siendo mi faro. Mientras la cera comenzaba a derretirse, le pedí con el alma que me sostuviera en esa mesa de examen, que espantara mis fantasmas y me diera la claridad que los nervios me querían robar. Poco después, el viaje hacia la universidad fue una transición de puro apoyo. Marianne y Matt me acompañaron, firmes a mi lado, intentando distraerme con chistes y música mientras yo repasaba mentalmente los últimos conceptos de la tesis. Llegar con ellos, sentir sus manos en mis hombros antes de cruzar la puerta del aula magna, fue el recordatorio de que no estaba sola en esa estructura que tanto me había costado dominar. El olor a café y el murmullo de los pasillos de la universidad ya no me daban náuseas ni mareos. Al menos, no las de siempre. El reloj del pasillo marcaba las ocho de la mañana cuando la puerta del aula magna se abrió. Entré dispuesta a dejarlo todo. Fueron cuarenta minutos intensos de exposición frente al tribunal. Mi tesis se basaba en la gestión de las emociones, un enfoque donde proponía cómo la palabra y la resignificación de las vivencias permiten que el sujeto recupere el control de sus respuestas afectivas, en lugar de ser desbordado por ellas. Explicar cómo el aparato psíquico puede tramitar las emociones y canalizar la angustia me fluía de manera natural, casi como si en cada argumento estuviera intentando sanar mis propios procesos. A las ocho y cuarenta, la puerta volvió a abrirse. Salí arrastrando los pies, con las manos temblorosas y el corazón golpeándome las costillas, sosteniendo mi tesis contra el pecho como si fuera un escudo protector. Detrás de mí, el tribunal de profesores cerró el acta. —¡¿Y?! —el grito unísono de Elize, Marianne, Matt, Anthony e Ian rebotó en las paredes del pasillo. —¡¿Qué tal hija?! — Eleva su voz mi padre, quien se encontraba a un costado. No me dio el cuero para hablar. Solo levanté la mano derecha y abrí los cinco dedos de cada mano, con una sonrisa que me partía la cara. Un diez. Era la nota más hermosa de toda mi existencia. La nota que le ponía fin a la agonía del último final desaprobado. —¡Se recibió! ¡La Moretti es Licenciada, carajo! —rugió Matt. Antes de que pudiera reaccionar, un tsunami de espuma de carnaval me nubló la vista, seguido por el frío pegajoso de la harina y las serpentinas coloridas. Marianne me colgó un cartel gigante en el cuello que decía "Licenciada Moretti", mientras Elize saltaba a mi alrededor vaciando otra lata de espuma. Lloré. Lloré de alivio, de felicidad, abrazada a mis amigos en el gran parque que se encontraba frente a nuestra universidad, sintiendo que por fin, después de tanto boicot, la estructura estaba bajo mi control. Ya era Psicóloga. Todavía estaba intentando quitarme la mezcla de harina y espuma de la cara cuando mi celular empezó a vibrar con insistencia en el bolsillo de Matt, quien resguardaba con su vida mi pertenencia tecnológica. Me limpié las manos como pude y atendí. Era Theo Geller, otro de mis grandes amigos. Él estaba en Buenos Aires, atrapado en el ritmo frenético de un viaje por sus pasantías contables, pero no se había olvidado de mí. Al escuchar mi voz entrecortada, supe que él también estaba conteniendo la emoción a través de la línea. Me felicitó con una calidez que me entibió el pecho, pero la charla no tardó en volverse más profunda. Con el tono de voz un poco más bajo, Theo volvió a dejar sobre la mesa —una vez más, como venía pasando hace años— todo lo que sentía por mí. Me confesó cuánto lamentaba no haber dejado todo para estar ahí, sosteniéndome la mano en las escalinatas de la universidad, y que la distancia le pesaba más que nunca en un día tan importante. Corté la comunicación con una mezcla de ternura y nostalgia, procesando sus palabras mientras miraba el torbellino de mis amigos organizando el festejo. Mientras yo intentaba quitarme la harina de los ojos entre risas y gritos de festejo en Corrientes, a miles de kilómetros de distancia, el segundero de un reloj de diseño corría exactamente al mismo tiempo. Camero Pov: En simultáneo (Nueva York, 07:40 hs) El silencio en el piso cuarenta de la torre Kennedy era tan pulcro que resultaba violento. Sostuve la taza de porcelana, observando cómo el vapor del café n***o subía de manera perfecta y predecible. A mi alrededor, el sutil tintineo de los cubiertos de plata sobre los manteles de lino y los murmullos ensayados de los inversores se mezclaban con la luz pálida del amanecer de Manhattan que se filtraba por los inmensos ventanales. Estábamos en pleno desayuno de gala y conferencia de prensa para anunciar la nueva división de Kennedy Luxury Hotels, la joya de la corona de nuestro imperio familiar. Había respondido las preguntas de los periodistas con la precisión implacable que todos esperaban de mí, hablando en mi inglés nativo con esa seguridad que no dejaba espacio a las dudas. Los flashes de las cámaras no se habían hecho esperar. El éxito del lanzamiento en los mercados del norte ya estaba asegurado. Otra vez. —Un movimiento magistral, Cameron —me felicitó uno de los directores principales, dándome una sutil inclinación de cabeza mientras se acercaba a mi sector—. Los analistas de Wall Street ya están replicando la noticia. El mercado norteamericano te queda chico. ¿Cuál es el siguiente paso? Miré a través del inmenso muro de cristal, contemplando el horizonte de rascacielos de Nueva York que empezaba a despertar. Una profunda y familiar apatía me recorrió la espina dorsal. Todo en mi vida corporativa se había vuelto demasiado fácil, demasiado aburrido. Necesitaba un reto, algo que me devolviera la adrenalina de los negocios de verdad. —Sudamérica —respondí, sin apartar la vista del vidrio. Mi voz sonó firme, fría y cortante—. El proyecto de expansión en el sur. Quiero los informes de las plazas hoteleras de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay sobre mi escritorio antes de la reunión de directorio de la tarde. Personalmente voy a viajar a supervisar las locaciones. Dejé la taza intacta sobre la mesa y me acomodé los puños del traje a medida. Estaba harto de la previsibilidad de los movimientos en el norte. Necesitaba mover las piezas del tablero, buscar tierras nuevas y lidiar con la incertidumbre del mercado austral. —Una mente tan brillante no debería pasar la noche pensando solo en negocios, Cameron —una voz cargada de un misticismo ensayado me sacó de mis pensamientos. Me giré lentamente. Frente a mí estaba Chloe, una de las herederas más codiciadas de los Hamptons. Su belleza era exuberante, pulida por los mejores cirujanos de la costa este, y vestía un diseño de alta costura que dejaba muy poco a la imaginación. Me recorrió con una mirada felina mientras jugueteaba con el borde de su copa, dejando claro en su postura y en la cercanía de su cuerpo que estaba dispuesta a pasar la noche conmigo bajo las sábanas de cualquier suite de lujo. —Deberíamos festejar este triunfo en privado. Conozco un lugar... —No pierdas el tiempo, Chloe —la interrumpí a secas, con una frialdad tan cortante que la sonrisa ensayada se le congeló en los labios rojos. Di un paso atrás, ensanchando la distancia entre los dos—. Tengo una reunión de directorio en pocas horas. Disfruta del desayuno. Ni siquiera me quedé a ver su expresión de indignación. Caminé a grandes zancadas hacia el ascensor privado, ignorando las miradas ajenas. Una vez dentro, mientras las puertas de metal brillante se cerraban aislando el ruido exterior, dejé caer los hombros un milímetro. La verdad era que, desde hacía un largo tiempo, arrastraba una sensación de vacío que me calaba hasta los huesos. Hubo una época en la que ese tipo de mujeres, los encuentros casuales y los vínculos plásticos y predecibles me bastaban para adormecer las noches. Ya no. Ahora, esos cuerpos perfectos y esas intenciones vacías solo me producían una profunda apatía. Sentía que me faltaba algo. Algo real, un quiebre, una mente que no pudiera descifrar en los primeros cinco minutos de conversación y que me obligara a sentirme vivo otra vez. El ascensor comenzó a descender en un silencio sepulcral.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD