POV Sovann Dara (Zhu Lianhua)
El aire en Angkor Sovannavong huele a loto y metal antiguo. El eco de los tambores ceremoniales todavía vibra en mis oídos cuando las puertas de la Sala del León se cierran tras de mí. Un asistente de la Guardia Real —un joven monje con tatuajes digitales en las sienes— me conduce a través de pasillos iluminados por faroles de bioluz. Las paredes respiran una mezcla de pasado y tecnología: relieves tallados por manos humanas entrelazados con circuitos que laten bajo la piedra como venas de oro.
—សូមអញ្ជើញមកបន្ទប់សម្រាក – Saom ancherng mok bontop somrak.
(Le ruego me acompañe a su zona de descanso) —dice con voz suave, sin mirarme.
Asiento, manteniendo el porte sereno de Sovann Dara. Dentro de mí, sin embargo, Zhu Lianhua observa con ojos de científica, fascinada por cada detalle. Las lámparas flotan suspendidas por campos gravitacionales. Los pasillos se alargan como si midieran el tiempo, no la distancia. Todo parece diseñado no solo para proteger al príncipe, sino también para recordarle que cada paso está siendo observado por siglos de historia.
Llegamos finalmente a una estancia circular, austera y perfecta.
El suelo es de jade blanco, el techo una cúpula transparente que deja ver un firmamento cubierto de niebla azul. Una cama baja, un biombo de seda negra, y una pequeña fuente en el centro de la habitación, donde el agua forma espirales lentas con cada vibración del aire.
—Su reposo está protegido por el sello del loto —dice el monje antes de retirarse—. Que el silencio la acompañe, Sovann Dara.
Me inclino en señal de respeto. Cuando la puerta se cierra, exhalo por primera vez desde que pisé el puente de los Lotos Silenciosos.
—Por fin sola… —susurro.
Mis manos tiemblan. La tensión de los rituales, del idioma ajeno y de la mirada insondable de Suriya aún me recorren la piel. Pero la emoción es más fuerte que el miedo. Angkor Sovannavong no es un simple palacio. Es un organismo vivo, una sinfonía de piedra y energía. Cada muro respira historia. Cada sombra guarda un secreto.
Me deshago del cinturón ceremonial y lo dejo sobre la cama. Mi reflejo en el biombo de seda me devuelve la imagen de Sovann Dara: el cabello recogido con precisión militar, la mirada serena, los labios sin sonrisa.
Pero detrás de esa máscara… late el pulso rebelde de Zhu Lianhua.
Mi subconsciente, siempre inoportuno, decide hablar:
—Bueno, científica, ya estás en el corazón del Reino. ¿Y ahora qué?
—Ahora observo. Analizo.
—Y sueñas, ¿no?
—Tal vez… con entender por qué este lugar me resulta tan familiar.
Salgo al pasillo lateral. No debería hacerlo, pero la curiosidad es una fuerza más poderosa que el protocolo. Mis pasos me conducen hacia una terraza abierta que da al lago Tonlé Sap. La niebla se arremolina bajo las torres restauradas. En la distancia, los reflejos de Angkor Wat brillan como espejos del amanecer.
El sonido de tambores lejanos acompaña el murmullo del agua.
Y por un instante, siento que el tiempo se pliega sobre sí mismo.
Que los ecos de la dinastía Ming aún susurran en este aire.
Apoyo las manos en la barandilla de piedra. El viento trae el aroma de las flores de champa y el lejano canto de una danza ritual. Pienso en él. En Suriya Narottam Vattanak.
El príncipe perfecto. El enigma de carne y leyenda.
“¿Qué oculta detrás de esa calma?” me pregunto.
Quizá la misma soledad que me devora a mí.
Toco mi muñeca izquierda. El reloj cuántico brilla débilmente, proyectando un holograma en miniatura: los pulsos del tejido temporal aún se distorsionan. La energía fluctúa de manera irregular, como si el espacio-tiempo vibrara al ritmo de un corazón enfermo.
—Mi invento está respondiendo a algo —murmuro—. O a alguien.
Abro el compartimento secreto del reloj. En su interior descansa una pieza gemela, más pequeña, delicadamente grabada con el emblema del loto real: el Reloj de Resonancia Cuántica. El que he construido especialmente para él. Su estructura está reforzada con aleación de adamantio ligero, memoria energética y tecnología GPS cuántica. Pero su verdadera joya está en el núcleo: un chip de defensa personal capaz de generar un escudo de energía en un radio de tres metros.
Lo sostengo en la palma de mi mano.
Su superficie emite una luz dorada que tiembla con cada respiración.
—Este es mi regalo para ti, Príncipe Perfecto —susurro—.
Un escudo… o una llave, dependiendo de cómo decidas usarlo.
El viento sopla, moviendo las cortinas de seda del corredor.
Por un instante, creo escuchar pasos. Un leve eco de sandalias sobre piedra.
Me vuelvo… pero no hay nadie. Solo el aire cálido de la madrugada y el reflejo de las torres en el agua.
Quizás fue el viento. O quizás, solo quizás, él ya sabía que su nueva escolta lo observa desde la distancia.
Vuelvo a la habitación, oculto el reloj en el compartimento del cinturón y me recuesto sin desarmar la guardia.
El silencio me envuelve.
Y entre sueños, oigo una voz que parece surgir del lago:
—សុវណ្ណ ដារា… (Sovann Dara…)
Abro los ojos.
Nada. Solo el resplandor tenue de los lotos bioluminiscentes.
Pero sé que no fue mi imaginación.
La historia acaba de empezar a respirar.
[…]
El León y la Sombra
El amanecer cae oblicuo sobre el patio de entrenamiento de Angkor Sovannavong. Las torres antiguas arrojan sombras largas sobre la arena plateada, y el aire huele a incienso y metal recién templado. Los gongs anuncian el inicio del entrenamiento de selección final de la Guardia de la Sombra Dorada.
Cinco candidatos, todos en fila. Cinco sombras frente al sol del trópico.
Y entre ellos… yo. Sovann Dara, alias de Zhu Lianhua, princesa fugitiva, científica encubierta y, al parecer, masoquista profesional por ofrecerme voluntariamente a enfrentar al príncipe más legendario del sudeste a******o.
Los murmullos se disuelven cuando él aparece.
Suriya Narottam Vattanak cruza el patio acompañado por su séquito: tres consejeros, dos maestros de artes marciales y un par de oficiales de seguridad vestidos con armaduras ceremoniales. Pero él no lleva nada de eso. Solo una túnica ligera de combate, blanca, con bordes dorados. Los pies descalzos sobre la arena. El cabello atado alto.
Se mueve con la serenidad de alguien que no necesita demostrar nada.
La voz de mi subconsciente resuena como una carcajada contenida:
—Perfecto. Un príncipe atractivo, brillante, y además… descalzo. Ni los dioses del karma se toman las cosas tan en serio.
“Silencio”, pienso, aunque un leve rubor amenaza con delatarme.
—សូមស្ដាប់ការណែនាំ – Saom sdap kar naenom.
(Atención a las instrucciones.) —anuncia uno de los maestros, un hombre alto con tatuajes de loto en los antebrazos—.
El Príncipe Heredero desea evaluar personalmente las habilidades tácticas de los preseleccionados.
Regla simple: tres intentos para derribarlo. Dos aciertos bastarán para asegurar su posición.
Un murmullo recorre la línea. Nadie parece especialmente optimista.
Yo, menos que nadie.
Suriya da un paso al frente.
Su voz es suave, pero firme, modulada con la precisión de un diplomático y el temple de un guerrero.
—Este no es un examen de fuerza. —sus ojos se pasean lentamente por cada rostro, hasta detenerse en mí por un segundo demasiado largo—. Es una lección de lectura. Quiero ver si pueden leer un cuerpo, un movimiento… o una intención.
Sus palabras son casi un desafío.
Y su mirada… también.
—Empiece la primera ronda.
El primer candidato, un gigante de casi dos metros, avanza con un rugido contenido. Intenta un ataque frontal. El príncipe lo esquiva sin esfuerzo, gira, y lo derriba con un solo movimiento de muñeca. Preciso. Elegante. Letal.
El segundo logra mantenerlo ocupado por casi un minuto antes de terminar en la arena con el aliento cortado. El tercero ni siquiera alcanza a tocarlo.
Mi subconsciente suspira.
—Bueno, pequeña genio, ¿aún te parece buena idea desenmascarar al Don Perfecto?
—No vine a perder —respondo por dentro—. Vine a observar… y actuar.
—Candidata Sovann Dara.
Su voz pronuncia mi alias con la suavidad de un filo.
Camino hacia el centro del círculo, consciente de las miradas que me siguen.
Suriya inclina apenas la cabeza, una cortesía que parece más antigua que la propia dinastía.
Frente a él, me siento minúscula.
Uno con ochenta y nueve. Yo con uno cincuenta y cinco.
La diferencia parece una broma de los dioses del equilibrio.
—Vas a necesitar una escalera, no una estrategia —se burla mi subconsciente.
“Calla. No es cuestión de tamaño, sino de enfoque.”
Adopto posición de guardia: pies firmes, centro de gravedad bajo, respiración controlada.
Suriya se inclina levemente.
—¿Lista?
—Siempre, Su Alteza.
Primer intento.
Avanzo rápido, buscando su punto ciego. Mi pie derecho gira para desequilibrar su base. Él anticipa el movimiento, bloquea, y con un giro impecable me hace caer hacia atrás.
No con violencia, sino con precisión quirúrgica.
Caigo de pie, rodando para mantener el impulso. Me reincorporo.
Él sonríe apenas, con un brillo que no sé si es respeto o diversión.
Segundo intento.
Esta vez cambio de ritmo: amago hacia su izquierda, salto, uso mi baja estatura para deslizarme bajo su defensa. Mi brazo rodea su cintura, intento un desequilibrio de palanca.
El suelo tiembla cuando ambos giramos. Y por un instante, creo haberlo logrado.
Su pie resbala… pero su centro de equilibrio se reajusta como si el aire mismo lo sostuviera.
Su respiración no se altera.
Yo, en cambio, estoy jadeando.
Mi subconsciente lanza su veredicto:
—Perfecto. Ni siquiera suda. ¿Seguro que es humano?
“Estoy empezando a dudarlo.”
Tercer intento.
Respiro hondo.
Cierro los ojos un segundo, recordando las lecciones de Madame Yu:
“No luches contra tu oponente. Danza con él.”
Cuando vuelvo a abrirlos, ya no veo un príncipe.
Veo un cuerpo, un ritmo, un flujo.
A la señal del maestro, avanzo sin pensar. Un giro de muñeca, un cambio de centro.
Dejo que su fuerza fluya, y justo cuando intenta un contragolpe, uso su propio movimiento para impulsarme. Me elevo, giro en el aire, y mi pie roza su hombro.
Él pierde el equilibrio por una fracción de segundo.
Lo suficiente.
Ambos caemos a la arena, yo encima, sujetando su brazo en una llave de control.
El silencio es absoluto.
Solo el sonido de nuestras respiraciones.
Él me observa desde el suelo, los ojos brillando con algo entre sorpresa y… curiosidad.
Luego sonríe, apenas.
Una sonrisa peligrosa, casi imperceptible.
—Impresionante, Sovann Dara. —Su voz tiene un matiz que me eriza la piel—. Dos de tres. Eres la única que lo logra.
Me pongo de pie y me inclino.
—No fue fuerza, Su Alteza. Solo… física aplicada.
Su sonrisa se amplía un poco más.
—Entonces temo que subestimé a la física.
Mi subconsciente, incrédulo, exclama:
—¿En serio acaba de coquetear contigo hablando de física?
“Sí… y peor aún: funcionó.”
Mientras los demás candidatos murmuran, él se acerca y me entrega el emblema de la División de Sombra Dorada. Su dedo roza apenas el dorso de mi mano.
Una descarga eléctrica, mínima pero real, recorre mi piel.
—Bienvenida al círculo más cercano, Sovann Dara —dice con voz suave—. A partir de hoy, tu deber comienza… y tu vigilancia también.
Inclino la cabeza.
Cuando me alejo, siento su mirada seguirme hasta que desaparezco entre los corredores.
Cada paso me retumba en el pecho.
Mi subconsciente, como siempre, tiene la última palabra:
—Así que el Don Perfecto sangra. Pero cuidado… las flores que sangran también suelen envenenar.
Y sin saber por qué, sonrío.
Porque en el fondo, creo que acaba de comenzar la batalla más peligrosa de todas, una que hasta ese momento, estoy segura de que ninguno de los dos podía saber adónde nos iba a llevar.
A la mañana siguiente muchas cosas comienzan a cambiar, me asignan a una tutora personalizada para enfocarme en la estructura de la familia real y comprender que aunque su alteza es el legítimo heredero del trono, hay una silenciosa y fiera competencia por tal honor, lo que hace que la vida de Suriya esté en constante peligro, lo quiera o no, la verdad no hubiera podido saber lo que un príncipe suele pasar solo por tener el derecho sobre el trono, tal vez estaba tan acostumbrada a un ambiente “sano” en casa que enfrentarme a la soledad que sobrelleva Suriya me sorprendió más de lo que pretendía y la verdad desde allí es donde comencé a comprender el valor de mi FAMILIA por más sarcástica, dominante y controladora que fuese, mis hermanos habían aprendido a manejar sus roles dentro de nuestra familia en la cual se valora las charlas meditativas en las que manifestamos a veces cuando hemos sentido deseos de ocupar el trono, estas sirven para conocer las intenciones y encaminarlas en base a nuestro verdadero rol, porque queramos o no, NO todos hemos sido bendecidos para ser LÍDERES y eso es lo que la mayoría ignoramos.
Ser líder NO es sólo tener control sobre el poder y guiar a las personas que están a tu cargo, es “tomar decisiones” que afectarán a una gran población recayendo en sólo una persona y sean buenas o malas sus consecuencias llegarán para darte una bofetada, por eso, no me impresiona que la competencia por el poder sea algo de todos los días, es porque la mayoría imagina que estar allí en la “cima” de lo que parece el mundo, puedes ser visto de manera diferente, pero a fin de cuentas eso llega en un momento para estallar directo en tu cara, porque tan alto como estés, más fuerte y rápida será tu caída.