La decisión de Elinore, forzada por la desesperación de su pueblo y pronunciada con un nudo en la garganta, había traído consigo una punzada de alivio, aunque teñida de amargura. Los sirvientes, con rostros demacrados y ojos hundidos por el hambre, se movían en silencio por los pasillos, susurrando la noticia con una mezcla compleja de esperanza y resignación. La Dama de Ainsworth había elegido la sumisión a Malakor para asegurar la supervivencia, y la carga de esa elección la hacía caminar con la rigidez de una estatua de hielo. La Dama Elinore había accedido a la propuesta del Rey Malakor. Era un sacrificio inmenso, sí, un acto de abnegación que prometía la llegada de alimento para soportar el invierno implacable y, lo más importante, el regreso de su amado Rey Theron. Lo que nadie sabía

