Mientras Elinore entraba a los aposentos de su madre, un torbellino de emociones se postraba en la gélida quietud del ala este del Castillo Ainsworth. En su propia alcoba, Lord Kaelen Vane se encontraba sumido en una concentración pétrea. La noche era profunda, y el silencio, denso, solo roto por el aullido distante del viento invernal que se colaba por las rendijas de las viejas piedras, un aliento helado que parecía susurrar secretos antiguos y advertencias futuras. Kaelen estaba de pie junto a una mesa de roble tosco, iluminado por una única lámpara de aceite que proyectaba sombras alargadas e inestables sobre el mapa de los reinos. Su rostro impasible, una máscara de fría determinación que rara vez se resquebrajaba, analizaba las rutas, las fortalezas y las debilidades. Preparaba la m

