El Umbral del Deseo

1448 Words
Elanil pasó los días siguientes estudiando el tomo de Idria bajo la tenue luz de las velas, cada página un susurro prohibido de una era olvidada. El Vínculo del Umbral no era un simple conjuro. Era un pacto. Un paso hacia la frontera entre la vida y la muerte que, una vez cruzado, no permitía retorno. Los textos hablaban de una “puerta de espejos rotos”, un lugar entre mundos donde las almas atrapadas vagaban esperando ser llamadas… o consumidas. Pero había una condición inquebrantable: la invocación solo podía realizarse bajo el influjo del deseo más puro, más visceral. No bastaba con amor. Tenía que haber necesidad. Ansia. Fuego. En lo más profundo del bosque, en el claro donde Kael se le había aparecido, Elanil preparó el ritual. Días antes, había recogido elementos que resonaban con su vínculo: una pluma del cuervo n***o que la seguía desde la noche del eclipse, una lágrima recogida durante su último sueño con Kael, y un hilo de plata encantado con el que entretejió un símbolo sobre su vientre desnudo: el sigilo de unión. Esa noche, la luna volvió a volverse roja. No como en el eclipse, sino en una forma más íntima, más antigua. Elanil se despojó de todo. Ropa. Amuletos. Miedo. Caminó hacia el centro del círculo mágico desnuda, con la piel marcada por runas, con el cabello suelto como una corona salvaje. Su cuerpo no era solo suyo esa noche: era un canal, un faro que emitiría la única frecuencia capaz de alcanzarlo. La magia del ritual exigía que el deseo fuera auténtico. Carnal. Emocional. Espiritual. Por eso, alzando el rostro al cielo, Elanil cerró los ojos… y recordó. El peso de Kael sobre su cuerpo. Su voz ronca murmurando su nombre. Sus manos recorriéndola como si leyera una profecía grabada en su piel. La forma en que se rendía, solo con ella. Su respiración se aceleró. La magia respondió. El suelo vibró bajo sus pies descalzos. Las runas talladas en piedra se encendieron una a una con un resplandor azul profundo, y el viento se arremolinó en un susurro que la llamó: —Elanil… Abrió los ojos y lo vio. Kael. No como un espíritu etéreo, sino como una figura casi tangible, suspendida en el aire frente a ella, envuelto en una luz plateada, con los ojos abiertos y la expresión cargada de emoción y tormento. —Lo estás logrando… —dijo él, con una voz que parecía venir desde todos lados. Elanil extendió la mano, temblorosa. Su corazón latía tan fuerte que creía que el círculo mágico se rompería solo por su impulso. —No quiero tocarte solo en sueños. No quiero sentirte solo cuando cierro los ojos. Te quiero aquí. Conmigo. Kael sonrió, triste y encendido a la vez. —Entonces no pares. La g****a se abre cuando tú… me deseas. Cuando me llamas con tu fuego. Ella comprendió lo que debía hacer. No era solo un ritual. Era una entrega total. Así, aún dentro del círculo, Elanil cerró los ojos otra vez y deslizó lentamente sus manos por su propio cuerpo, evocando cada caricia que Kael le había dado, cada momento compartido. El deseo no era solo físico: era el anhelo profundo de su alma por volver a fundirse con la de él. Sus suspiros fueron el conjuro. Su cuerpo, el altar. Su placer, la puerta. Y en medio de esa danza íntima, mágica y brutalmente honesta, el alma de Kael se acercó más. Tanto que, por un instante, su cuerpo se materializó lo suficiente para rozarla. Apenas un segundo. Un roce de labios. Un temblor en su piel. Un estremecimiento en su vientre. Y luego… la g****a se abrió. Un destello de sombra y luz se desgarró ante ella, y más allá del umbral, Elanil vio un reino gris, suspendido entre lo que fue y lo que nunca debió ser. Kael estaba atrapado allí. Y ahora, ella también tenía un pie dentro. —Aún no estoy libre, pero me has encontrado. —Entonces espérame. Voy a entrar por ti. Y con esa promesa, la visión desapareció. El círculo se apagó. La noche volvió al silencio. Pero Elanil no cayó de rodillas esta vez. Se cubrió los hombros con su capa y miró hacia la línea de árboles con una nueva fuerza. Sabía que había cruzado un punto sin retorno. El deseo la había guiado. El amor la mantenía de pie. Y el próximo paso sería entrar en el mundo intermedio… aunque tuviera que romper las leyes del Reino para lograrlo. El claro había quedado en silencio, como si la tierra misma contuviera el aliento tras el hechizo. Pero Elanil aún sentía el eco de Kael vibrando en su piel, como si cada partícula de su cuerpo lo hubiera tocado. La brecha que había abierto con su magia no era una ilusión: era un portal real, y ahora sabía cómo llegar a él. Tres noches después, bajo la misma luna roja, regresó. Esta vez, no para llamar… sino para cruzar. Se preparó con una mezcla de temeridad y determinación. Vestía una túnica ligera tejida con hilos encantados, portaba una daga de hueso blanco con runas antiguas —un ancla a su alma— y un relicario con una hebra del cabello de Kael, que conservaba desde los días en el Valle de Lunaris. Cuando se colocó en el centro del círculo, lo activó con una sola palabra: —Ler’danesh. El suelo se estremeció, la realidad vibró y el aire se volvió líquido, distorsionado. Una g****a se abrió delante de ella como una cortina rasgada. Al otro lado, la luz era pálida, inestable, como si el tiempo mismo se hubiera deshilachado. El Reino Intermedio. El Umbral. Elanil dio un paso. La sensación fue como sumergirse en agua helada y ardiente al mismo tiempo. El aire no era aire. El suelo no era suelo. Todo flotaba, torcido y desdibujado. No había sonidos, solo ecos: de pasos que no había dado, de palabras que aún no había dicho. —¿Kael? —su voz parecía descomponerse en mil tonos, algunos suyos, otros no. Una figura apareció a lo lejos, pero no era él. Era una mujer de rostro pálido y ojos opacos como perlas muertas. Sus labios se movieron, pero la voz no salió. Elanil supo entonces que no estaba sola. Este reino estaba lleno de los que no habían partido… y no podían regresar. Almas errantes. Fragmentadas. Algunas susurraban, otras gritaban. Todas… vigilaban. Apretó el relicario con fuerza. —No estoy aquí para ellas. Solo para él. Y como si su determinación tejiera caminos, el paisaje cambió. El suelo se solidificó brevemente, formando un puente flotante de cristal que crujía bajo sus pasos. A lo lejos, una torre se alzaba entre brumas grises. Desde ella, una luz roja parpadeaba con el mismo ritmo de su corazón. Kael estaba allí. Pero cada paso hacia él era más difícil. El aire se espesaba. Las voces se volvían más insistentes. Algunas trataban de seducirla: “Quédate… aquí no duele…”. Otras la asustaban: “Tu cuerpo ya no te espera.” Y algunas la tentaban: “Él ya no te recuerda.” Mentiras. Mentiras del umbral, nacidas del miedo y la duda. Pero Elanil no vaciló. Al llegar al pie de la torre, una figura la esperaba. Era Kael, o lo que quedaba de él. Desnudo, cubierto por sombras que se movían como tentáculos, su mirada era la de alguien que había visto demasiado. Pero cuando la vio… sus ojos cambiaron. —¿Eres real… o eres mi castigo? —susurró, la voz casi inexistente. Elanil avanzó, sin miedo. —Soy tu libertad. Y lo abrazó. Por un instante, todo el Umbral se congeló. Los ecos se callaron. El tiempo dejó de fluir. Y el vínculo que habían sellado en la carne, en el deseo, en la muerte… volvió a encenderse. Kael cayó de rodillas, temblando. Elanil lo sostuvo. —Vamos a salir de aquí. Juntos. —No puedes quedarte tanto tiempo... este mundo no es para los vivos. Te va a romper. —Entonces me romperé. Pero no te dejaré atrás. El puente de cristal comenzó a deshacerse. Elanil miró hacia la g****a por la que había llegado. Su cuerpo aún la esperaba al otro lado. Pero ahora no podía irse sola. Y para llevarlo con ella, tendría que hacer el sacrificio final. No algo físico. Sino una parte de su alma. Un corte profundo, permanente. Una elección. ¿Estás dispuesta a perder una parte de ti, para traerlo de vuelta completamente? Las palabras de Idria resonaban en su mente. Y Elanil, mirándolo a los ojos, ya tenía la respuesta.
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