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4785 Words
_ Pero madrecita no diga eso. Usted no tiene la culpa de haber entregado su vida cuando me tocó llegar a este mundo. Tal vez esté siendo sometida a esa tortura y a ese sufrimiento que usted me cuenta, por alguna otra cosa. Pero si me dejó solo no fue por culpa suya. Entiéndalo madrecita, entiéndalo por favor. No me gusta verla ni escucharla llorar. _No todo es lo que se dijo. No todo es lo que tal vez aún puede ser que se cuente. Lo único cierto, es que en realidad lo que sucedió fue por mi cobardía. ¡Por mi maldita cobardía caray! _No le entiendo madrecita. En verdad, no le entiendo. _Fui muy cobarde hijito. Yo tuve la culpa de todo lo que sucedió. De no haber sido tan cobarde, otra hubiese sido la historia. _ ¡Pero madre querida, por Dios, explíquese! _ Está bien hijito. Trataré de calmarme. Me interesa que sepas la verdad, cuando ya te falta poco para partir hacia la obra maestra que has estado esperando durante toda tu larga vida. Lo de mi muerte no fue nada casual, tal como siempre lo contó Nacho. No fue así, y ya es hora que alguien sepa la verdad. Esa noche había llegado con nubarrones de lluvia y vientos fuertes. Eran vientos poderosos que hacían temblar las casas, y hasta los árboles mejores plantados. Tina, la comadrona que desde que nació José me había ayudado a traer a mis hijos al mundo, ya estaba en la casa esperando el momento adecuado. Ya en casa, pernoctaban once muchachos llegados uno tras otro, año tras año los cuatro primeros, y luego cada dos años el resto. Que yo recuerde, durante mi vida entera al lado de ese hombre por demás cruel, siempre estuve embarazada. Y mientras no lo estaba, era entonces un muchacho pegado a la “teta”. Ya Ignacio vivía refunfuñando que trabajaba demasiado, y que lo poco que ganaba se lo devoraba aquel ejército de críos chillones, quienes ocupaban toda la casa y no daban cabida para nadie más; según sus despreciables palabras. Tarde había entendido, que no había sido acertada la idea de unirme a ese monstruo. Ya nada podía hacer, sino aceptar las libidinosas exigencias de ese hombre, y dedicarme a parirle muchacho tras muchacho. No existía control familiar alguno en esa época, por lo menos en este país. Entonces, a pesar de que Tina estaba dispuesta como siempre a ayudarme a parirte, Nacho me montó a la fuerza en el carruaje, llevándome hasta no se sabía dónde, porque la lluvia tapaba todos los caminos. Su propósito mezquino, era acabar entonces con la máquina de parir en que me había convertido, como que si yo salía preñada de manera espontánea. Era en ese momento cuando debí armarme de valor o de lo que fuera, y negarme rotundamente a aventurarme a la desgracia en aquella noche macabra. Debí armarme con lo que fuera, asestarle un duro golpe con lo que fuera y quedarme a parir mi muchacho como Dios manda. No, no hice lo que debí hacer por cobarde. Y cuando llegaste al mundo, fue cubierto tu ombligo para que tu sangre permaneciera en su sagrado lugar y deliberadamente, amarrada como estaba yo, dejado libre el extremo del cordón que permanecía aún pegado a la placenta. Fue por ese lugar por donde se escapó toda mi sangre, y por la que también se marchó mi vida. Fue un horrendo crimen el que llevó a cabo Ignacio esa noche. Atroz por demás, ya que dejaba a un niño completamente desvalido. Luego, en vista de que nadie se opondría como siempre lo hice yo, los vendió a todos al mejor postor. Y ese ser ruin y cobarde, los esclavizó a todos como si fuesen animales de carga. _Ese desgraciado. _No hijito, no digas eso. Es tu padre y eso es sagrado. _No madrecita. Él nunca fue mi padre, y ahora que casi me marcho al teatro, menos aún ha de serlo. Un padre no maltrata a sus hijos de ese modo tan cruel como él lo hizo. De no haber sido por José, Asdrúbal y Clotilde, quienes estaban algo creciditos cuando nací, según me contaron ellos mismos; me hubiese muerto de hambre. Ellos fueron mis verdaderos padres. Ese hombre nunca tuvo compasión de nosotros, y ni siquiera un gesto de amor nos regaló. Pero madre, yo no termino de entender lo que todos aquellos años se dijo. Que la carreta quedó atascada en el lodazal, y por más que era azotada la bestia, él no pudo sacarla de ese sitio. Siempre se dijo, que fue ese el momento cuando se produjo mi nacimiento y pues, lo que ocurrió luego, lo que quedó sembrado en nuestros recuerdos; aunque yo de eso no recuerdo absolutamente nada, solo me limité a decir lo que siempre escuché. Entonces, ¿cómo es eso de que la realidad fue otra? _ No hijito de mi alma. No es que haya sido otra la realidad. Sucede que esa fue la única realidad. Todo lo que él contó, no fue más que un engaño. Lo que quiso ese ser despreciable, fue lograr un mezquino propósito embarrando con su absoluto machismo todas sus actuaciones. Pero fui yo quién se portó de manera cobarde. Fue mi cobardía, la que propició todo esta pesadilla que aún en este sitio percibo. _Madre, no se martirice de esa manera. Ya después de tanto tiempo, debería haber dejado eso en el pasado, tal como lo que es; un pasado marchito que nunca debió ocurrir. _ No hijito, tú no entiendes. En éste sitio el tiempo no transcurre. Sé que para el resto de los mortales, eres un anciano que cabalga sobre sus últimos años; pero para mí, eres un niño, mi pequeño. Ese ser vulnerable y desprotegido, a quien dejé solo a la orilla de un camino agreste. El hijito de mis entrañas, quien se quedó en la penumbra de un recorrido, solitario; sin su madre, quien debió recorrer ese camino con él. Esa es la triste realidad que me quema y me mata. Ninguna bestia se quedó estancada en ningún barrial. La carreta nunca fue movida ni mucho menos. Ese hombre me encerró en el granero y me puso a trabajar, hasta que prácticamente me comenzaron los dolores de parto. Fue allí en ese granero en donde te parí, y también resultó ese granero, el sitio en donde dejó que mi sangre se vertiera, llevándose mi vida con ella. Mientras me desangraba, pude ver que te colocaba sobre el suelo colmado de suciedades diversas. Le importó poco o nada tu bienestar. Si no te dejó abandonado fue porque todos en La Ciénaga me habían visto preñada. ¿Qué humano medianamente inteligente, se atrevería a pensar sacar a una mujer con dolores de parto a la ciudad distante, en una noche como esa? ¿Es que acaso a nadie se lo ocurrió hacerse esa pregunta? Y mucho más aún, cuando mis once muchachos los parí en la casa ayudada por Agustina. Hijito por favor, hoy he venido a solicitar tu perdón. Eso será lo único que pudiera lograr, para poder reconciliarme conmigo misma, y por fin, poder obtener la paz que nunca he tenido, a pesar de que Dios es muy bueno y misericordioso. Perdóname hijito, te lo suplico, perdóname. _ Pero madre, ¿Cómo dice usted eso? Yo no tengo que perdonarle nada a usted, porque usted no hizo nada malo. No me diga eso por favor. Todo lo contrario, soy yo quien necesita su perdón. Fue en todo caso por mi culpa, que pasó todo eso. Pero que usted me pida perdón, no madre. Fue él, el único responsable de todo lo vivido. De que usted se haya ido tan pronto, de que se convirtiera en un cieno terrible la vida de nosotros; de que nosotros hayamos vivido todo lo que vivimos, y que finalmente esté yo enclaustrado en una habitación sin poder caminar libre por mi propia casa; conversando tanto de día como de noche, con los fantasmas de mi pasado. De toda esta hecatombe, es culpable ese desgraciado. _ Por favor hijito, no hables así de tu padre. Mira que es pecado.           Al decirle eso, el sufrido espíritu de aquella madre, se tornó envuelto en un nerviosismo extraordinario. Sus facciones cambiaron, y en lugar de una mujer joven, se presentó una decadencia que permitió observar a un esqueleto rudimentario. Entonces, el espectro de una madre se marchó presuroso, para no seguir sobrecargando con su amargura, aquella lúgubre habitación que ocupaba Generoso; y que lo tenía atrapado en su seno. Tan atrapado, que no le daba treguas, no lo dejaba siquiera adentrarse unos pocos pasos más allá. No podía Generoso, recorrer libremente el resto de aquella enorme morada que significaba su casa. Sintió Generoso una vez que había desaparecido aquella presencia, una agitación, aquella conmoción que se dejaba sentir y que se colaba por alguna diminuta ranura; que indicaba que llegaría una nueva visita. Pero él no le dio cabida en esa oportunidad. Se paró y caminó dos o tres pasos. Esos pasos leves, lo dirigieron hacia la mesa. Estando ya cercano a ella, con la luz de un candil, alumbró la pequeña estancia y pudo contemplar la espectacular invitación que aquel mozo atrevido le había entregado. Iba a ir a esa gala, se prometió el anciano. De seguro que si iba a ir. Faltaba más.           La conversación inusual, extensa y en extremo reveladora con su madre, lo dejó muy perturbado. Nunca pudo sentirla físicamente. Nunca supo lo que significaba una madre. Se sintió muy confundido y totalmente contrariado. Sintió un leve mareo, pero no le prestó atención. Sintió una opresión en el pecho, a la que tampoco le hizo caso. Sólo quería encontrarle una lógica a lo que su padre le había hecho a su madre. Trató de encontrar una explicación convincente, acerca del porqué alguien pudiese causar tanto daño. Recordó el anciano, la tertulia que tuvo cuando aún era adolescente, con un amigo sacerdote, el mismo a quien quiso tanto; y del que recibió verdaderos consuelos, con sus palabras tan precisas y acertadas. Al mismo, le preguntó que significaba una madre. El sacerdote así contesto: _ Una madre es hijo mío, un ser que te ama muchísimo desde antes de que llegues al mundo. Tan previo, que aun antes de ella ser completamente una mujer, ama al hijo que en el futuro tendrá la enorme ventura de llevar dentro de sí. Una madre, es aquella mujer que al saber que ya en sus entrañas palpita un pequeño ser, la vida le sonríe, y engrandece su espíritu dando las gracias a nuestro Dios por tan enorme designio. Una dama que se toca con ternura el vientre, y sonríe con felicidad pensando en la vida que crece dentro de ella. Una madre, es esa persona que espera ansiosa que llegue el tiempo cuando nazca su hijo, y comienza ya una bendición de vida en la cual única y exclusivamente su hijo, y sólo él; la hacen una mujer bendita. Es el amor personificado. Madre, es aquella mujer que si por alguna razón no puede albergar dentro de sí a un hijo, y acoge a uno como si fuera de ella; le entrega todo el amor que por naturaleza humana toda mujer lleva consigo. Una madre es una deidad, es una maravilla, es la creación más bendita de nuestro Dios; una criatura angelical que es capaz de dar todo cuanto tiene, a cambio de nada, para que su hijo no tenga ningún tipo de carencias. Es ese ser, quien te alimenta desde el primer día con el bendito fruto de su seno maravilloso, con esa leche que su organismo produce para el hijo hambriento. Madre, es ese ser que trae a un hijo al mundo, y el terrible dolor que esto produce se aleja inmediatamente, al escuchar el llanto de su descendencia que anuncia su llegada; y desde ese preciso momento, su vida cambia por completo, pues la ventura mágica de tener un hijo es lo más sagrado que puede existir. Madre fue, y aún lo es, María, quien por obra y gracia del Espíritu Santo concibió a Jesús, nuestro Salvador, quien dio la vida por todos nosotros. Madre, es esa bendita mujer que lo da todo por sus hijos, todo, enteramente todo sin medirlo, incluso hasta la vida misma.           Al decir aquellas palabras, el sacerdote quería hacerse entender por su interlocutor, quien de hecho; captaba las sabias palabras suyas, y entendía muy bien lo último que había escuchado. De sus ojos se asomaban unas tiernas lágrimas; cuánto quería a esa madre que nunca conoció, pero que llevaría consigo, en su corazón y en su mente, por toda la vida y aún más allá de ella de seguro. Desde el mismo instante en que supo que vivía, sintió la necesidad de su madre; pero no le podía recordar, ya que ni siquiera una foto, alguna señal de ella; donde contemplara sus rasgos, su fisonomía; un recuerdo siquiera para pasar horas enteras contemplándole.            Tan pronto llegó el alba a apoderarse con su luz de todos los rincones, Generoso dio inicio a una enorme batalla para tratar de escoger el mejor atuendo, que se acoplara a las exigencias de una gala de tal envergadura. Miraba el armario semivacío que guardaba en su interior, un vestido vencido desde hacía un tiempo inmemorable, y que había sido rescatado de un hogar abandonado a su suerte. Un armario que mantenía dentro de sí, un único atuendo, el mismo que hubo utilizado hacía muchos años para desposarse, y que dentro de poco sería utilizado para su entierro. Después de tanta indecisión, y de ganarle la batalla finalmente a los modelos y a los colores, se decidió por fin por aquel vestido de un negror revolcado; y que se había transformado en un tono prácticamente grisáceo, consecuencia de los rigores del tiempo y del mal uso. Imaginó lo que haría cuando ya llegara la hora, y estuviera totalmente preparado para acudir a aquella gala. Ya ataviado de sus ropajes, se dispondría a trasladarse al teatro. Para ello caminaría, sí, caminaría unos pocos pasos. Dos o tres nada más, puesto que el teatro estaba muy cerca de su casa, y podía muy fácilmente llegar hasta él caminando esos pocos pasos. Dos o tres a lo sumo, definitivamente.           Tan pronto colocó su vestido sobre el camastro, el geronto se sorprendió de mirar frente a él, a la figura esbelta y temerosa de un hombre joven de unos veinte años de edad. Su rostro era colmado de contrariedades, las mismas que se dibujan duramente, producto de un trabajo hecho a medias y a regañadientes; cuando detrás de unos pasos necesarios, se escucha el constante reproche de seres egoístas, colmados de mezquindades. Tras de esa entidad, aparecía otro ente, casi idéntico al primero; pero que igualmente tenía el rostro compungido por la amarga realidad de un pasado avasallante, el cual les robó sus propias vidas y sus propias felicidades. Eran José y Asdrúbal, sus hermanos, quienes se apersonaron en sus decadentes momentos, para emprenderla en su contra; aprisionándolo cruelmente con toda una marejada de recriminaciones. _ Caramba hermanito, dijo José, veo que llegaste demasiado lejos en la vida. ¿Quién lo iba a creer? El más mojigato de la muchachera. “Nocho”, como siempre te decíamos. Mírenlo pues, por poco y llegas al centenario. Hace un montón de años que nosotros pasamos para éste lado. Yo por ejemplo, si llegué a los cuarenta años fue mucho. Qué cosas tiene la vida, ¿verdad hermanito? _ José hermano mío. Que sorpresa tan agradable. _  ¡Qué agradable ni que ocho cuartos! Agradable nada. Tal vez lo será para ti. Tú fuiste el culpable de mi desastrosa vida. Difícilmente pude cuidar a mis propios hijos, por estar cuidándote. ¿No miras acaso que nuestro sacrificio fue solamente para tu beneficio? ¿Ya lo ves pedazo de malagradecido? Tú estás casi llegando a un siglo de existencia, y nosotros no pudimos siquiera ver crecer a nuestros propios hijos. Te maldecimos para siempre Generoso.           Decía esas crueles palabras, aquel espectro colmado hasta lo inimaginable de un rencor que había sabido sobrevivir al tiempo. Su hermano, tras de sí, lo secundaba; no necesitaba habla, pues José lo decía todo. Generoso lloraba, no comprendía porque sus hermanos mayores lo sentían culpable de algo, si él era solo un recién nacido; a principal víctima, si se quiere; de aquel desalmado ser. Si querían buscar culpables, tenían que haberse dado perfecta cuenta de quien lo había sido. Aun así, Generoso los entendió. Se puso en el lugar de ellos, y determinó que sus hermanos habían sacrificado sus propias vidas, para hacerse cargo de él. Tenían poco, y eso que era tan poco, evidentemente era para sus hijos; para sus propias familias. Sin embargo, ellos decidieron compartir ese poco que poseían con su hermanito, el más chiquito de todos.           Sus consortes, mezquinas como fueron, optaron en emprender una retirada; dejándolos sumergidos a ambos en las más crueles de las soledades, cuidando a su hermanito. Después de aquella perorata injustamente acusadora, los espíritus se desvanecieron, desaparecieron ligeros, tal como habían llegado. Después de verter sus reproches, decidieron no quedarse más tiempo frente a quien consideraban, el causante de sus desgracias. Ninguno se despidió, sólo se habían presentado con el firme propósito de hacerlo sentir culpable, además de maldecirlo. Generoso había iniciado una proclama, pero ellos se marcharon sin haberla comenzado a escuchar siquiera. Aun así, él la dijo, aun a sabiendas de que no era escuchado ya. Sus hermanos, con el devenir del tiempo, se darían perfecta cuenta de sus errores. Entonces, Generoso conversaba conscientemente con la nada. Dirigía su parlamento mientras observaba cada rincón de aquel lúgubre aposento, como mirando en cada espacio, los rostros de sus hermanos; en los cuales había contemplado todo el odio del mundo. Sabía que ellos ya no lo escuchaban. Tuvo la necesidad de desahogarse, de exteriorizar sus verdades. _ No saben lo que dicen, ni se imaginan siquiera lo que lograron. Mejor me hubiesen dejado morir cuando niño, de esa forma me hubieran ahorrado tanto sufrimiento. No pierdan su tiempo maldiciéndome. Yo estuve maldito toda la vida. Aun lo estoy. ¿Es que acaso no lo han notado? ¿Acaso ustedes no ven más allá de lo que el odio les permite ver? ¿No se dan cuenta de que si he vivido tantos años es sencillamente para sufrir el mayor número de años posible? ¿Acaso no se dan cuenta?           A Generoso le resultaba en extremo muy extraño, que cada vez que se disponía a pensar en la invitación que amablemente le había sido extendida, que cada vez que daba un paso en el preparativo para tan magna ceremonia; que aun cuando ya había escogido entre tantos vestidos, el mejor de ellos para lucirlo en la gala; aunque realmente se trataba de un traje que permanecía desde hacía mucho tiempo, solitario en medio de la nada que era el interior de aquello que alguna vez fue un armario; el paso decisivo era demorado debida a las obstinadas apariciones de aquel enjambre de espíritus que le reclamaban, le reprochaban, le gritaban los más variados improperios; le adoraban y odiaban al mismo tiempo, y hasta le castigaban como era el caso del fantasma que en ese instante se presentaba ante sus ojos asustadizos. Estaba frente a frente con un espectro malvado, el fantasma de un ser despiadado que le causó demasiado daño. Generoso, de manera rauda al verlo, asumió una actitud de sumisión asombrosa. Se dejó caer al piso y, acurrucándose como una larva asustadiza, temblaba en extremo. _ ¡Párate muchachito imbécil!, ¡Que te pares te digo! En su mano derecha, aquel espectro repugnante, blandía un grueso látigo con el cual se disponía a castigar una desobediencia. Mientras más le gritaba el fantasma del viejo Lázaro, aquel ser huraño y malvado; Generoso rememoraba tristemente, aquella etapa excesivamente aciaga de su pasado. Temblaba de miedo, tal como lo hizo cuando era un niño y era sometido a trabajos extenuantes. Si no los hacía, el detestable hombre la emprendía de manera excesivamente cruel contra el niño. Era eso lo que de inmediato, al verlo, rememoraba el pávido anciano. _ ¡Nooooooo, no me pegue más señor! Ya no me pegue más se lo suplico… Gritaba Generoso ante la presencia y el amague de ese endemoniado espectro. _ ¡Que te cayes te dije muchacho de porquería! Te dije que levantaras esa carga carajo, y todavía no lo has hecho. Ya verás lo que te va a pasar muchachito. _ Es que no puedo señor. Eso pesa demasiado. Decía entre sollozos. Su voz entonces, se asemejaba a la voz de un mozalbete. _ Eso a mí no me importa, tienes que hacer tu trabajo. Para eso pagué bastante por ti. Bastante dinero que le di a Nacho para que tú trabajaras, y ahora me vas a salir con esa sarta de excusas. ¡No que va!, tu a mí me respondes. ¡A trabajar caray!           Generoso se revolcaba en el suelo, como si en realidad estuviese viviendo físicamente ese recuerdo del ayer, el cual se materializaba en ese instante, de manos del malvado ente que lo aplastaba como a una cucaracha. El fantasma se le acercó y tomándolo por los cabellos, lo obligó a ponerse de pie y de manera increíble; la emprendió a latigazos contra el pobre anciano. El pobre Generoso se doblaba del extremo dolor, y lloraba como que si en realidad estuviese recibiendo semejante castigo. Increíblemente, hasta se marcaban en sus gastadas carnes, aquellas crueles marcas de las embestidas del látigo. Era aterrante lo que estaba viviendo Generoso. Ese pasado que bastante daño le había provocado, se empecinaba en hacerse sentir nuevamente y lo estaba logrando. Arrancaba gemidos de dolor al mínimo contacto de aquel malvado subterfugio, venido desde los infiernos para apabullarlo de manera inclemente. _ ¡Que te levantes te digo muchacho del demonio! Por tu culpa lo perdí todo. Lo arruinaste todo por tu maldita pereza. ¡Te dije que levantaras esa caja caray! Tienes la culpa muchacho del diablo, de todo lo que perdí. Me arruinaste, me desbarataste la vida, desgraciado. Por tu culpa, esos malnacidos me mandaron para ese otro mundo. ¡Desgraciado, desgraciado, me arruinaste! Debería matarte con mis propias manos, desgraciado.           Generoso cerró sus arcaicos ojos. Lloraba de la manera más amarga posible, y esperaba que sobre él, cayera todo el odio existente, de manos de ese perverso ser. Repentinamente, el centro de aquel sitio lúgubre donde permanecía desde hacía varios años el anciano, se abrió y literalmente se tragó a aquel esperpento que quería perjudicar inclementemente a un anciano noble; a un hombre que había dedicado todos sus años al recuerdo de su familia, al recuerdo de un amor; al recuerdo de un hijo, y al sufrimiento. El diablo regresó al fantasma de Lázaro, nuevamente a sus infernales predios, de donde se había escapado por una muesca dejada deliberadamente abierta; no se sabía por quién, ni con que terrible finalidad. Generoso permaneció mucho tiempo tirado sobre el piso frío, enrollado sobre sí mismo. Lo único que quería aquel noble y enjuto ser, era presenciar una obra de teatro, para lo cual había sido amablemente invitado.           Se levantó lentamente del piso estando, sin embargo, ataviado de terror. Temblaba todavía, sus ojos aún denotaban el espanto de una época, en la cual sufrió horriblemente. En sus espaldas estaban marcadas las horribles cicatrices de aquellos tenebrosos castigos, de los cuales fue objeto por tantos años. En ese momento, esas heridas se presentaban nuevamente. Era pues, el horrendo látigo, el causante de aquellos desgarros en una carne que ya no soportaba siquiera; el peso de unos huesos escuálidos. La tela desgastada de la antigua y única camisa que cubría sus pellejos, también resultó desbaratada por la furia de aquel endemoniado espectro. Al recuperar su antigua posición, de frente a un gran todo; las heridas dejaron de estar presentes, el dolor quedó únicamente en sus sentidos, y la tela deshecha de su vieja camisa; asombrosamente también recuperó lo poco de continuo que ostentaba. Todo aquello, por demás malévolo, había regresado al infierno conjuntamente con el perverso espectro de Lázaro. Este sería horriblemente castigado por deserción, y desobediencia en una de las tantas celdas de torturas, de aquel antro que alberga a la maldad.           De pronto, cuando se disponía a cambiar sus galas, una luz resplandeciente se apoderó de todo aquello. Era una luz excesivamente hermosa, tanto, que embriagaba de gran complacencia, la cual hablaba por sí sola. Hacía demasiados años que Generoso no sentía algo tan bonito, como esa luz que lo llenó completamente de recuerdos. No podía creerlo. Era Jacinta, su esposa. Mil recuerdos llegaron de inmediato a sus ofuscados sentidos. Titubeó ante la confusión que comenzó a sentir, pensando en la pregunta que tendría que hacerle, a aquella magnificencia a quien miraba incrédulo. Estaba justo frente a él, en el momento preciso después de haber sentido tanto pánico; la mujer a quien aún amaba tanto, el gran amor de su vida. Nunca a nadie más amo, solo ella fue la dueña de su vida, al igual que lo fue él para ella. Fue un gran amor desde sus inicios, y luego de haberse materializado ese magno sentimiento en una entrega colmada de deseo, de amor y de esperanzas en el futuro; llegó su único hijo a quien amó tanto, y por quien había prometido, darlo todo con tal de que no padeciera como padeció él.           La mujer de sus sueños se presentaba como toda una reina. Era muy bella. Si de algo había estado orgulloso Generoso, era de la belleza sin par de su mujer. Muchos la desearon, pero sólo él logró conquistar su amor. Se conocieron desde niños. Jugaron, riñeron, vieron la luz de los primeros conocimientos en el mismo sitio, en una época cuando las luces del saber estaban apagadas para la gran mayoría. Pues, para ellos no, ellos se esforzaron desde niños (él pudo hacerlo luego de verse libre de unas férreas amarras, y cuando sus hermanos, también libres; pudieron velar porque se educara decentemente) para llegar algunos pasos más lejos; para sentir un poco más, para desear también un poco más. Luego llegó la edad en la cual, se descubre realmente lo que se desea, y fue precisamente a esa edad; cuando supieron que deseaban ser felices uno al lado del otro. Fue por ello que decidieron unir sus vidas en matrimonio. Fueron muy felices. Pero desgraciadamente nada es para siempre.           La terrible tarde en que sucedió aquello, cambió el curso de una vida colmada de plenitud, de dicha, felicidad y armonía; en el seno de una familia que parecía perfecta. Era ese el motivo por el cual se presentaba Jacinta frente a aquel afligido hombre, precisamente en el momento cuando aquel pasado,  que lo hubo marcado para el resto de su larga existencia, había regresado para destrozar lo que creía que había quedado en pie, del pobre Generoso. La llegada de Jacinta, cambió el curso de lo que en mente tenía el anciano, por lo que, dejándolo todo a un lado; se dispuso a observarla largamente, detallando lo hermoso de un rostro que parecía haber sobrevivido a los rigores del tiempo; pero que sabía que la realidad resultaba, que había quedado atrapado en los brazos del espacio estático en el mundo de los muertos. _ ¡Hola Generoso! Se extrañó sobremanera de que lo llamase por su nombre, cuando desde toda la vida le decía “Cielo”. No te imaginas cuanto tiempo he necesitado, para decirte todo esto que llevo dentro desde que sucedió aquello, y que no he sabido como decírtelo todos estos años. No me quedó más alternativa, que esperar que nos volviéramos a encontrar en éste otro terreno; pero pasaron muchos años y te dedicaste a vivir, creo que más de la cuenta. No es sino hasta este momento, cuando se me permitió, en virtud de que es impreciso cuánto tiempo más estarás en tu mundo; poder reencontrarme contigo, para decirte todo esto que me está consumiendo; aun en el sitial hermoso al que fui a parar de las manos del Dios eterno. _ ¿A qué te refieres Jacinta? Espetó Jacinto, muy contrariado. De inmediato, todo lo que sucedió, cuando ella se refería a “aquello”, llegó demasiado nítido a sus sentidos. ¡Ah!, ¿era eso? Ya que estás aquí Jacinta, te exijo que me digas, por qué me hiciste eso. ¿Por qué no me esperaste, si se suponía que creías en mí?  
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